The Holy See
back up
Search
riga

VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBREROS EN EL ESTADIO DE MORUMBI


São Paulo
Jueves 3 de julio de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

1. Me siento muy feliz y honrado de hallarme hoy entre vosotros en São Paulo. Feliz de descubrir vuestra ciudad, esta inmensa metrópoli de increíble desarrollo industrial, en la que un extraordinario crecimiento industrial corre parejo con una veloz urbanización al mismo tiempo fascinante y preocupante. Feliz principalmente porque descubro la ciudad a través de las personas, a través de vosotros, hombres y mujeres, que aquí trabajáis, sufrís y esperáis. Vosotros llegasteis aquí procedentes de todos los rincones de este inmenso país y del mundo entero. Vinisteis para ganaros la vida y para colaborar en la gran obra común, vital para toda la nación: ¡La construcción de una ciudad digna del hombre! ¡Sí, porque São Paulo sois vosotros! São Paulo, no son ante todo esas realizaciones materiales, no siempre orientadas por un sentido justo y pleno del hombre y de la sociedad, ni siempre capaces de organizar un ambiente en el que se pueda llevar una vida digna del hombre. São Paulo son también los numerosísimos marginados, los desocupados, los subempleados, los mal empleados, que no encuentran dónde ocupar sus brazos y dónde emplear los generosos recursos de sus inteligencias y de sus corazones. São Paulo sois vosotros, aquí reunidos para celebrar vuestra dignidad de trabajadores y manifestar la disposición de construir juntos una ciudad a medida de vuestras esperanzas de hombres. São Paulo, sois vosotros aquí reunidos, para buscar en el Evangelio de Jesucristo las luces y las energías necesarias para realizar la tarea que os espera: transformar São Paulo en una ciudad plenamente humana.

2. Sí, quien nos reúne aquí es Jesucristo, el Señor del universo y de la historia. En su nombre hoy os visita el Papa. Trabajadores, hermanos y hermanas míos, doy gracias a Dios por haberme concedido estar con vosotros. Y os agradezco a vosotros la alegría profunda que causa este encuentro a este ministro de Jesucristo que en los años de la juventud, en su Polonia natal, conoció directamente la condición de trabajador manual con la grandeza y la dureza, las horas de alegría y los momentos de angustia, las realizaciones y las frustraciones que esa condición comporta. Del fondo del corazón os digo lo que el Apóstol San Pablo decía a los romanos: "Deseo veros, para comunicaros algún don espiritual, para confirmaros, es decir, para consolarme con vosotros con la mutua comunicación de nuestra fe" (Rom 1, 11-12). Por eso os invito, trabajadores cristianos, mis hermanos y hermanas, a que comencéis a celebrar en la alegría la amistad que Jesús nos ofrece, a todos y a cada uno: la fe, la esperanza y la caridad con que Jesús anima nuestros corazones cuando nos reunimos en su nombre, en la Iglesia que El instituyó para acoger sus dones y distribuirlos a todos. La fiesta cristiana de la alegría no es un lujo reservado a los ricos. Todo el mundo está invitado a tomar parte en ella. El año pasado, los marginados de otra gran ciudad, Nueva York, cantaron conmigo el "aleluya" de la resurrección. Y todavía recientemente, la inmensa África, el África de la pobreza dio al Papa y al mundo el espectáculo de Una fiesta inolvidable. Y esta fiesta procede de la convicción de que Dios nos ama y de que Dios está con nosotros. ¡Dios nos visita! ¡El reino de Dios está en medio de nosotros! Aquí está la fuente inagotable de nuestra alegría: saber que Dios nos ama y nos reconoce, saber que estamos libres del pecado, que hemos sido elevados a la dignidad insuperable de hijos de Dios, ricos de fe, de esperanza y de amor, que el Espíritu Santo derrama en nuestros corazones. ¡Festejemos, por tanto a nuestro Dios y nuestro Padre, a Jesucristo nuestro Señor y nuestro Hermano, al Espíritu Santo que nos reúne! La opción por los más pobres, en la que la Asamblea de los Obispos en Puebla quiso comprometer a la Iglesia en América Latina, es esencialmente ésta: que los pobres sean evangelizados, que la Iglesia despliegue de nuevo todas sus energías para que Jesucristo sea anunciado a todos, principalmente a los pobres, y que todos tengan acceso a esta fuente viva, a la mesa de la palabra y del pan, a los sacramentos, a la comunidad de los bautizados. Ahí está el sentido de esta nuestra reunión de hoy, de nuestra fiesta cristiana. Saldremos de aquí para nuestra tarea de ciudadanos y de trabajadores con un nuevo entusiasmo: con una conciencia más clara de nuestra dignidad, de nuestros derechos, de nuestras responsabilidades; con una fe renovada en los recursos prodigiosos con que, al crearnos a su imagen y semejanza, nos enriqueció para podernos enfrentar a los desafíos de nuestro tiempo, los desafíos de esta metrópoli que es São Paulo.

