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VISITA PASTORAL A PARÍS Y LISIEUX

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS
SEMINARISTAS

Seminario Issy-les-Moulienaux
Domingo 1 de junio de 1980

 

Queridos amigos seminaristas:

1. No podía terminar esta primera parte de la tarde sin pasar un momento con vosotros, sin conocer vuestras caras, y sin exhortaros en el nombre del Señor. ¡Qué alegría encontrarme con vosotros, los jóvenes que os formáis en la región parisiense! Me han dicho que se han reunido aquí alumnos del seminario San Sulpicio, del seminario universitario de Carmes y miembros de diferentes grupos de orientación. Está bien. Me siento dichoso de que se pueda contar con vuestra disponibilidad para servir y con vuestra generosidad. Al dedicaros estas breves palabras, permitid que me dirija a la vez a todos vuestros compañeros franceses que, esparcidos por todo el país y también en mi diócesis de Roma, siguen el mismo camino.

Ya sabéis que acabo de tener una larga sesión de trabajo con vuestros obispos. Ha sido un encuentro particularmente importante, en el curso del cual nosotros, que llevamos solidariamente la carga de todas las Iglesias, hemos podido situarnos frente a nuestras responsabilidades para asumirlas según el beneplácito de Dios. Y ahora, parece lo más natural el proseguir de algún modo tal conversación con aquellos que se preparan para ser los colaboradores del orden episcopal, y a estar por tanto asociados, en la persona de Cristo, a la predicación del Evangelio y al pastoreo del Pueblo de Dios. Sois todavía jóvenes, es cierto, pero ya ofrecéis bastantes cosas. Sois conscientes de que vuestra entrega ha de ser total y de que cuanto más avancéis, más descubriréis la necesidad de hacerla —me atrevería a decir— más total aún. Por tanto, al hablar con vosotros me situaré a este nivel, teniendo en cuenta evidentemente el hecho de que un camino como el vuestro requiere tiempo, una larga maduración espiritual, intelectual y pastoral, y que el simple deseo de ser sacerdote no basta por sí mismo para responder a las exigencias del sacerdocio.

2. Una de estas exigencias, la más fundamental, es que estéis profundamente enraizados en Jesucristo. Yo os invito a ello con todo mi corazón. Si fuerais capaces de aprender, a través de la oración y la contemplación, a vivir, orar, amar y sufrir como Cristo, me parece que las líneas principales de vuestra misión se harían más precisas cada vez, y que experimentaríais también una necesidad vital de volver a encontraros con los hombres y de aportarles aquello de lo que verdaderamente tienen necesidad. En un caminar de este estilo se encuentra ya el alma del apostolado, de modo que el "actuar" está unido indisolublemente al "ser", y viceversa, sin que sea útil realizar vanos debates, ni bueno privilegiar uno en detrimento del otro. La Iglesia pretende formaros en una unidad interior completa, en la que la misión requiere la intimidad con Dios, y ésta reclama aquélla.

¿Acaso no queréis vosotros mismos ser "buenos pastores"? El buen Pastor da su vida, y da su vida por sus ovejas. ¡Bien! Pues es necesario descubrir el sentido del propio sacrificio, ligado al sacrificio de Cristo, y ofreceros en favor de los demás que esperan de vosotros este testimonio. Esto podría decirse a todos los fieles, pero con mucha más razón y a título especial a los sacerdotes y a los futuros sacerdotes. ¡Que vuestra participación diaria en la Eucaristía y los esfuerzos que realizáis para hacer crecer en vosotros la devoción eucarística, os ayuden en este camino!

3. Os hablaba hace un instante de unidad en el interior de vosotros mismos. A mi modo de ver, ésta permite adquirir lo que podríamos llamar la sabiduría pastoral. Uno de los frutos del Decreto conciliar del Vaticano II acerca de la formación para el sacerdocio fue, con toda seguridad, el de crear las condiciones de una mejor preparación pastoral de los candidatos. Gracias al equilibrio interior logrado en vosotros, debéis llegar a poseer la capacidad de afinar vuestro juicio acerca de los hombres, las cosas y las situaciones, mirarlas a la luz de Dios y no con los ojos del mundo. Esto os conducirá a una percepción profunda de los problemas, de las múltiples urgencias de la misión, y a la vez os encaminará hacia el objetivo adecuado. De este modo experimentaréis menos la tentación de "celebrar" tan sólo lo que viven nuestros contemporáneos o, por el contrario, de tener acerca de éstos unas ideas pastorales quizás generosas, pero personales y sin la garantía de la Iglesia: no se hacen experimentos con los hombres. Por esta misma razón, tomaos en serio vuestro trabajo intelectual, indispensable ahora y después de la ordenación, para que transmitáis a los demás todo el contenido de la fe en una síntesis exacta, armoniosa y fácil de asimilar.

