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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS AFRICANOS RESIDENTES EN ROMA


Sala de las Bendiciones
Sábado 2 de febrero de 1980


 

Señor Cardenal,
Excelencias,
Señora, Señores, queridos amigos:

¡Bienvenidos seáis! Conozco la hospitalidad africana tan cordial y generosa. Hoy sois vosotros mis huéspedes. Ojalá os sintáis felices y a gusto, como en vuestra casa, en esta morada que quiere ser acogedora para el mundo entero, acogedora como el Corazón de Cristo de quien soy servidor.

1. Agradezco a vuestro dignísimo intérprete sus palabras llenas de delicadeza y sabiduría. Me ha impresionado mucho el anhelo de visitarme que un gran número de vosotros había manifestado. A decir verdad, os habéis adelantado a mi deseo. Hace mucho que deseaba reservar tiempo y contactos, si no a éste y al otro país africano —tan numerosos son—, al menos al conjunto de hijos de este gran continente que residen en Roma.

Os saludo, pues, muy cordialmente en la variedad de vuestras funciones y en la diversidad de pueblos, razas y comunidades religiosas que representáis. Los Jefes de Misiones Diplomáticas acreditadas ante la Santa Sede están ya familiarizados con esta casa, y me complazco en saludar hoy a su lado a todos los colaboradores y al personal de las Embajadas. También hay Diplomáticos de las otras Embajadas ante Italia, expertos con Misiones en la FAO y otros Organismos internacionales, y todos aquellos por trabajo o estudios viven fijos en Roma algún tiempo con sus familias. Cito aparte a los sacerdotes, seminaristas, religiosos, catequistas y laicos que continúan aquí su formación cristiana —eclesiástica, religiosa, apostólica—; éstos tienen título especial para reunirse en torno al Papa. A todos, gracias por la visita.

Claro está, no todos tenéis las mismas convicciones religiosas; vuestra historia, tradiciones y herencia étnica os han marcado con características bastante diferentes. No se trata de ignorar estas diferencias, sino más bien de reconocerse así, de respetarse, amarse, vivir en cierta solidaridad y, sobre todo, de descubrir líneas de convergencia de vuestras riquezas morales y de vuestros proyectos válidos para garantizar hoy y el día mañana la felicidad duradera y el progreso humano y espiritual de los africanos.

2. En primer lugar deseo a cada uno de vosotros y a cada uno de vuestros hogares que encontréis en Roma condiciones de progreso. Si bien la población de aquí es llana y acogedora, siempre hay que superar el sentirse extraños ante las costumbres y la lengua, como ocurre a toda la colonia extranjera. Confío en que ninguna familia africana quede aislada, sino que encontréis posibilidad de entablar relaciones amistosas con los romanos que os acogen, y sobre todo entre vosotros organizar reuniones, prestaros mutuamente la ayuda necesaria, siguiendo la línea de la solidaridad africana que no deja de lado a ninguno de sus familiares o amigos. En lo que concierne a los cristianos, deseo asimismo que lleguéis siempre a establecer los vínculos necesarios con alguna comunidad cristiana, sea parroquial o de otro tipo, para que podáis cultivar la fe, desarrollarla y testimoniarla. Efectivamente, lejos de ser un paréntesis en la vida espiritual, vuestra estancia en Roma debería darle dimensión nueva a través de los testimonios de fe inscritos en la historia y el arte de esta ciudad y vividos actualmente por personas e instituciones católicas. Mis votos se hacen particularmente cordiales para vuestros hijos, desbordantes de gozo y vitalidad por naturaleza, con e! deseo de que se beneficien de lo que es esencial en este período importante de su formación.

3. Pero traéis o debéis traer preocupaciones que desbordan el marco de vuestras personas y de vuestras familias. Muchos de vosotros están aquí al servicio de su país, delegados por éste en misión de Diplomáticos o expertos. Muchos vienen a prepararse mejor a servir a su país, a servir mejor a África mediante la formación teológica o pastoral que perfeccionan en los institutos romanos de educación católica. ¿Qué puedo desear a todos y cada uno de vuestros países y al conjunto del continente africano? Mis votos se resumen en una frase: que vuestros pueblos acierten a asumir con el máximum de sabiduría y humanidad las mutaciones muchas veces precipitadas que le son necesarias o las circunstancias les imponen, salvaguardando al mismo tiempo e incluso desarrollando y purificando, si fuera necesario, los valores auténticos del alma africana.

