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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE SU VISITA A LA FAVELA VIDIGAL

 
Río de Janeiro
Miércoles 2 de julio de 1980

 

1. Cuando Jesús subió al monte y comenzó a proclamar a las multitudes que le rodeaban las enseñanzas que solemos llamar del Sermón de la Montaña, brotaron de sus labios, ante todo, las bienaventuranzas. Ocho bienaventuranzas, la primera de las cuales declara: "Bienaventurados los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos" (Mt 5, 3).

Existe una sola montaña en Galilea sobre la cual Jesús pronunció sus bienaventuranzas. Sin embargo, son muchos los lugares de toda la tierra donde estas mismas afirmaciones se anuncian y se escuchan. Y son muchos los corazones que no dejan de reflexionar sobre el significado de esas palabras pronunciadas de una vez para siempre. No dejan de meditarlas. Y su único deseo es, de todo corazón, ponerlas en práctica. Tratan de vivir la verdad de las ocho bienaventuranzas. Ciertamente, existen muchos lugares así en tierras brasileñas. Y también aquí existieron y existen muchísimos de esos corazones.

Cuando pensé de qué manera debería presentarme ante los habitantes de esta tierra que visito por vez primera, sentí el deber de presentarme, ante todo, con la doctrina de las ocho bienaventuranzas. Y quise hablar de estas cosas a vosotros, moradores de Vidigal. A través de vosotros, querría hablar también a todos los que en Brasil viven en condiciones parecidas a las vuestras. Bienaventurados los pobres de espíritu.

2. Hay muchos pobres entre vosotros. Y la Iglesia en tierra brasileña quiere ser la Iglesia de los pobres. Ella desea que en este gran país se realice esta primera bienaventuranza del sermón de la montaña.

Los pobres de espíritu son aquellos que están más abiertos a Dios y a las "maravillas de Dios" (Act 2, 11). Pobres, porque están prontos a aceptar siempre ese don de lo alto, que proviene del mismo Dios. Pobres de espíritu, los que viven conscientes de haber recibido todo de las manos de Dios como un don gratuito y que dan valor a cada bien recibido. Constantemente agradecidos, repiten sin cesar: "¡Todo es gracia!", "demos gracias al Señor nuestro Dios". De ellos, dice Jesús, al mismo tiempo, que son "puros de corazón", "mansos"; son ellos los que "tienen hambre y sed de justicia", los que están frecuentemente "afligidos"; los que son "pacíficos" y "perseguidos por causa de la justicia". Son también, en fin, los "misericordiosos" (cf. Mt 5, 3-10).

De hecho, los pobres, los pobres de espíritu son más misericordiosos. Los corazones abiertos para Dios están, por eso mismo, más abiertos para los hombres. Están dispuestos a ayudar desinteresadamente. Dispuestos a compartir lo que tienen. Dispuestos a acoger en su casa a una viuda o a un huérfano abandonados. Siempre encuentran un lugar disponible dentro de las estrecheces en que viven. Y encuentran también siempre un poco de alimento, un pedazo de pan en su pobre mesa.

Pobres, pero generosos. Pobres, pero magnánimos. Sé que existen muchos así aquí entre vosotros, que ahora me escucháis, pero también en otros diversos lugares de Brasil.

3. Las palabras de Cristo sobre los pobres de espíritu, ¿hacen acaso olvidar las injusticias? ¿Nos permiten que dejemos sin solución los problemas que surgen en el conjunto del llamado problema social? Esos problemas que permanecen en la historia de la humanidad asumen aspectos diversos en las diversas épocas de la historia y tienen su intensidad de acuerdo con la dimensión de cada sociedad en particular, adquiriendo al mismo tiempo la proporción de enteros continentes y, en fin, de todo el mundo. Es natural que esos problemas asuman también una dimensión propia de esta tierra, una dimensión brasileña.