3. Os hablo en nombre de Cristo, en nombre de la Iglesia, de la Iglesia entera. Es Cristo quien envía a su Iglesia a todos los hombres y a todas las sociedades, con un mensaje de salvación. Esta misión de la Iglesia Se realiza al mismo tiempo en dos perspectivas: la perspectiva escatológica que considera al hombre como un ser cuyo destino definitivo es Dios; y la perspectiva histórica que mira a este mismo hombre en su situación concreta, encarnado en el mundo de hoy. Este mensaje de salvación que la Iglesia, en virtud de su misión, hace llegar a cada hombre e igualmente a la familia, a los diversos ámbitos sociales, a las naciones y a toda la comunidad, es mensaje de amor y de fraternidad, mensaje de justicia y de solidaridad, en primer lugar para los más necesitados. En una palabra: es un mensaje de paz y de un orden social justo. Quiero repetir aquí, ante vosotros, lo que dije a los trabajadores de Saint-Denis, barrio obrero de otra gran ciudad, París: partiendo de las palabras tan profundas del Magníficat, quise considerar con ellos que "el mundo querido por Dios es un mundo de justicia; que el orden que debe gobernar las relaciones entre los hombres se funda en la justicia. Que este orden debe realizarse continuamente en el mundo e incluso que debe realizarse siempre de nuevo, a medida que crecen y se desarrollan las situaciones y los sistemas sociales, a medida de las nuevas condiciones y de las posibilidades económicas, de las nuevas posibilidades de la técnica y de la producción, así como de las nuevas posibilidades y necesidades de la distribución de los bienes" (Homilía en Saint-Denis, 31 mayo 1980, núm. 5; L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 8 de junio de 1980, pág. 8).

La Iglesia, cuando proclama el Evangelio, procura también lograr, sin por ello abandonar su papel específico de evangelización, que todos los aspectos de la vida social, en los que se manifiesta la injusticia, sufran una transformación para la justicia. ¡El bien común de la sociedad requiere, como exigencia fundamental, que la sociedad sea justa! La persistencia de la injusticia, la falta de justicia, amenaza la existencia de la sociedad desde dentro, así como todo cuanto atenta contra su soberanía o procura imponerle ideologías y modelos, todo chantaje económico y político, toda fuerza de las armas puede amenazarla desde fuera.

Esta amenaza a partir del interior existe realmente cuando, en el campo de la distribución de los bienes, se confía únicamente en las leyes económicas del crecimiento y del mayor lucro; cuando los resultados del progreso tocan sólo marginalmente, o no tocan en absoluto, los amplios sectores de la población; existe también mientras persiste un abismo profundo entre una minoría muy fuerte de ricos por una parte y la mayoría de los que viven en la necesidad y en la miseria, por otra.

4. El bien común de la sociedad, que será siempre el nuevo nombre de la justicia, no se puede obtener por la violencia, pues la violencia destruye lo que pretende crear, tanto cuando trata de mantener los privilegios de algunos, como cuando intenta imponer las transformaciones necesarias. Las modificaciones exigidas por el orden social justo deben ser efectuadas por una acción constante —muchas veces gradual y progresiva pero siempre eficaz— en el camino de reformas pacíficas.

Es éste el deber de todos. Es éste particularmente el deber de los que tienen el poder en la sociedad, ya se trate del poder económico, ya se trate del poder político. Todo poder encuentra su justificación únicamente en el bien común, en la realización de un orden social justo. Por consiguiente, el poder no deberá servir nunca para proteger los intereses de un grupo en detrimento de los otros. La lucha de clases, a su vez, no es camino que lleva al orden social, porque corre el riesgo de invertir las situaciones de los contendientes, creando nuevas situaciones de injusticia. Nada se construye sobre una base de desamor, y, menos aún, de odio que mire a la destrucción de los otros.

