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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA VISITA A LA LEPROSERÍA DE MARITUBA


 Belém
Martes 8 de julio de 1980

 

Queridos hijos:

1. Desde que anuncié mi viaje a Brasil y durante su preparación, recibí un buen número de cartas, procedentes de diversas colonias de leprosos de este país, en las que se me invitaba a visitarlas. Bien sabe Dios cuánto me hubiera gustado hacerlo. Al venir aquí a Marituba y encontraros y saludaros a vosotros con afecto de padre, es como si visitase en este momento todas las colonias de leprosos de Brasil. Llegue hasta ellos mi palabra para decirles cuánto los estimo, cuánto pienso en ellos y rezo por ellos.

Bendito sea Dios que nos concede la gracia de este encuentro. Es de hecho una gracia para mí poder, como el Señor Jesús, de quien soy ministro y representante, ir al encuentro de los pobres y enfermos, por los cuales tuvo El verdadera predilección. No puedo, como El, curar los males del cuerpo, pero me dará, por su bondad, capacidad para ofrecer algún alivio a las almas y a los corazones. En tal sentido deseo que este encuentro sea una gracia también para vosotros. En nombre de Jesús estamos aquí reunidos; que El esté en medio de nosotros, como prometió (cf Mt 18, 20).

2. Al encontrarse por primera vez y deseando hacer amistad, las personas acostumbran a presentarse. ¿Será necesario que yo lo haga? Ya sabéis mi nombre y tenéis muchas informaciones sobre mi persona. Pero ya que pretendo hacer amistad con vosotros, os hago mi presentación: vengo a vosotros como misionero mandado por el Padre y por Jesús para continuar anunciando el Reino de Dios que comienza en este mundo, pero sólo se realiza en la eternidad, para consolidar la fe de mis hermanos, para crear una profunda comunión entre todos los hijos de la misma Iglesia. Vengo como ministro e indigno Vicario de Cristo para velar sobre su Iglesia; como humilde Sucesor del Apóstol Pedro, Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia universal.

A Simón Pedro, pese a ser débil y pecador como toda criatura humana, el Señor Jesús había declarado en un momento solemne que sobre él, como sobre una roca firme, habría de construir la Iglesia (Mt 16, 18). Le prometió también las llaves del Reino con la garantía de que sería atado o desatado en el cielo todo cuanto él atase o desatase en la tierra (cf. Mt 16, 19). Estando ya para volver al Padre, dirá todavía a Pedro: "Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos" (cf. Jn 21, 15 y ss.). Vengo como Sucesor de Pedro: heredero de la misteriosa e indescriptible autoridad espiritual que le fue conferida, pero también de la tremenda responsabilidad atribuida a él. Como Pedro, acepté ser Pastor universal de la Iglesia, deseoso de conocer, amar, servir a todos los miembros del rebaño a mí confiado. Aquí estoy para conoceros. Debo decir que es grande mi afecto por todos y cada uno de vosotros. Estoy seguro de que podré serviros de alguna manera.

3. Y vosotros, ¿quiénes sois? Para mí, sois ante todo personas humanas, ricas de una dignidad inmensa que la condición de persona os da, ricos cada uno de vosotros con la fisonomía personal, única e irrepetible con que Dios os hizo. Sois personas rescatadas con la Sangre de aquel a Quien me gusta llamar, como hice en mi Carta escrita a la Iglesia entera y al mundo, el "Redentor del hombre".

Sois hijos de Dios, por El conocidos y amados. Sois ya y seguiréis siendo de ahora en adelante para siempre mis amigos; amigos muy queridos. Como a amigos, me gustaría dejaros un mensaje con ocasión de este encuentro que la Providencia divina me permite tener con vosotros.

4. Mi primera palabra sólo puede ser de consuelo y de esperanza. Bien sé que, bajo el peso de la enfermedad, todos sentimos la tentación del abatimiento. No es raro preguntarnos con tristeza: ¿por qué esta enfermedad? ¿Qué mal he hecho yo para recibirla? Una mirada a Jesucristo en su vida terrena y una mirada de fe, a la luz de Jesucristo sobre nuestra propia situación, cambia nuestra manera de pensar. Cristo, Hijo de Dios, inocente, conoció en la propia carne el sufrimiento. La pasión, la cruz, la muerte en la cruz le probaron duramente; como había anunciado el Profeta Isaías, quedó desfigurado, sin apariencia humana (Is 53, 2). No ocultó ni escondió su sufrimiento; por el contrario, cuando era más atroz, pidió al Padre que le apartase el cáliz (cf. Mt 26, 39). Pero una palabra revelaba el fondo de su corazón: "¡No se haga mi voluntad, sino la tuya!" (Lc 22, 42). El Evangelio y todo el Nuevo Testamento nos dicen que la cruz, así acogida y vivida, se hizo redentora.

Así sucede también en nuestra vida. La enfermedad es realmente una cruz, a veces bien pesada, prueba que Dios permite en la vida de una persona, dentro del misterio insondable de un designio que escapa a nuestra capacidad de comprensión. Pero no debe ser mirada como una ciega fatalidad. Ni es forzosamente y en sí misma un castigo. No es algo que aniquila sin dejar nada de positivo. Por el contrario, aun cuando pesa sobre el cuerpo, la cruz de la enfermedad cargada en comunión con la de Cristo, se vuelve también fuente de salvación, de vida o de resurrección para el propio enfermo y para los demás, para la humanidad entera. Como el Apóstol Pablo, también vosotros podéis decir que completáis en vuestro cuerpo lo que falta a la pasión de Cristo en beneficio de la Iglesia (cf. Col 1, 24).

