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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LA DIÓCESIS DE BELÉM

Martes 8 de julio de 1980

 

Señor arzobispo,
señor obispo auxiliar,
hermanos míos en el Episcopado,
amados hijos e hijas en Cristo Señor:

1. Saludo a todos, cordialmente, en la alegría de este encuentro en esta bella ciudad y antigua sede, fundada bajo la égida de Nuestra Señora de la Gracia y confiada todavía hoy al patrocinio de María Santísima.

Este saludo se extiende a todos vuestros seres queridos y a todos los habitantes de este Estado de Pará y territorios circunvecinos. Por mediación vuestra, hermanos míos obispos en estas tierras misioneras, a través de vosotros, sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas, padres y madres de familia, personas adultas y jóvenes, aquí presentes, llegue mi saludo especial a todos cuantos, en vuestras comunidades, ya oyeron la Palabra de Dios y se esfuerzan por ponerla en práctica.

Los votos que hago por todos, se vuelven en esta hora una plegaria por quienes sufren en el cuerpo o en el alma, por los que no pudieron venir, por los niños pequeñitos, por las personas ancianas y por quienes, con dedicación y desinterés, les asisten. El Papa piensa en todos con gran benevolencia y le gustaría, si fuera posible, encontrarse con todos personalmente: como hermano en humanidad y "como ministro de Cristo y dispensador de los misterios de Dios" (cf. 1 Cor 4, 1). Tened al menos la certeza de que nadie queda al margen u olvidado en el afecto del Papa y en sus oraciones.

Sí; el Papa reza por todos, porque ama o todos; vengo aquí precisamente para conoceros y poder amaros todavía más. Y querría dejar a todos un recuerdo. ¿Cuál? Simbólicamente, después de la Eucaristía que acabamos de celebrar, desearía repartir aquí entre todos un pedazo del pan de la Palabra de Dios. Digo un "pedacito" por causa del poco tiempo de que disponemos.

2. "Dichosos los que oyen la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11, 28). Guardar la Palabra de Dios es sinónimo de vivir el mandamiento del amor: amor a sí mismo, esclarecido y ordenado, fuente de serenidad; amor a los hermanos en la fe y a todos los hombres, un amor operante —"tratad a los hombres de la manera en que vosotros queréis ser tratados" (Lc 6, 31)—, fuente de paz; amor a Dios sobre todas las cosas, fuente de alegría.

3. Bienaventurados "los mansos y humildes de corazón" que en sí cultivan "los mismos sentimientos que había en Cristo Jesús" (cf; Flp 2, 5); cultivad la verdad que El es (cf. Jn 14, 6), pues obedeciendo a la verdad, santificaréis vuestras almas para practicar un sincero amor fraterno; "honrad a todos, amad a los hermanos, temed a Dios y respetad a la autoridad" (cf. 1 Pe 2, 17). Practicad la justicia, esa justicia del Reino de Dios que tiene siempre la prioridad en todo (cf. Mt 6, 33); hacer eso, explica el Apóstol San Juan, es permanecer en El, en Cristo, y no pecar, pues "el que practica la justicia es justo, según El es justo" (1 Jn 3, 7). Sí; es preciso vencer el mal con el bien, poner los dones recibidos al servicio unos de otros, y revestirse continuamente de sentimientos de misericordia, de bondad, de humildad, de mansedumbre y de paciencia, "pero por encima de todo, vestíos de la caridad que es vínculo de perfección" (Col 3, 14).

4. "Qué hermosos son los pies de los que evangelizan, que anuncian buenas nuevas" (cf. Rom 10, 15) y, en especial, la Buena Nueva por excelencia, el amor de Dios revelado en Jesucristo: la alegría de tener un Salvador y de haber sido por El llamados a ser hijos de Dios y hermanos unos de otros... Sed heraldos de esta buena noticia a todos. Anunciadla en todos los ambientes, proponiéndola a la adhesión de los corazones de los hombres, con todo respeto a la libertad de las conciencias, y estaréis contribuyendo a transformar la humanidad desde dentro hacia fuera, haciéndola nueva con la perenne novedad de Jesucristo, Redentor del hombre.

5. En estas sencillas palabras, está mi mensaje para vosotros, hermanos y hermanas. Rezad por el Papa que reza por vosotros. Y para que nuestro encuentro sea más íntimo y nos deje un recuerdo duradero, comencemos ya a rezar unos por otros: un momento de oración silenciosa, con María Santísima, Madre de nuestra confianza... para que nuestra fe crezca fuerte e irradiadora, según la imagen evangélica del grano de mostaza (cf. Lc 13, 18; 17, 6). Como la fe de Nuestra Señora; Ella estuvo tan cerca de Dios que pudo acoger al Verbo, venido para que todos los que en El creen se hagan hijos de Dios (cf. Jn 1, 12). Implorando esta gracia para todos, os bendigo, en el nombre del. Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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