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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A SU SANTIDAD ELÍAS II, CATHOLICÓS-PATRIARCA
DE LA ANTIGUA IGLESIA APOSTÓLICA DE GEORGIA


Domingo 6 de junio de 1980

 

Santidad y Beatitud,
queridos hermanos en el Señor:

Hoy es sin duda alguna un día gozoso en la larga historia de nuestras Iglesias, pues es la primera vez que un Patriarca Catholicós de la antigua Iglesia apostólica de Georgia visita esta Sede Apostólica de Roma para darse mutuamente el beso de paz con su Obispo. En los últimos años ha habido un crecimiento constante en las buenas relaciones entre nuestras Iglesias al participar la una en las penas y gozos de la otra, de acuerdo con las palabras del Apóstol: "Alegraos con los que se alegran, llorad con los que lloran. Vivid unánimes entre vosotros" (Rom 12, 15-16). El obispo Nikolosi de Sukhumi y Abkhasia, a quien me complazco en encontrar de nuevo, representó a Vuestra Santidad en el funeral de mi predecesor Juan Pablo I y también en la Misa de inauguración de mi pontificado; fue un verdadero gozo para mí constatar la solidaridad de vuestra Iglesia en la petición de bendiciones divinas al comienzo de mi ministerio. Hace tres años hubo un representante de Pablo VI en el funeral de vuestro predecesor, el Catholicós Patriarca David V; y el año pasado, el cardenal Willebrands, Presidente del Secretariado para la Unión de los Cristianos, presidió una delegación que os transmitió mi saludo fraterno. Nos hemos saludado mutuamente ya, pero desde lejos. Ahora Dios nos concede encontrarnos y hablarnos "cara a cara para que sea cumplido nuestro gozo" (2 Jn 12).

Nos encontramos como hermanos. La Iglesia de Georgia guarda el tesoro de la predicación de San Andrés; la Iglesia de Roma se asienta en la predicación de San Pedro. Andrés y Pedro fueron hermanos de sangre, pero llegaron a ser hermanos de espíritu por su respuesta al llamamiento de Jesucristo, verdadero Hijo de Dios y "primogénito entre muchos hermanos" (Rom 8, 29), que tomando en sí la naturaleza de todos los hombres, "no se avergüenza de llamarlos hermanos" (Heb 2, 11).

En cuanto herederos de Andrés y Pedro nos reunimos hoy como hermanos en Cristo.

Con este amor y atención fraternos se ha interesado mucho la Iglesia de Roma por las alegrías y las tristezas de la Iglesia de Georgia. En tiempo de paz y también en tiempos de persecución, vuestra Iglesia ha dado testimonio fidedigno y ejemplar de la fe cristiana y de los sacramentos cristianos, testimonio prestado por muchos hombres santos y mártires desde los días de Santa Nina en adelante.

El interés de Vuestra Santidad por la renovación de la Iglesia, renovación enraizada con firmeza en la tradición apostólica y en las tradiciones particulares de la Iglesia de Georgia, es motivo de alegría especial. Sois bien conscientes de que la renovación de la vida cristiana interesa asimismo a la Iglesia de Roma. Este afán de renovación es lo que nos ha dado aguda conciencia de la necesidad y obligación de restablecer la comunión plena entre nuestras Iglesias. El largo curso de nuestra historia ha conducido a divisiones tristes y hasta amargas a veces, divisiones que nos llevaron a perder de vista nuestra hermandad en Cristo; y el interés por la renovación es uno de los factores que nos ha hecho ver con mayor claridad la necesidad que hay de unión entre todos los que creemos en Cristo. El Concilio Vaticano II dijo: "Toda renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de fidelidad a su vocación; sin duda por esto se explica por qué el movimiento tiende a la unión" (Unitatis redintegratio, 6). Y continuó recordando a todos los fieles que "cuanto más estrecha sea su comunión con el Padre, el Verbo y el Espíritu, más íntima y fácilmente aumentará la unión mutua" (ib., 7).

Esta tarea de restaurar la comunión plena entre los cristianos separados es hoy en día una prioridad para todo el que cree en Cristo. Es deber nuestro hacia Cristo, cuya túnica inconsútil se ha desgarrado por la desunión. Es deber nuestro hacia nuestros compañeros los hombres, pues sólo con una misma voz podemos proclamar eficazmente una sola fe en la Buena Noticia de la salvación, y de este modo obedecer al mandamiento de Nuestro Señor de proclamar el Evangelio a toda la humanidad. Y es deber de unos con otros entre nosotros, porque somos hermanos y debemos expresar nuestra hermandad. Por esta razón, la Iglesia católica ha estado pidiendo con fuerza en estas últimas semanas la bendición para la primera reunión de la Comisión conjunta de diálogo teológico entre la Iglesia católica y todas las Iglesias ortodoxas. Qué acertado ha sido que la Comisión se reuniera por primera vez en la isla de Patmos, donde Juan tuvo el privilegio de recibir la revelación que lo capacitó para exhortarnos a "oír lo que el Espíritu dice a las Iglesias" (Ap 2, 7). Me alegra saber que dos miembros de vuestra delegación, el obispo Nikolosi y el obispo David, han tomado parte en dicha reunión representando a la Iglesia de Georgia, y ansío ver llegado el momento de hablar con Vos de esto.

Nos unimos en la oración para pedir que dicho diálogo nos lleve con certeza a la plena unidad de fe que ambos deseamos tan ardientemente. Pero nuestro progreso hacia la unidad de fe debe estar hermanado con el crecimiento constante de la comprensión y conocimiento mutuos, y con un amor cada vez más profundo. El año pasado, al volver de mi visita al Patriarca Ecuménico, dije: "La unión sólo puede ser fruto del conocimiento de la verdad en el amor. Y  ambos deben actuar juntos; la una separadamente del otro no basta ya, porque la verdad sin el amor no es todavía la verdad plena, como no existe el amor sin la verdad" (Audiencia general, 5 de diciembre de 1979; L'Osservatore Romano. Edición en Lengua Española, 9 de diciembre de 1979, pág. 3, núm. 5).

Santidad: Es muy oportuno que vuestra visita a Roma tenga lugar inmediatamente después de comenzar nuestro diálogo teológico, pues nos capacita para constatar la necesidad de que esté fundamentado en el diálogo de amor fraterno que debe caracterizar las relaciones entre las Iglesias de que somos Pastores. Al renovarle mi acogida cordial, recuerdo las palabras de San Pedro, hermano de San Andrés: "Tengan todos un mismo sentir; sean compasivos, fraternales, misericordiosos y humildes" (1 Pe 3, 8). Que las tres divinas Personas, cuya unidad es el ejemplo más alto y el origen del misterio de la unidad de la Iglesia (cf. Unitatis redintegratio, 2), nos conceda esta gracia y bendiga nuestro encuentro de hoy, de modo que contribuya a alcanzar la meta por la que oró Cristo y deseó tan ardientemente.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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