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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS HABITANTES DE FORTALEZA

Estadio «Castelão
»
Miércoles 9 de julio de 1980

 

Señor cardenal Aloísio Lorscheider,
arzobispo de Fortaleza, mis queridos hermanos en el Episcopado,
queridos hermanos y hermanas en el Señor:

1. Gracia y paz a vosotros de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo, que os ha reunido aquí en el amor de su Espíritu para reavivar y confirmar vuestra fe y vuestra esperanza en este encuentro con el Papa, Cabeza visible de la gran familia del Pueblo de Dios, la Iglesia, a la cual todos nosotros pertenecemos.

Al pisar el suelo de Fortaleza y del Estado de Ceará, bendecido ya, en los albores de su evangelización, por el martirio del padre jesuita Francisco Pinto y por el trabajo del padre Luiz Figueira, mi pensamiento repasa, con profunda gratitud a Dios, vuestros cuatro siglos de cristianismo. Después, abierto a una jubilosa confianza, se detiene, ante la realidad viva y palpitante de esta Iglesia y de esta ciudad de Fortaleza, capital del Estado de Ceará y sede del secretariado regional nordeste I, de la Conferencia nacional de los Obispos de Brasil.

Me siento muy feliz por este encuentro con vuestra ciudad. Agradeciendo las fraternales palabras de bienvenida, dirijo mi saludo, ante todo, al señor cardenal-arzobispo, don Aloísio Lorscheider, que representa la unidad de la Iglesia particular de Fortaleza, sólidamente cimentada en Cristo Jesús. Saludo igualmente a los señores obispos aquí reunidos, llegados no solamente de los Estados cercanos, sino de todo Brasil, con ocasión del X Congreso Eucarístico Nacional.

Mi pensamiento se dirige, seguidamente, con deferencia y gratitud, a las autoridades, por los gestos de consideración y desvelo con que me han recibido. Les deseo un fructuoso servicio para el bien de todo el pueblo de la capital y del Estado.

Saludo con particular afecto a los sacerdotes, los religiosos y las religiosas de tantas congregaciones, que comparten con dedicación y generosidad la obra de evangelización, asistencia y promoción humana de esta Iglesia. Saludo a los queridos enfermos, a cuantos sufren, a los pobres. Saludo a los jóvenes y, con sentimientos de afecto especial, al centenar de seminaristas del seminario regional, que recientemente ha vuelto a abrirse. Ellos son la alegre esperanza de una comunidad de fieles, pascual y dinámica, dedicada a servir a los más pobres. Saludo a todos y cada uno, y abarco en un gran abrazo a todos cuantos forman la Iglesia peregrinante en este ángulo de tierra brasileña.

2. Y ahora, mi corazón se abre, fraterno y amigo —como se abrió antaño el de Jesús para las multitudes— a este pueblo numeroso y jubiloso, congregado aquí para traerme la calurosa bienvenida de Fortaleza. Queridos hermanos y hermanas, os abrazo con profunda amistad y os digo enseguida que, conociendo la gloria de vuestro pasado, comprometido con los esfuerzos en pro de la independencia y de la abolición de la esclavitud, conozco también las dotes de vuestro corazón: la acogedora hospitalidad, la sencillez de espíritu, la actitud intrépida ante las luchas por la supervivencia, exasperadas por la inclemencia de la naturaleza y aspereza del clima, que no llegaron a debilitar sino, al contrario, dieron nuevo vigor a vuestra paciencia, a vuestra longanimidad, a vuestra proverbial valentía.

Valentía, hermanos y hermanas, valentía siempre, fieles al espíritu que dio origen a vuestra capital, nacida en torno a la Fortaleza y a la capilla de Nuestra Señora de la Asunción que, desde los comienzos, protegió como Madre vuestras familias, vuestro trabajo y vuestros proyectos. Hacia esta vuestra ciudad se dirigen hoy las miradas de todos los brasileños, porque está para ser inaugurado, en ella, un grandioso acontecimiento de fe, que afecta a todos los fieles de la "tierra de Vera Cruz": el X Congreso Eucarístico Nacional.

3. El Congreso Eucarístico es, ante todo, un grande y comunitario acto de fe en la presencia y en la acción de Jesús-Eucaristía, que permanece sacramentalmente con nosotros, para recorrer con nosotros nuestros caminos, a fin de que podamos afrontar, ayudados de su fuerza, nuestros problemas, fatigas y sufrimientos. Alimentados con el Cuerpo del Señor, tenemos en nosotros la Vida (cf. Jn 6, 53) y podemos trabajar con confianza, en su Espíritu y con su Espíritu, para hacer más humana, más digna y más cristiana nuestra convivencia en este mundo. Nuestros caminos deben ser sus caminos, nuestros métodos sus métodos, nuestros pensamientos sus pensamientos.

Unámonos desde ahora en torno a la Hostia consagrada, en torno al Divino Peregrino entre los peregrinos, deseosos de recibir de él la inspiración y la fuerza para hacer nuestras las necesidades y las aspiraciones de nuestros hermanos emigrantes. Con aquel amor eficaz que animó al primer obispo de Fortaleza, don Luiz Antônio dos Santos, benemérito fundador del seminario e incansable apóstol de caridad durante la gran sequía de 1877-79.

Queridos hermanos y hermanas: en el signo del Pan de Vida, que es Cristo, y en espera de la Misa de apertura del Congreso Eucarístico, renuevo mi saludo cordial y amigo y os doy mi bendición. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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