Rechazar la lucha de clases es también optar decididamente por una noble lucha en favor de la justicia social. Los diversos centros del poder y los diferentes representantes de la sociedad deben ser capaces de unirse, de coordinar los propios esfuerzos y de llegar a un acuerdo sobre programas claros y eficaces. ¡En esto consiste la fórmula cristiana para crear una sociedad justa! La sociedad entera debe ser solidaria con todos los hombres, y, en primer lugar, con el hombre que tiene más necesidad de ayuda, el pobre. La opción por los pobres es una opción cristiana; es también la opción de la sociedad que se preocupa del verdadero bien común. '

5. Escuchemos lo que el mismo Cristo nos dice a este respecto cuando se dirige a la multitud, venida de toda la región y del otro lado de las fronteras para verlo. Sentado en medio de sus discípulos, Jesús comenzó a instruirlos con estas palabras: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos" (Mt 5, 3). Por encima de sus oyentes, El dirigía estas palabras también a nosotros, reunidos aquí en São Paulo, en Brasil. Veinte siglos no han disminuido la importancia apremiante, la gravedad y la esperanza que encierran estas palabras del Señor. "¡Bienaventurados los pobres de espíritu!". Estas palabras son válidas para cada uno de nosotros. Esta invitación grita dentro de cada uno de nosotros. Adquirir el espíritu de pobre: es esto lo que Cristo pide a todos.

Los que tienen posesiones deben adquirir el espíritu de pobre, deben abrir el propio corazón a los pobres, pues si no lo hicieren, las situaciones injustas no cambiarán; podrá cambiarse la estructura política o el sistema social, pero sin cambio en el corazón y en la conciencia no se logrará el orden social justo y estable. Los que nada poseen, los que se encuentran en necesidad, deben también adquirir el "espíritu de pobre", no permitiendo que la pobreza material les quite la propia dignidad humana, porque esta dignidad es más importante que todos los bienes.

En este contexto, la doctrina cristiana sobre el hombre, alimentada por el Evangelio, por la Biblia y por siglos de experiencia, valoriza de modo singular del trabajo humano. La dignidad del trabajo. La nobleza del trabajo. Vosotros conocéis la dignidad y la nobleza del propio trabajo; vosotros, que trabajáis para vivir, para vivir mejor, para llevar a vuestras familias el pan de cada día; vosotros, que os sentís heridos en vuestro afecto de padres y de madres al ver a los hijos mal alimentados; vosotros que os quedáis tan contentos y orgullosos cuando les podéis ofrecer una mesa abundante, cuando podéis vestirlos bien, darles un hogar decente y confortable, darles escuela y educación con vistas a un futuro mejor. El trabajo es un servicio, un servicio a vuestras familias y a toda la ciudad, un servicio en el que el propio hombre crece en la medida en que sirve a los demás. El trabajo es una disciplina en que se fortalece la personalidad.

Vuestra primera y fundamental aspiración es, por tanto, trabajar. ¡Cuántos sufrimientos, cuántas angustias y miserias causa el desempleo! Por eso, la primera y fundamental preocupación de todos y cada uno de los hombres de gobierno, políticos, dirigentes de sindicatos y dueños de empresa debe ser ésta: dar trabajo a todos. Esperar la solución del problema crucial del empleo como un resultado más o menos automático de una orden o de un desarrollo económico, cualesquiera que sean, en los que el empleo aparece apenas como una consecuencia secundaria, no es realista y, por tanto, es inadmisible. Teoría y práctica económicas deben tener la valentía de considerar el empleo y sus modernas posibilidades como un elemento central en sus objetivos.