Las palabras de Cristo declarando felices los "pobres de espíritu" no pretenden suprimir todos esos problemas. Al contrario, los ponen de relieve, enfocándolos en este punto más esencial que es el hombre, que es el corazón humano, que es todo hombre sin excepción. El hombre ante Dios y, al mismo tiempo, ante los otros hombres.

Pobre de espíritu, ¿no significa exactamente "hombre abierto a los demás", es decir, a Dios y al prójimo?

¿No es verdad que esta bienaventuranza de los "pobres de espíritu" encierra al mismo tiempo una advertencia y una acusación? ¿No es cierto que dice a los que no son "pobres de espíritu" que se encuentran fuera del Reino de Dios, que el Reino de Dios no es y no será compartido por ellos? Pensando en tales hombres que son "ricos", cerrados a Dios y a los hombres, sin misericordia..., ¿no dirá Cristo, en otro pasaje: "Ay de vosotros"? "Pero ¡ay de vosotros, ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos, porque tendréis hambre! ¡Ay de vosotros, los que ahora reís, porque gemiréis y lloraréis! ¡Ay, cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros, porque así hicieron sus padres con los falsos profetas!" (Lc 6, 24-26).

. "Ay de vosotros": esa palabra suena severa y amenazadoramente, sobre todo en boca de ese Cristo que acostumbraba a hablar con bondad y mansedumbre y solía repetir: "Bienaventurados". Y sin embargo, dirá también: ¡"Ay de vosotros"!

4. La Iglesia en todo el mundo quiere ser la Iglesia de los pobres. La Iglesia en tierras brasileñas quiere ser también la Iglesia de los pobres; es decir, quiere extraer toda la verdad contenida en las bienaventuranzas de Cristo y sobre todo en esta primera: "Bienaventurados los pobres de espíritu...". Quiere enseñar esa verdad y quiere ponerla en práctica, igual que Jesús vino a hacer y enseñar.

La Iglesia desea, por tanto, extraer de la enseñanza de las ocho bienaventuranzas todo lo que en ella se refiere a cada hombre: al que es pobre y vive en la miseria, al que vive en la abundancia y el bienestar y, en fin, al que posee excesivamente y tiene de sobra. La misma verdad de la primera bienaventuranza se refiere a cada uno de modo diverso.

A los pobres —a los que viven en la miseria— les dice que están especialmente cercanos a Dios y a su Reino. Pero, al mismo tiempo, les dice que no les es permitido —como no es permitido a nadie— reducirse arbitrariamente a la miseria a sí mismos y a sus familias; es necesario hacer todo lo que es lícito para asegurarse a sí mismos y a los suyos cuanto hace falta para la vida y para la manutención. En la pobreza es necesario conservar, ante todo, la dignidad humana, y también esa magnanimidad, esa apertura de corazón para con los demás, esa disponibilidad por la que se distinguen exactamente los pobres, los pobres de espíritu.

A los que viven en la abundancia o, al menos, en un relativo bienestar, para lo cual tienen lo necesario (¡aunque tal vez no les sobre gran cosa!), la Iglesia, que quiere ser la Iglesia de los pobres, les dice: Utilizad los frutos de vuestro trabajo y de una lícita laboriosidad; pero, en nombre de las palabras de Cristo, en nombre de la fraternidad humana y de la solidaridad social, ¡no os cerréis en vosotros mismos! ¡Pensad en los más pobres! ¡Pensad en los que no tienen lo suficiente, que viven en la miseria crónica, que sufren hambre! ¡Y compartid lo vuestro con ellos! ¡Compartidlo de modo programático y sistemático! Que la abundancia material no os prive de los frutos espirituales del sermón de la montaña, que no os separe de las bienaventuranzas de los pobres de espíritu.