4. Para todo el continente africano es éste un momento crucial lleno de esperanzas y, a la vez, sembrado de amenazas. Vuestros países se abren ya por propia opción a las posibilidades de desarrollo de la ciencia, la técnica y la enseñanza, y a muchas influencias externas. Pero el progreso que puede y debe resultar de multiplicar los bienes materiales y del saber, sigue siendo muy desigual según las posibilidades de los países y la ayuda mutua de que disponen y va acompañado de un cierto número de fenómenos que son difíciles de dominar para hacerlos auténticamente humanos: transformación de la economía rural; industrialización con la consiguiente mecanización del trabajo; urbanización masiva con el desarraigo y anonimato que se padecen en los suburbios de las grandes metrópolis; aumento de jóvenes instruidos que se han hecho más alérgicos al trabajo manual y se encuentran sin el empleo que corresponde a sus capacidades. Hay riesgo de materialismo (cf. Populorum progressio, 41), individualismo, disgregación de la familia y debilitamiento de los valores morales y espirituales; y todo ello contrasta con la visión espiritual y el sentido de solidaridad tan afincados en el alma africana. El mismo Occidente, por ejemplo, hay que confesarlo, no ha sabido ni sabe siempre vivir de modo satisfactorio esta mutación irrevocable. Deseo de corazón que África logre vivirla de acuerdo con su propia idiosincrasia.

5. La tarea es mucho más delicada por el hecho de que cierto número de países africanos están experimentando también particulares dificultades internas. Luchas ideológicas muchas veces importadas de fuera, han penetrado en ciertas esferas. En algunas regiones la discriminación racial ha crecido sin medida y ha suscitado con razón fuerte deploración y condena en la opinión pública mundial. Ha provocado reacciones valientes por parte de los obispos y de la Santa Sede. Al recordar estas cosas, es mi propósito subrayar la urgencia de la tarea que han de realizar los mismos africanos con el debido sentido cívico, sentido de servicio a la nación. Y los acuerdos ya logrados, los modi vivendi equitativos y los sistemas políticos y sociales auténticamente democráticos, demuestran que ello es posible, a pesar de los obstáculos y dificultades con que se tropieza a lo largo del camino para unir las fuerzas vivas a fin de edificar naciones sólidas, notables por el sentido humano de su civilización.

6. Estas esperanzas tienen su mejor fundamento en el hecho de que el alma africana posee recursos que se deben salvaguardar, desarrollar y, me atrevería a decir, liberar. Mi predecesor Pablo VI se hizo eco de ello en el mensaje al. Episcopado y a todos los pueblos de África del 29 de octubre de 1967, y en distintas ocasiones posteriormente a lo largo de su pontificado, especialmente durante su viaje a Uganda. Casi espontáneamente los africanos vinculan la vida al mundo de lo invisible, admiten la presencia universal de Dios, fuente de la vida, y le rezan muy gustosamente. Tienen sentido de la dignidad del hombre y del respeto a la vida humana. Para ellos, los hijos son una bendición. Bajo la autoridad de los padres la familia desempeña una gran rol no sólo de protección sino también de iniciación en las cosas de la vida, en la solidaridad práctica. Y tomar parte en la vida de la comunidad concebida como ampliación de la familia, es tendencia natural. No necesito seguir hablando de estos valores tradicionales que os son familiares. El florecimiento de estos valores religiosos y morales será de gran ayuda en el desarrollo logrado de vuestras civilizaciones para que se entremezclen con éxito lo antiguo y lo nuevo.