6. Es de justicia que las condiciones de trabajo sean lo más dignas posible, que se perfeccione la previsión social para permitir a todos, sobre la base de una creciente solidaridad, afrontar los riesgos, las dificultades y las cargas sociales. Ajustar el salario, en sus modalidades diversas y complementarias, hasta el punto de que se pueda decir que el trabajador participa real y equitativamente de la riqueza para cuya creación él contribuyó solidariamente en la empresa, en la profesión y en la economía nacional, es una exigencia legítima. Sobre todos estos puntos, la Iglesia, principalmente a partir de la primera gran Encíclica social, la Rerum novarum, no ha dejado de desarrollar una enseñanza muy provechosa. Invito a todos, trabajadores y responsables políticos, profesionales y sindicales, a prestar renovada atención a esas enseñanzas. Nadie va a encontrar en ellas soluciones ya dispuestas, pero podrá encontrar esclarecimientos y estímulos para la propia reflexión y práctica. La tarea es delicada y este conjunto complejo de problemas en que todos los factores —empleo, inversión, salario— se enlazan unos con otros, no se ha de regular ni con la demagogia, ni mediante sortilegios ideológicos, ni con un cientifismo frío y teórico que, al contrario del verdadero espíritu científico, dejase para un futuro incierto la rectificación de sus presupuestos. Vuelvo a afirmar aquí lo que ya declaré a propósito del empleo: esperar que la solución de los problemas del salario, de la previsión social y de las condiciones de trabajo brote de una especie de extensión automática de un orden económico, no es realista y, por tanto, es inadmisible. La economía sólo será viable si es humana, para el hombre y por el hombre.

7. Por eso mismo, es muy importante que todos los protagonistas de la vida económica tengan la posibilidad efectiva de participar libre y activamente en la elaboración y control de las decisiones que les afectan, en todos los niveles. Ya el Papa León XIII, en la Rerum novarum, afirmó claramente el derecho de los trabajadores a reunirse en asociaciones libres, con la finalidad de hacer oír su voz, de defender sus intereses y de contribuir, de manera responsable, al bien común, cuyas exigencias y disciplina se imponen a todos en el ámbito de leyes y contratos siempre perfectibles.

La Iglesia proclama y sostiene esos diversos derechos de los trabajadores, porque está en juego el hombre y su dignidad. Y lo hace con profunda y ardiente convicción, tanto más cuanto que, para ella, el hombre que trabaja se hace cooperador de Dios. Hecho a imagen de Dios, el hombre recibe la misión de administrar el universo para desarrollar sus riquezas y garantizarles un destino universal, para unir a los hombres en el servicio mutuo y en la creación común de un sistema de vida digno y bello, para la gloria del Creador.

Trabajadores: no os olvidéis nunca de la gran nobleza que, como hombres y como cristianos, debéis imprimir en vuestro trabajo, aun el más humilde e insignificante. No os dejéis jamás degradar por el trabajo; antes bien, procurad vivir a fondo su verdadera dignidad que la Palabra de Dios y las enseñanzas de la Iglesia ponen de relieve. El trabajo, en efecto, hace de vosotros, ante todo, colaboradores de Dios en la prosecución de la obra de la creación. Poned en práctica —con el sudor de la frente, sí, pero sobre todo con el justo orgullo de haber sido creados a imagen y semejanza de Dios— el dinamismo contenido en la orden dada al primer hombre de poblar la tierra y de dominarla (cf. Gén 1, 28).

El trabajo os asocia más estrechamente a la Redención que Cristo realizó mediante la Cruz, cuando os lleva a aceptar todo cuanto tiene de penoso, de fatigoso, de mortificante, de crucificante en la monotonía cotidiana; cuando os lleva incluso a unir vuestros sufrimientos a los sufrimientos del Salvador, para completar "lo que falta a las tribulaciones de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia" (Col 1, 24). Por eso, ese trabajo os lleva, en fin de cuentas, a sentiros solidarios con todos vuestros hermanos, aquí en Brasil y en todo el mundo. El trabajo os hace constructores de la gran familia humana, más aún, de toda la Iglesia, en el vínculo de caridad, porque cada uno es llamado a ayudar al otro (cf. Gál 6, 2), en la exigencia siempre renovada de una recíproca colaboración, y en la ayuda interpersonal por la cual nosotros, los hombres, somos necesarios unos a otros, sin excluir a nadie.

Esta es la concepción cristiana del trabajo: arranca de la fe en Dios Creador y , mediante Cristo Redentor, llega a la edificación de la sociedad humana, a la solidaridad con el hombre. Sin esta visión, todo esfuerzo, incluso el más tenaz, es vano y caduco. Está destinado a decepcionar, a fracasar. Debéis construir sobre ese fundamento. Y si os dijeran que para defender las conquistas del trabajo, es preciso dejar a un lado, tal vez hasta borrar, esa visión cristiana de la existencia, no lo creáis. El hombre, sin Dios y sin Cristo, construye sobre arena. Traiciona la propia imagen y nobleza. Y, en fin, llega a perjudicar al hombre, a ofender al hermano.

