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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS JÓVENES DE LA CÁRCEL DE MENORES
DE CASAL DEL MARMO, ROMA


Fiesta de la Epifanía
Domingo 6 de enero de 1980

 

Queridísimos muchachos:

Me siento contento de verdad al encontrarme aquí entre vosotros en esta fiesta de la Epifanía del Señor, para felicitaros con afecto sincero el nuevo año que os deseo sereno, feliz y constructivo.

Primero de todo quiero agradecer a vuestro padre capellán las palabras cordiales con que ha querido manifestar vuestros sentimientos de bienvenida. Os expreso mi saludo y buen augurio con la invitación del profeta Isaías que ha resonado en la liturgia de hoy y que él dirigía a la ciudad santa, a Jerusalén: «Levántate y resplandece, que ya se alza tu luz y la gloria de Yavé alborea para tí» (Is 60, 1).

Queridos jóvenes: Levantaos y alegraos porque la luz ha aparecido para todos; se ha manifestado la gloria del Señor; su misericordia y amor brillan sobre nosotros para disipar y alejar toda sombra que pudiera entenebrecer y apesadumbrar los corazones. Su estrella radiante ha aparecido para iluminar a todos los hombres, a todos nosotros. Es el Salvador «la luz verdadera que viniendo a este mundo ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9), y ha traído a todos «la gracia y la verdad» (ib., 1, 17), dando así a cada uno la capacidad de descubrir el bien y realizarlo mediante la comunicación de la vida divina.

Me gozo en reflexionar con vosotros sobre estas verdades reveladas completamente ciertas, pues el Papa se siente muy cercano a cuantos se encuentran del modo que sea en condiciones difíciles y necesitados.

Deseo que cada uno de vosotros se sienta destinatario de este saludo mío que quiere ser un momento de encuentro personal, un instante de conversación e intimidad. Conozco vuestros problemas, comprendo vuestras dificultades y sé, en particular, lo difícil que es para vosotros salir de vuestras angustias íntimas, inconfesadas muchas veces, y mirar al porvenir con confianza; a pesar de ello, quisiera que tomarais conciencia de la fuerza imprevisible y oculta insita en vuestra juventud y que tiene poder de florecer en un mañana dinámico.

A veces somos como lámparas sin luz, con posibilidades no realizadas, lámparas que no arden. Pues bien, he venido a encender en vuestros corazones una llama, si acaso la hubieran apagado las desilusiones que habéis sufrido y las expectativas no cumplidas. Quiero decir a cada uno de vosotros que tenéis capacidades de bien, honradez y laboriosidad; capacidades reales, profundas, insospechadas muchas veces, que se han hecho aun mayores y más potentes por vuestras penosas experiencias.

Sabed que he venido a vosotros porque os quiero y tengo confianza en vosotros; para manifestaros personalmente este amor mío, esta confianza mía: y para deciros que no ceso de elevar oraciones a Dios para que os sostenga siempre con el amor que nos ha mostrado al enviarnos a su Hijo unigénito Jesucristo, Hermano nuestro, que conoció también El sufrimientos y necesidades, y a la vez nos indicó el camino y nos ofrece su ayuda para superarlos. Si alguna vez os invade la tristeza al pensar: "me miran con ojos que humillan y mortifican, quizá ni mis seres queridos tienen confianza en mí", pues bien, sabed que el Papa se dirige a vosotros con estima como a jóvenes que tienen capacidad de hacer tanto bien en la vida el día de mañana, y pone confianza en vuestra inserción responsable en la sociedad.

A este propósito, deseo manifestar mi complacencia más viva a todos los que os rodean de cuidados y atenciones, en particular en este centro, teniendo presente vuestra formación humana y sobre todo tratando de despertar las energías positivas y arranques de generosidad que deben preparar en vosotros al hombre maduro de mañana, capaz de obrar el bien y ponerse al servicio de los demás.

Es una tarea necesaria, delicada y difícil que pide olvido de sí y entrega vigorosa. El Papa expresa su agradecimiento profundo a cuantos cumplen con celo una labor tan importante de dominio de sí y disciplina, de corrección y guía.

Por ello, junto a la entrega del personal del instituto en todos los niveles, no puedo olvidar la aportación especializada de los profesionales que dedican a vuestras exigencias específicas los talentos de su preparación científica y, sobre todo, las dotes de su corazón.

Unas palabras de satisfacción sincera dirijo al capellán, puesto generosamente a disposición por la congregación de Terciarios Capuchinos de Nuestra Señora de los Dolores, y a cuantos atienden con él a vuestras almas y se preocupan de ofreceros el don de la Palabra de Dios, los sacramentos y todas las ayudas espirituales que favorecen vuestro afán de recuperación y de iniciativas de bien valientes y comunitarias.

En tal perspectiva, considero merecedor de mención y elogio el grupo de voluntarios que cooperan también dentro de vuestra casa, con el fin de entablar relaciones de familia con vosotros y crear a vuestro alrededor una comunidad más amplia de amigos interesados en vuestro bien espiritual y material.

