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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA VISITA A LA «FAVELA DOS ALAGADOS»


Salvador de Bahía
Lunes 7 de julio de 1980

 

Queridísimos amigos, hermanos y hermanas en Cristo:

1. Este encuentro con vosotros, me proporciona gran alegría; el calor de vuestra acogida me impresiona y me conmueve. Al saludar a todos, con afecto en Cristo Señor, elevo a Dios un pensamiento agradecido, por haberme permitido venir hasta aquí, visitar el lugar donde vivís y sobre todo veros.

Cuando viajo en mis visitas pastorales, con la misión de representar a Cristo ante toda la Iglesia esparcida por el mundo, recuerdo siempre que el mismo Cristo exigió de San Pedro y, por consiguiente, de aquellos que llegasen a ocupar su lugar, en la "Iglesia que preside la asamblea universal en la caridad" (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Romanos, "Inscriptio", 1, 1-2, 2; Funk, 1, 213), una profesión de amor. Amor a ese Cristo, sin el cual es imposible apacentar bien a los fieles cristianos, que El llamaba los "corderos" y las "ovejas". Y amor al prójimo, y en primer lugar a los hermanos en la fe. Por este amor, todos sabrán que somos sus discípulos (cf. Jn 13, 35).

Por obedecer a este mandato, yo hago lo posible por encontrarme con todos: ricos y pobres, los que viven en comodidad, al menos relativa, y los que afrontan grandes dificultades para vivir. A todos quiero hablar y testimoniar el amor de Nuestro Señor Jesucristo, para que crean en El y puedan llegar a la salvación.

Pero los menos favorecidos de bienes de la tierra, porque tienen más necesidad de ayuda y consuelo, ocupan siempre un lugar especial en esta mi preocupación de ser fiel y continuar la misión de Cristo: "anunciar a los pobres la Buena Nueva" de la salvación de Dios (cf. Lc 4, 18).

Considero como dicho a vosotros todo aquello que decía al visitar la "Favela de Vidigal" en Río de Janeiro. Me siento comprometido, así como también la Iglesia se siente comprometida, en la proclamación de las bienaventuranzas de Cristo Señor y me siento obligado a hacer algo para que todos los hombres se vean comprometidos en esa proclamación, movilizados por la gran tarea de promoción de una mayor justicia: la construcción de una sociedad cada vez más justa y consiguientemente más humana. Sin embargo la justicia, nuevo nombre del bien común, como ya he tenido la ocasión de decir, sólo se consolidará sobre la base de la conversión de las mentes y de las voluntades: hacer que cada hombre tenga un corazón de pobre: "Bienaventurados los pobres de espíritu" (Mt 5, 3).

2. Por eso estoy aquí, porque quiero ser fiel al espíritu de Cristo y porque os amo, como sois y como os presentáis. Todos sois personas humanas y hermanos míos en Nuestro Señor Jesucristo. He pensado en tantos barrios pobres de Salvador y de todo Brasil, a los que les gustaría recibir la visita del Papa. El Papa tendría un placer espacial en hacer esta visita a cada casa o barraca donde viven familias o personas humildes, a veces en dura pobreza. No siendo posible hacerlo, quiero que la visita que ahora os hago sea también un símbolo, como si entrando aquí, estuviese penetrando en todos los barrios iguales a éste.

Decía que al aproximarme a vosotros encuentro personas humanas: seres que poseen una inteligencia sedienta de verdad y una voluntad que desea el amor, hijos de Dios, almas redimidas por Cristo, y por tanto seres ricos de una dignidad que nadie puede pisotear sin herir al mismo Dios. Así, vosotros apreciáis, ciertamente, a quien os da consuelo, aliento, ánimo, esperanza; a quien os ayuda a crecer y a desarrollaros en vuestras capacidades de personas humanas y a superar los obstáculos para la propia promoción; a quien os ayuda a amar en un mundo de odio y a ser solidarios en un mundo terriblemente egoísta. Pero no hay duda de que vosotros tenéis conciencia de no ser solamente objeto de beneficencia, sino personas activas en la construcción del propio destino y de la propia vida. Quiera Dios que seamos muchos a ofreceros una colaboración desinteresada para que os liberéis de todo cuanto en cierto modo los esclaviza, pero dentro del pleno respeto a aquello que sois, en pleno respeto a vuestro derecho de ser los primeros autores de la propia promoción humana. Mi mayor alegría fue la de saber, por diversas fuentes, que hay en vosotros, entre otras, dos grandes cualidades: tenéis, gracias a Dios, el sentido de familia, y poseéis un gran sentido de solidaridad para ayudaros unos a otros, cuando es necesario. Seguid cultivando esos buenos sentimientos, siendo muy amigos de todos, incluso de aquellos que, por cualquier motivo, parece que os cierran el corazón. ¡Vosotros sed corazones siempre abiertos!

3. Ved: Sólo el amor cuenta —no está de más repetir esto—, sólo el amor construye. Vosotros debéis luchar por la vida, hacer todo lo posible para mejorar las propias condiciones en que vivís, es un deber sagrado, porque ésa es también la voluntad de Dios. No digáis que es voluntad de Dios que vosotros permanezcáis en una situación de pobreza, enfermedad, en una mala vivienda contraria, muchas veces, a vuestra dignidad de personas humanas. No digáis: "Es Dios quien lo quiere". Sé que eso no depende sólo de vosotros. No ignoro que otros deberán hacer mucho para poner fin a las malas condiciones que os afligen o para mejorarlas. Pero vosotros debéis ser siempre los primeros en hacer mejor vuestra vida en todos los aspectos. Desear superar las malas condiciones, darse la mano unos a otros para buscar juntos mejores días, no esperar todo de fuera, sino comenzar a hacer todo lo posible, procurar instruirse para tener más posibilidades de mejorar: estos son algunos pasos importantes en vuestro camino.

Así, desde este lugar y en este momento, en vuestro nombre, como vuestro hermano en humanidad, sólo con el poder del amor y la fuerza del Evangelio de Jesucristo, pido a todos aquellos que pueden o deben ayudar que dejen entrar en el propio corazón el eco de las angustias de vuestros corazones, al ver faltar el alimento, la ropa, la casa, la instrucción, el trabajo, los remedios, en fin, todo aquello que es necesario para vivir como persona humana. Y que este grito mío suscite un diálogo, aunque sea silencioso, un diálogo de amor, que se exprese en actos de ayuda y de coparticipación entre hermanos. Dios, Padre de todos nosotros, verá con agrado y bendecirá tal bondad, como prometió Jesús: "Dad y se os dará" (Lc 6, 38).

Con esta llamada a las conciencias, quiero alentar vuestro deseo, que es también el mío, de mejorar vuestro nivel de vida, para haceros cada vez más hombres, con toda vuestra dignidad; más hermanos de todos los hombres, en familia humana; y más hijos de Dios, sabiendo y practicando lo que esto quiere decir. Y con gran afecto os bendigo a todos, a vuestras familias y a todos los de aquí de Alagados, asá como a todos los presentes. El Papa reza por todos; rezad por él, principalmente estos días en que está en Brasil.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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