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DISCURSO DEL PAPA
JUAN PABLO II
A LOS DIRIGENTES Y ATLETAS
DEL EQUIPO DE FÚTBOL DE ASCOLI, ITALIA
Sábado 9 de febrero de 1980
Queridos dirigentes y jugadores del Equipo de fútbol de Ascoli:
He acogido con gusto el deseo que habéis manifestado de ser recibidos en
audiencia, porque conozco los sentimientos delicados que tenéis hacia mi persona
y también —según me lo confirma vuestro obispo— la sinceridad de vuestra fe de
cristianos. Y he accedido aún con mayor complacencia porque así puedo satisfacer
una deuda de mi venerado predecesor Pablo VI, que hace algunos años recibió una
petición semejante al comienzo de vuestro ascenso en el gran campeonato
nacional, petición a la que él no pudo responder positivamente por otros
quehaceres urgentes del ministerio.
Por ello el encuentro de hoy asume carácter particular y más definido y rico,
diría yo. Será una palabra sencilla y escueta la que os diré, y se dirige a
vuestras personas y a la profesión del deporte, y se extiende por analogía o,
más bien diría yo, por asociación de ideas, a la vida religiosa y moral.
Quiero manifestar ante todo mi complacencia a cada uno y a la Asociación a que
pertenecéis ya que desde la fundación en el lejano 1898 obtuvo éxitos merecidos.
Desde aquella fecha, el equipo está en la brecha, y por el esfuerzo conjunto de
técnicos y atletas, y también por la pasión de ciudadanos entusiastas e
interesados, ha llegado, poco a poco, al honor de figurar entre los equipos de
fútbol de serie A y —lo que más cuenta— de competir con ellos en numerosos
partidos. No es poco, por cierto, si se piensa que la ciudad, si bien noble y
antigua, es relativamente pequeña en extensión y número de habitantes. Me
congratulo de corazón.
Pero este éxito vuestro, los triunfos que lo han forjado, y también los
esfuerzos y sacrificios que comporté, me sugieren que pase de la mención del
valor y significado del deporte, al valor y significado de la vida humana, del
que aquél es una manifestación importante y constante, como lo confirma la
historia. A este propósito me es útil una palabra altamente significativa del
Apóstol San Pablo; en la primera de sus dos Cartas a los fieles de la ciudad de
Corinto que en la antigua Grecia fue sede famosa de los Juegos Istmicos, quiso
él sacar del ejercicio de los juegos enseñanzas apropiadas de carácter
religioso. Para exhortar a aquellos hijos suyos a quienes "había engendrado en
Cristo por el Evangelio" y aguijonearles a imitarle a él (cf. 1 Cor 4,
15-16), evocaba la imagen familiar para ellos de los corredores y luchadores del
estadio que con tal de conseguir el premio reservado a uno solo, se someten a
toda suerte de sacrificios: "y lo hacen para alcanzar una corona corruptible
—comentaba el Apóstol—, mas nosotros para alcanzar una incorruptible" (ib.,
9, 24-25).
Esta es, queridísimos hijos y hermanos, la lección que deseo proponeros en
recuerdo de este encuentro familiar tan grato; al deseo de que vuestra
profesión deportiva se inspire siempre en los ideales nobles de la lealtad y
del valor de la corrección y caballerosidad, añado un deseo para vuestra
profesión cristiana que lejos de ser extraña o contraria a la primera, más
bien debe integrarla con la aportación, claro está, de otros factores, y
elevarla a la vez para que vuestra misma personalidad resulte completa. El
cristianismo es de por sí una religión que reclama tesón serio y fuerte en el
campo espiritual y moral, y hoy especialmente —a los ojos de un mundo tantas
veces distraído o indiferente— llega a ser creíble sólo si se traduce,
dentro de la vida de cada cristiano, en una profesión coherente y transparente
de vida. Y profesión —fijaos bien— quiere decir casi confesión, es
decir, es como declarar y testimoniar con los hechos lo que se es. Con
palabras más sencillas quiero deciros: así como sois excelentes futbolistas, del mismo modo
procurad ser también cristianos excelentes, siempre fieles al Señor, a su
Iglesia, a su ley de amor a El y a los hermanos.
Os conforte en este empeño la bendición apostólica propiciadora que os
imparto ahora de corazón y hago extensiva vuestros familiares y amigos.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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