Y la Iglesia de los pobres dice lo mismo, con mayor fuerza, a los que tienen de sobra, que viven en la abundancia, que viven en el lujo. Les dice: ¡Mirad un poco a vuestro alrededor! ¿No os duele el corazón? ¿No sentís remordimiento de conciencia a causa de vuestra riqueza y abundancia? Si no lo sentís —si queréis solamente "tener" cada vez más, si vuestros ídolos son el lucro y el placer— recordar que el valor del hombre no se mide según lo que "tiene", sino según lo que "es". Por tanto, el que acumuló mucho y cree que todo se resume en esto, acuérdese de que puede valer (en su interior y a los ojos de Dios) mucho menos que alguno de esos pobres y desconocidos; que tal vez pueda "ser mucho menos hombre" que aquel.

La medida de las riquezas, del dinero y del lujo no es equivalente a la medida de la verdadera dignidad del hombre.

Por tanto, los que tienen de sobra eviten cerrarse en sí mismos, eviten el apego a su propia riqueza, la ceguera espiritual. Eviten todo eso con todas sus fuerzas. Que no deje de acompañarles toda la verdad del Evangelio y, sobre todo, la verdad contenida en estas palabras: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos..." (Mt 5, 3).

Que esta verdad les inquiete.

Que sea para ellos una amonestación continua y un desafío.

Que no les permita ni siquiera por un minuto volverse ciegos por el egoísmo y por la satisfacción de los propios deseos.

Si tienes mucho, si tienes tanto, recuérdate que debes dar mucho, que hay tanto que dar. Y debes pensar cómo dar, cómo organizar toda la vida socioeconómica y cada uno de sus sectores, a fin de que esa vida tienda a la igualdad entre los hombres y no a abrir un abismo entre ellos.

Si tienes muchos conocimientos y estás colocado en lo alto de la jerarquía social, no debes olvidarte, ni siquiera por un segundo de que, cuanto más alto esté alguien, ¡más debe servir!

Servir a los demás. De otro modo, correrás el riesgo de apartarte tú y tu vida del campo de las bienaventuranzas y, en especial, de la primera de ellas: "Bienaventurados los pobres de espíritu". Son "pobres de espíritu" también los "ricos" que, en proporción de su propia riqueza, no dejan de "darse a sí mismos" y de "servir a los demás".

5. Así, pues, la Iglesia de los pobres habla en primer lugar y por encima de todo al hombre. A cada hombre y, por lo tanto, a todos los hombres. Es la Iglesia universal. La Iglesia del misterio de la Encarnación. No es la Iglesia de una clase o de una sola casta. Y habla en nombre de la propia verdad. Esa verdad es realista. Tengamos en cuenta cada realidad humana, cada injusticia, cada tensión, cada lucha. La Iglesia de los pobres no quiere servir lo que causa las tensiones y hace estallar la lucha entre los hombres. La única lucha, la única batalla a la que la Iglesia quiere servir es la noble lucha por la verdad y por la justicia y la batalla por el verdadero bien, la batalla en la cual la Iglesia es solidaria con cada hombre. En ese camino, la Iglesia lucha con la "espada de la palabra", no ahorrando las voces de aliento, pero tampoco las amonestaciones, a veces muy severas (igual que hizo Cristo). Muchas veces, incluso amenazando y demostrando las consecuencias de la falsedad y del mal. En esta su lucha evangélica, la Iglesia de los pobres no quiere servir a fines inmediatos políticos, a las luchas por el poder y, al mismo tiempo, procura con gran diligencia que sus palabras y acciones no sean usadas para tal fin, no sean "instrumentalizadas".

La Iglesia de los pobres habla, pues, al "hombre"; a cada hombre y a todos. Al mismo tiempo, habla a las sociedades, a las sociedades en su conjunto y a las diversas capas sociales, a los grupos y profesiones diversas. Habla igualmente a los sistemas y a las estructuras sociales, socio-económicas y socio-políticas. Habla el lenguaje del Evangelio, explicándolo a la luz del progreso de la ciencia humana, pero sin introducir elementos extraños, heterodoxos, contrarios a su espíritu. Habla a todos en nombre de Cristo y habla también en nombre del hombre (especialmente a aquellos a quienes el nombre de Cristo no dice todo, no expresa toda la verdad sobre el hombre que este nombre contiene).