8. Vosotros trabajáis en el ámbito de una gran ciudad, que continúa creciendo rápidamente. Ella es un reflejo de las increíbles posibilidades del género humano, capaz de realizaciones admirables, pero capaz también, cuando falta la animación espiritual y la orientación moral, de triturar al hombre.

Muchas veces, una lógica económica exclusivista, e incluso depravada por un materialismo burdo, ha invadido todos los campos de la existencia, comprometiendo el ambiente, amenazando las familias y destruyendo todo el respeto por la persona humana. Las fábricas lanzan sus detritus, deforman y contaminan el ambiente, hacen el aire irrespirable. Oleadas de emigrantes se amontonan en edificios viejos indignos, donde muchos pierden la esperanza y acaban en la miseria. Los niños, los jóvenes, los adolescentes no encuentran espacios vitales para desarrollar plenamente sus energías físicas y espirituales, muchas veces limitados en ambientes malsanos, o errantes por las calles, donde se intensifica la circulación entre los edificios de cemento y el anonimato de la multitud que se desgasta sin jamás conocerse. Al lado de los barrios donde se vive con todo el confort moderno, existen otros donde faltan las cosas más elementales y algunos suburbios van creciendo desordenadamente. Muchas veces el desarrollo se convierte en una versión gigantesca de la parábola del rico y de Lázaro. La proximidad entre el lujo y la miseria acentúa el sentimiento de frustración de los desafortunados. De ahí que se imponga una pregunta fundamental: ¿cómo transformar la ciudad en una ciudad verdaderamente humana, en su ambiente natural, en sus construcciones y en sus instituciones?

Una condición esencial es la de dar a la economía un sentido y una lógica humanas. Vale aquí lo que dije con respecto al trabajo. Es preciso liberar los diversos campos de la existencia, del dominio de un economismo avasallador. Es preciso poner las exigencias económicas en su debido lugar y crear un tejido social multiforme, que impida la masificación. Nadie está dispensado de colaborar en esa tarea. Todos pueden hacer algo en sí mismos y en su derredor. ¿No es verdad que los barrios más desatendidos son muchas veces el lugar donde la solidaridad suscita gestos de mayor desprendimiento y generosidad? Cristianos como sois, en cualquier lugar donde os halléis, debéis asumir vuestra parte de responsabilidad en este inmenso esfuerzo por la reestructuración humana de la ciudad. La fe hace de esto un deber. Fe y experiencia, juntas, darán a veces luces y energías para caminar.

9. Los cristianos tienen el derecho y el deber de contribuir en la medida de sus capacidades para la construcción de la sociedad. Y lo hacen a través de los cuadros asociativos e institucionales que la sociedad libre elabora con la participación de todos. La Iglesia como tal no pretende administrar la sociedad, ni ocupar el lugar de los legítimos órganos de deliberación y de acción. Sólo pretende servir a todos aquellos que, a cualquier nivel, asumen las responsabilidades del bien común. Su servicio es esencialmente de índole ética y religiosa. Pero para garantizar ese servicio, de acuerdo con su misión, la Iglesia exige con todo derecho un espacio de libertad indispensable y procura mantener su acción específicamente religiosa.

Y así, todas las comunidades de cristianos, tanto las comunidades de base, como las parroquiales, las diocesanas o cualquier comunidad nacional de la Iglesia, deben dar su contribución específica para la construcción de la sociedad justa. Todas las preocupaciones del hombre deben ser tomadas en consideración, pues la evangelización, razón de ser de toda comunidad eclesial, no sería completa si no se tuviesen en cuenta las relaciones que existen entre el mensaje del Evangelio y la vida personal y social del hombre, entre el mandamiento del amor al prójimo que sufre y pasa necesidades y las situaciones concretas de injusticia que hay que combatir y de la justicia y de la paz que hay que instaurar.

Que de este nuestro encuentro de hoy, en torno a Jesucristo, llevéis con vosotros la certeza de que la Iglesia quiere estar presente, con todo su mensaje evangélico, en el corazón de la ciudad, en el corazón de las poblaciones más pobres de la ciudad, en el corazón de cada uno de vosotros. Dios os ama a vosotros, trabajadores de São Paulo y de Brasil. Vosotros debéis amar a Dios. Ese es el secreto de vuestra alegría, de una alegría que, brotando de vuestros corazones, irradiará en vuestros rostros y en la faz de la ciudad, como señal de que es una ciudad humana.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

top