Estoy seguro de que, vista bajo esa luz, la enfermedad, por muy dolorosa y humanamente mortificante que sea, trae consigo semillas de esperanza y motivos de consolación.

5. Mi segunda palabra es una petición, pero más todavía una invitación y un estímulo: no os aisléis con motivo de vuestra enfermedad. Todos cuantos, con dedicación, amor y competencia se interesan por vosotros, tal vez hasta consagrándoos todo su talento, tiempo y energías, insisten en que nada hay mejor que sentiros profundamente insertos en la comunidad de los otros hermanos y no separados de ella. A esos hermanos decimos con la fuerza de la convicción: procurad conocer a vuestros hermanos leprosos, estad próximos a ellos, acogedlos, colaborad con ellos, acoged y buscad su colaboración. Pero a vosotros tenemos también que deciros: no rehuséis, por ningún motivo, insertaros en el ambiente que os rodea y que se abre a vosotros. Sentíos miembros, lo más plenamente posible, de la comunidad humana, que cada vez toma más conciencia de que necesita de vosotros, como necesita de cada uno de sus miembros.

A esa comunidad podéis ofrecer, en el plano humano, la contribución de los dones que recibisteis de Dios. Dentro de los límites naturales, es bastante amplio y variado el campo de esa posible colaboración. En el plano sobrenatural, que es el de la gracia, quise recordaros hace poco que, en comunión con el misterio de la cruz de Cristo, la cruz de vuestra enfermedad se hace manantial de gracias; de vida y salvación. Sería una pena desperdiciar por cualquier motivo ese manantial de gracias de Dios. Que sirva para muchos, sobre todo para la Iglesia. Estando en la Amazonia, donde es intenso y fructuoso el trabajo de los misioneros cuyos frutos vosotros mismos recibís, me atrevería a pedir: haced de vuestra condición de enfermos un gesto misionero de inmenso alcance; transformándola en fuente de la cual los misioneros pueden sacar energías espirituales para su trabajo.

6. Mi tercera palabra es de confianza. El Papa, junto con toda la Iglesia, os estima y os ama. El Papa asume ante vosotros y con vosotros el compromiso de hacer todo cuanto pueda por vosotros y en vuestro favor. El Papa, aun partiendo para nuevas tareas en el marco de esta visita y de su exigente misión, permanece espiritualmente con vosotros. Quiera el querido hermano don Arístides Pirovano, vuestro gran amigo, quieran los médicos, enfermeros, asistentes que aquí trabajan, ser los representantes del Papa junto a vosotros, haciendo todo lo que él haría y como él lo haría si pudiese permanecer aquí. Por mi parte, quiero contar con vosotros: como pido ayuda de las oraciones de los monjes y de las monjas y de tantas personas santas para que el Espíritu Santo inspire y dé fuerzas a mi ministerio pontificio, así pido también la ayuda preciosa de poder vivir de la ofrenda de vuestros sufrimientos y de vuestra enfermedad. Que esta ofrenda se una a vuestras oraciones; mejor aún, se transformen en oración por mí, por mis directos colaboradores; por todos cuantos me confían sus aflicciones y penas, sus necesidades e intenciones.

Pero, ¿por qué no comenzar enseguida esta oración?

¡Señor: con la fe que nos disteis, os confesamos
Dios Todopoderoso, nuestro Creador y Padre providente,
Dios de esperanza, en Jesucristo, Nuestro Salvador,
Dios de amor, en el Espíritu Santo, nuestro consolador!

Señor: confiando en vuestras promesas que no pasan,
queremos vivir siempre en Vos, buscar alivio en el dolor.
Con todo, discípulos de Jesús como somos; ¡no se haga lo que queremos,
hágase vuestra voluntad, en todo nuestro vivir!

Señor: agradecidos por la predilección de Cristo,
por los leprosos que tuvieron la dicha de entrar en contacto con El,
viéndonos en ellos... os agradecemos también los favores
en todo lo que nos ayuda, alivia y conforta:
os damos gracias por la medicina y los médicos,
por la asistencia y los enfermeros, por las condiciones de vida,
por los que nos consuelan y por los que son consolados por nosotros,
por los que nos comprenden y aceptan, y por los demás.

Señor: concedednos paciencia, serenidad y valor;
haced que vivamos una caridad alegre, por vuestro amor,
para con quien sufre más que nosotros y para con otros que,
aun no sufriendo, no tienen claro el sentido de la vida.

Señor: queremos que nuestra vida pueda ser útil, servir:
para alabar, agradecer, reparar e impetrar, con Cristo,
por los que os adoran y por los que no os adoran, en el mundo,
y por vuestra Iglesia, extendida por toda la tierra.

Señor: por los méritos infinitos de Cristo, en la cruz,
"siervo doliente" y hermano nuestro, al cual nos unimos,
os pedimos por nuestras familias, amigos y bienhechores,
por el buen resultado de la visita del Papa y por Brasil.

Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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