Los que se ocupan de vuestra educación son conscientes ciertamente de que también vosotros —como todos los de vuestra edad— constituís la esperanza de los años por venir. Ellos no pueden olvidar que hay en vuestro corazón —la experiencia nos da constancia— ímpetu emocional, exasperado muchas veces por soledades amargas; vitalidad afectiva densa en intuiciones agudas; y genialidad imaginativa que, al no poder afirmarse legítimamente a causa a veces de circunstancias adversas, puede haberos conducido a senderos escabrosos y peligrosos. Por tanto, a vosotros y a cuantos se encuentran en vuestra situación —estudiada con perspicacia, agudeza, competencia y seguridad— se debe dar una posibilidad real de integración y recuperación. a fin de que con la ayuda de todos los elementos válidos de la sociedad, hagáis fecundas y provechosas la vehemencia y la fuerza que abrigáis en el corazón.

Queridos jóvenes: Esta reflexión que concierne más a las tareas de quienes tienen la obligación y la cumplen generosamente de vuestra educación física, intelectual, moral y espiritual. me lleva de nuevo a vosotros al concluir esta afectuosa conversación.

Ante la sociedad reclamáis derechos bien fundados, esperáis ayuda, sois conscientes de que no bastan las leyes y los tribunales para formar hombres nuevos capaces de actuar con rectitud, sino que se necesita una comunidad social que actúe con sentido de fraternidad, con respeto a los valores éticos y morales, con ejemplaridad luminosa y con sumisión a la ley de Dios, Bien Sumo, por quien se debe evitar todo mal, es decir, cuanto ofende a Dios mismo y a nuestro prójimo en situaciones concretas. Una sociedad que no esté permeada de un fuerte hálito moral, que no esté iluminada por una luz superior, que no guarde el respeto debido a todas las expresiones de la vida humana y de su dignidad, no podrá ofrecer aportaciones válidas a la recuperación, ni participación activa, ni mano segura a cuantos han sido muchas veces víctimas de egoísmos o carencias de los que ellos no son los responsables.

También de la Iglesia, de la comunidad de quienes quieren dar testimonio de Cristo, esperáis una coherencia de fe y obras que los haga capaces de trasfundir vitalmente certezas y comportamientos humanos dignos de Aquel que se entregó a los hermanos totalmente hasta el sacrificio supremo. Con razón exigís solidaridad espiritual y material que os consienta la inserción acertada en la sociedad civil.

Sin embargo —y aquí entre cada uno en sí mismo para reflexionar con madurez— vuestro porvenir seguro y próspero como vosotros lo queréis, no podrá construirse sin vosotros, sin vuestra cooperación responsable. Es más, sois vosotros los verdaderos artífices y responsables principales —en el plano humano— de vuestro porvenir.

La luz de la estrella de Belén que es la luz de Jesús, os haga comprender la profundidad de voluntad que se os pide y os dé luz sobre vuestros deberes. La vida es un verdadero don de Dios. que vale siempre la pena acoger con gratitud y valentía, convencidos de que a partir de una existencia vivida con honradez, fidelidad y esperanza, llegaréis a obtener frutos concretos de satisfacción personal y proporcionar grandes ventajas a la sociedad.

Esta tarea podrá pareceros superior a vuestras fuerzas; pero no estáis solos al afrontarla desde el momento en que el Señor, Padre y Amigo nuestro, está muy interesado en vuestro destino personal y de manera mucho más eficaz y amorosa de cuanto podáis llegar a imaginar. Está presente en nosotros por la gracia recibida en el bautismo; nos ama fielmente aun en los casos en que caemos en culpa, y no nos deja solos jamás ni en circunstancia ninguna. Por ello, volveos a El con plena confianza en la oración a Aquel que está junto a vosotros, en vosotros, y confiaos con devoción particular a la Virgen Santísima que os quiere acompañar y sostener con ternura y solicitud materna en cada uno de los pasos de vuestro camino.

Os dé aliento y consuelo la bendición afectuosa que ahora os imparto junto con mi queridísimo cardenal Secretario de Estado y vuestro siempre querido "padre Agustín", que desde hace tantos años os sigue y ama y trasfunde en vosotros fielmente los talentos de su espíritu sacerdotal. Juntos os deseamos un año rico en favores del cielo y juntos invocamos la bendición del Señor sobre vosotros, y la pedimos también para vuestras familias, para que Dios las asista y ayude en todas sus necesidades y les de en vosotros los consuelos que tienen derecho a esperar; así como también sobre todos los que os dedican atenciones y cuidados, comenzando por los superiores y los auxiliares que pasan tanta parte de su vida junto a vosotros.

* * *

Al final de su discurso añadió:

Quisiera desearos algo que es muy fundamental. Nos hallamos en la capilla de vuestro centro. Aquí está Alguien que es invisible, Cristo. Pues bien, os deseo que lo encontréis, que no os vayáis de este lugar sin haberlo encontrado. De este modo podremos tener esperanzas para el futuro: si llegáis a encontrarlo aquí y seguís con El en todos los caminos de la vida.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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