7. Claro está, al igual que en otros continentes, en Europa, América y Asia, todas estas tendencias ancestrales necesitan liberarse de las limitaciones que pueden haber sufrido en la práctica. Esto es lo que desde el punto de vista cristiano llamamos evangelización de las culturas. Para nosotros el Evangelio de Jesucristo, su "Buena Nueva", no viene: a reemplazar esas tradiciones, sino a iluminarlas, reforzar sus elementos buenos, purificarlas de los contravalores con que el pecado los ha contaminado, enriquecer "esas culturas ayudándolas a superar los puntos deficientes o incluso inhumanos que hay en ellas y comunicando a sus valores legítimos la plenitud de Cristo" (Catechesi tradendae, 53). Esto es verdad respecto del sentido de Dios cuya paternidad nos ha revelado Jesús de modo insospechado. Es verdad respecto de la familia que se debe fortificar en las nuevas circunstancias sociales; en 1978 en la asamblea de obispos africanos de Nairobi se estudió esta cuestión, y el próximo Sínodo de los Obispos la tratará de modo especial. Es verdad respecto del sentido de solidaridad que debiera llevar a mayor cooperación y colaboración dentro del respeto a las personas y de la libertad bien entendida.

Ayudar a salvar el alma africana: esto es lo que desea realizar la Iglesia en los centros de formación teológica y pastoral frecuentados por africanos, sea en Roma o en África. Esto es lo que desea conseguir a nivel local en África mediante la catequesis, la educación y el testimonio dado por tantas comunidades. Sabe que también otras grandes religiones están ayudando a los pueblos de este continente a vivir la realidad humana con perspectivas fraternas y espirituales. Por consiguiente; la Iglesia capta la urgencia del diálogo entre estas grandes religiones e incluso de la colaboración práctica que respete el carácter específico de la fe.

En estas circunstancias los países africanos pueden prestar al concierto de las nociones una aportación peculiar suya. Será una preciosa aportación, puesto que llevará la impronta de los valores africanos ahora mencionados. La Iglesia universal espera asimismo enriquecerse a su vez con el testimonio de las comunidades cristianas de África. Este incluye a los países que hasta hace poco estaban comunicando el Evangelio a estas comunidades.

8. Recíprocamente, es normal y muy de desear, como ha afirmado vuestro portavoz, que sacerdotes, religiosos y misioneros laicos de otros continentes sigan ayudando a las fuerzas vivas africanas que no son todavía suficientes para las necesidades religiosas; y continúen ayudando desinteresadamente en particular al clero local que ha asumido la responsabilidad ahora. El nuevo enfoque iniciado por mi estimado predecesor Pío XII en la Encíclica Fidei donum es más actual que nunca y no cesaré de recordarlo. La Iglesia de hoy se debe educar para este compartir fraterno.

9. He tenido ocasión ya de saludar a los estudiantes de las facultades eclesiásticas. A los seglares que actualmente desempeñan una misión o ejercen la profesión en Roma, les presento asimismo mi saludo cordial, y les animo a poner en práctica, según lo permitan sus responsabilidades, los ideales sin los que nuestro mundo no podría vivir en paz: aumento de alimentos y otros recursos, distribución de los mismos, establecimiento de relaciones justas, salvaguarda de los derechos humanos, progreso y solidaridad necesarios entre los pueblos.

Y en fin, habréis notado que deseo visitar personalmente África, como he comenzado a hacer ya por lo que se refiere a Europa y América. El problema está en que en vuestro continente hay muchas naciones —¡aquí estáis representados nada menos que 31!— y cada una de ellas tiene sus méritos y títulos especiales para recibir una visita del Papa. Por el momento tendré que limitar el viaje a algunos países. Pero a través de ellos deseo honrar y animar a toda África, como lo estoy haciendo ahora. Y puedo anunciaros ya que estoy pensando emprender el viaje este mismo año.

Tengo que dejaros por hoy. Pero no os dejo sin pedir a Dios que ilumine, ayude y bendiga abundantemente a vosotros, vuestras familias, vuestros compatriotas y todos vuestros seres queridos. Que Dios guíe siempre a los pueblos de África por senderos de felicidad y paz,

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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