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VIAJE APOSTÓLICO DE JUAN PABLO II A BRASIL

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II AL REGRESAR A ROMA

Aeropuerto de Fiumicino,
Sábado 12 de julio de 1980

 

1. Gracias, mil gracias, Sr. Presidente del Consejo de Ministros, por las corteses expresiones que ha tenido a bien dirigirme, en nombre también del Sr. Presidente de la República italiana y del Gobierno al volver yo a pisar suelo italiano, después de un viaje colmado de encuentros, coloquios, e imborrables emociones. Con un sentido de profundo reconocimiento hacia el Señor, mi pensamiento vuelve hacia las intensas jornadas transcurridas entre las poblaciones de esa tierra inmensa y estupendamente variada, que es Brasil. Tengo todavía ante mis ojos los panoramas sin límites, que se ofrecían a la mirada atónita durante los viajes de una localidad a otra; pero mucho más grabado tengo en el corazón el espectáculo conmovedor de las imponentes multitudes, de las personas, de la realidad humana, que han salido al encuentro del humilde Sucesor de Pedro, para manifestarle su saludo y el testimonio de su fe.

He ido a ellos como misionero del amor de Cristo por el hombre. Con mi visita he querido manifestar mi voluntad de comunión con mis hermanos en el Episcopado y con los fieles de aquella noble Iglesia, con sus esfuerzos, sus penas, sus esperanzas. Al mismo tiempo he querido expresar a las almas religiosas de otras confesiones y a todos los hombres de buena voluntad el gran deseo de la Iglesia católica de ofrecer su colaboración, dentro del respeto y la recíproca estima, en toda iniciativa tendente a la promoción de los valores humanos fundamentales.

2. Quiero ahora expresar nuevamente mi reconocimiento al Señor Presidente de la República brasileña y a las demás autoridades políticas, civiles y militares, que tantas atenciones me han reservado en las diversas etapas de mi peregrinación.

De delicadas atenciones me han colmado también los excelentísimos obispos, por cuyas Iglesias he pasado y también a ellos deseo aquí renovar la expresión de mi gratitud. Y no puedo tampoco dejar de decir una palabra sobre las pruebas de afectuosa adhesión recibidas de los sacerdotes, religiosos y religiosas, de los exponentes de las organizaciones católicas y, en general, de los fieles, con los que me ha sido posible tomar contacto. Son recuerdos hermosísimos, sobre los cuales volveré, con ánimo agradecido, en el recogimiento de la oración. Los más de 30.000 kilómetros recorridos en estos pocos días, me han permitido, aun con la restricción del tiempo, hacerme una idea bastante concreta de la realidad humana y cristiana de aquel vastísimo país, de las graves dificultades que debe afrontar, pero también de los extraordinarios recursos de que dispone para construir su futuro. Hay allí abajo una Iglesia viva, rica de fermentos evangélicos auténticos, que estimulan su camino hacia un compromiso cada vez mayor en relación con Dios y en relación con el hombre.

3. Y ahora que estoy de vuelta en mi sede de Roma, tras un largo vuelo, que la pericia de los pilotos y la diligencia del personal han hecho especialmente agradable —vaya para cada uno de ellos una palabra especial de aprecio y reconocimiento—; tengo el placer de ser acogido con vuestra exquisita cortesía. Al renovar al Sr. Presidente del Consejo de Ministros la expresión de mi gratitud, extiendo esos sentimientos a las personalidades presentes, tanto civiles como eclesiásticas y a cuantos han querido darme su bienvenida. Me complace ver en este delicado y espontáneo gesto el testimonio de una íntima participación en las finalidades de ese mi viaje apostólico. También yo he tenido un pensamiento para vosotros, ilustres señores, en los momentos más significativos de mi peregrinación: os he recordado especialmente a los pies de la Virgen "Aparecida", entre la multitud del pueblo en oración; y os he recordado también allí donde la Iglesia brasileña adoraba, en un cántico coral de alabanzas, a Cristo viviente en el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

Confío en que esta nueva fatiga pastoral haya acarreado frutos consoladores para el bien de las almas, para la mutua comprensión entre las personas y las clases sociales, para la cooperación internacional. Así lo quiera Dios, sin cuya ayuda de nada sirven los esfuerzos humanos. A El le pido copiosos dones de cristiana prosperidad también para todos vosotros, para vuestras familias y para los habitantes de esta querida nación italiana, de esta Ciudad Eterna y del mundo entero.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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