La Iglesia de los pobres habla, por tanto, así: ¡Haced todo, especialmente vosotros los que tenéis poder de decisión, de quienes depende la situación del mundo, haced todo lo posible para que la vida de cada hombre, en vuestra tierra, se haga "más humana", más digna del hombre!

Haced todo a fin de que desaparezca, al menos gradualmente, ese abismo que separa a los "excesivamente ricos", poco numerosos, de las grandes multitudes de pobres, de los que viven en la miseria. Haced todo para que este abismo no aumente, sino que disminuya, para que se tienda a la igualdad social. A fin de que la distribución injusta de los bienes ceda su puesto a una distribución más justa...

Hacedlo por consideración a cada hombre, que es vuestro prójimo y vuestro conciudadano. Hacedlo por consideración al bien común de todos. Y hacedlo por consideración a vosotros mismos. Sólo tiene razón de ser la sociedad socialmente justa, que se esfuerza por ser cada vez más justa. Solamente tal sociedad tiene ante sí el futuro. La sociedad que no es socialmente justa, y no desea hacerse tal, pone en peligro su futuro. ¡Pensad, pues, en el pasado y mirad hacia el día de hoy y proyectad el futuro mejor de vuestra sociedad entera!

Todo eso se incluye en lo que Cristo dijo en el sermón de la montaña. En el contenido de esta única frase: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos".

Queridos hermanos y hermanas:

Con este mensaje, renuevo mis sentimientos de profundo afecto y en prenda de abundantes gracias de Dios para vosotros y vuestras familias, os imparto mi bendición apostólica.

Queridos hermanos y hermanas: Al visitaros a vosotros los de Vidigal, he querido visitar a todos cuantos viven en chabolas por cualquier parte de este amado Brasil que ahora recorro en peregrinación apostólica. Al venir aquí, me interesé como Padre y Pastor, preocupado por la suerte de hijos muy amados y pregunté sobre todos y sobre todo lo relacionado con esta "favela".

Me dijeron de vosotros que, en medio de escaseces, luchas y amarguras, hay solidaridad y ayuda mutua entre todos, gracias a Dios. Me hablaron también del "mutirao" (colaboración común gratuita en la construcción), gracias al cual quedó terminada la capilla que dentro de unos momentos voy a bendecir. Es siempre hermoso e importante que las personas se unan todas y se den la mano, sumen esfuerzos y juntas consigan lo que solas no pueden alcanzar.

Me congratulo con cuantos, directa o indirectamente, en el área de esta "favela", consiguieron resolver, de modo justo y pacífico, cuestiones que ya resueltas, no dejarán de contribuir a hacer la vida de todos más humana y a hacer, cada vez más, de esta ciudad maravillosa una ciudad de hermanos.

Vine aquí no por curiosidad sino que os quiero bien y desearía decir con San Pablo: "Por el afecto que os tengo, deseaba compartir con vosotros no sólo el Evangelio, sino la propia vida" (cf. 1 Tes 2, 8). Junto con vosotros, con un "corazón purificado" de malos sentimientos, quisiera decir siempre "no" a la indiferencia, al desinterés y a cualquier forma de desamor; y decir "sí" a la solidaridad, a la fraternidad y al amor, porque "Dios es amor"(Jn 4, 16).

Y así, os saludo y también a vuestras familias, especialmente a los jóvenes y a los niños y a todos los habitantes de Vidigal, diciéndoos que pienso en vosotros y rezo por vosotros para que la Divina Providencia sea secundada por las providencias humanas, para que mejoréis de vida.

Y ahora, voy a bendeciros a todos.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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