¿Hay que puntualizar, por otro lado, que el sacerdote es uno de entre los demás? No puede ser por sí solo todo en todos. Su ministerio se ejerce en el seno de un presbiterio, en torno a un obispo. Este es ya un poco vuestro caso, en la medida en que se van reforzando vuestros lazos con vuestra diócesis, en la que estáis insertos en equipos pastorales, para desarrollar en vosotros la capacidad de trabajar en Iglesia. Y en el caso de que vuestra orientación personal —o el acento puesto a veces sobre tal o tal otro aspecto de vuestra preparación— os haga más aptos para un tipo de ministerio determinado, junto a un particular tipo de gente, no por eso dejáis de estar enviados fundamentalmente a todos, poseyendo la preocupación pastoral por todos y la voluntad de colaborar con todos, sin ninguna exclusividad de tendencia o de ambiente. Debéis ser capaces también de aceptar cualquier ministerio que os sea confiado, sin subordinar vuestra aceptación a la conformidad con las conveniencias o los proyectos personales. En éste asunto las necesidades de la Iglesia son prioritarias, y a ellas hemos de adaptarnos. Esto les parece absolutamente esencial a vuestros obispos y a mí mismo, considerando el encargo con que la Providencia nos ha investido y al cual vosotros seréis asociados un día.

4. Mis queridos hijos: Ya veis la amplitud de la tarea, las numerosas necesidades. No sois muchos, y sin embargo los esfuerzos realizados hace años comienzan a dar resultados visibles. No os diré que la generosidad de los laicos permitirá paliar la falta de sacerdotes. Se trata de un orden completamente distinto. En los laicos tendréis que desarrollar siempre el sentido de la responsabilidad y tendréis que educarles para que ocupen el lugar que les corresponde en la comunidad. Pero lo que Dios ha puesto en vuestros corazones con su llamada corresponde a una vocación específica. Tratad de dar testimonio de vuestra fe y vuestra alegría lo mejor posible. Vosotros sois los testigos de las vocaciones sacerdotales entre los adolescentes y los jóvenes de vuestra edad. ¡Ah! ¡Si vosotros supierais dar razón de la esperanza que reside en vosotros, y mostrar que la misión no puede esperar, ni en Francia, ni menos aún en otros países más desfavorecidos! Os animo con todas mis fuerzas para que seáis los primeros apóstoles de las vocaciones.

5. Os animo también a dar gracias a vuestros profesores y educadores a todos los niveles: directores del seminario, delegados diocesanos, sacerdotes de las parroquias, capellanes y movimientos que os animan en vuestra formación, y a aquellos que os han ayudado a discernir la llamada del Señor. Les debéis mucho. La Iglesia les debe mucho. En este lugar quisiera rendir homenaje de un modo especial a los sacerdotes de la Compañía de San Sulpicio, que han sabido merecer la estima de todos en su servicio al sacerdocio.

Vuestros educadores tienen una difícil tarea. Es necesario que se sepa en Francia que yo les concedo mi confianza y les doy mi apoyo fraterno. Ellos desean formar sacerdotes de calidad. Que prosigan y desarrollen aún más sus esfuerzos, apoyándose en los textos del Concilio, y en las excelentes "Rationes" que han sido preparadas a petición de la Santa Sede, así como en los documentos recientemente publicados por la Congregación para la Educación Católica que, no me cabe la menor duda, os habrán distribuido y comentado ampliamente.

Muchísimas gracias a todos vosotros, queridos hermanos y queridos hijos. Os cito para dentro de poco en el parque de los Príncipes con los jóvenes de la región, parisiense y os bendigo con profundo afecto.

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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