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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LA IGLESIA ORTODOXA


Colegio San Americo, Sao Paulo
Jueves 3 de julio de 1980

 

Amados hermanos en Cristo:

1. En nombre de Nuestro Señor Jesucristo y dando gracias por él a Dios Padre (cf. Col 3, 17), vengo a este encuentro con vosotros, dignos representantes de la Iglesia ortodoxa en Brasil. No necesito deciros lo feliz que soy por esta oportunidad, en el cuadro de mi peregrinación apostólica en Brasil. Me alegra observar personalmente que en este país que os acoge, vuestras relaciones y vuestra colaboración con la jerarquía, el clero y el pueblo católico están creciendo tanto más cuanto que las dos Iglesias, católica y ortodoxa, se encuentran de nuevo a la luz de Cristo y se vuelven a descubrir cada vez más profundamente como Iglesias hermanas. Y descubren también las exigencias que este hecho trae consigo en la acción pastoral de una y otra.

2. Al regreso de mi visita fraternal al Patriarcado Ecuménico, tuve ocasión de resaltar el hecho de que la preocupación hacia lo que, muy acertadamente, es denominado diálogo de caridad, tenía que convertirse en un componente necesario de los programas pastorales de cada una de nuestras dos Iglesias, la católica y la ortodoxa. La profundización de esta actitud fraternal, la intensificación de las relaciones recíprocas y de la colaboración entre las Iglesias crean el ambiente vital, si así me puedo expresar, en el que puede nacer y debe desarrollarse el diálogo teológico hasta llegar a resultados que el pueblo cristiano estará preparado para acoger. Nadie está dispensado de este esfuerzo. El Concilio Vaticano II lo declaró con firmeza, por lo que concierne a los católicos (cf. Unitatis redintegratio, 4). El mismo Concilio dedicó especial atención a la colaboración de los católicos con sus hermanos ortodoxos que, dejando el Oriente, se establecieran en países lejanos de su patria de origen (cf. ib., 18). Es precisamente lo que sucede aquí en Brasil; y por eso, católicos y ortodoxos son llamados a contribuir activamente para el buen resultado de esta nueva fase de nuestro camino hacia la comunión plena.

3. También en la situación brasileña, con una urgencia y una amplitud que exige la más estrecha colaboración entre las Iglesias, es necesario que éstas estén juntas al servicio del hombre. Estoy seguro de que no faltará esa colaboración. La luz y la fuerza de lo alto nos asistan siempre en este compromiso, nos hagan a unos y otros fervientes en la oración, asiduos en el conocimiento de la otra Iglesia, celosos en conservar la propia identidad religiosa, respetando la identidad de la otra. Sin esto, o no hay diálogo o el diálogo se revelará luego vacío e inconsistente, si no falsificado.

Aquí renuevo la expresión de mi admiración hacia las grandes y notables tradiciones de la Iglesia ortodoxa: la calidad de sus doctores, la belleza majestuosa de su coito, el valor de sus santos, el fervor de la vida monástica, como ya dijo adecuadamente el Concilio Vaticano II (cf. ib., 14-18).

Renuevo la expresión de mi gratitud por el encuentro de hoy, y os aseguro mi profunda caridad fraterna, mi respetuosa estima y mi unión en la oración.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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