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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR  STEPHANOS STATHATOS,
PRIMER EMBAJADOR DE GRECIA ANTE LA SANTA SEDE*


Jueves 12 de junio de 1980

 

Señor Embajador:

1. Me alegra mucho recibir a Vuestra Excelencia, que presenta sus Cartas Credenciales como primer Embajador de la República Helénica ante la Santa Sede. Y no puedo dejar de subrayar esta mañana el carácter excepcional de tal acontecimiento. Os establecéis, en efecto, cerca de la Santa Sede como primer Representante oficial del pueblo y del Gobierno de Grecia, de la nación que es como la depositaría primera y natural de la civilización que, siendo una de las más elevadas de cuantas han surgido a lo largo de la historia, ha influido tan profundamente en el pensamiento, el arte y el desarrollo de la humanidad.

La civilización griega, en efecto, ha expresado una concepción sublime del hombre, de su capacidad de penetrar en los misterios de la naturaleza y, por encima de todo, de "conocerse a sí mismo"; según tal concepción, el hombre respeta y observa no sólo las leyes escritas, sino sobre todo las "leyes no escritas", y se plantea como regla moral "el ir hacia la sabiduría" y "obrar con la más alta virtud o perfección". Por eso, es capaz de alcanzar, "gracias a lo que hay de divino en nosotros", como dijo Platón, el conocimiento del Ser Supremo y el sentido religioso de la vida. San Pablo, al llegar a vuestro país, podía comenzar su discurso en el Areópago de Atenas diciendo: "Atenienses, veo que sois sobremanera religiosos" (Act 17, 22).

El arraigo del cristianismo en la civilización griega y helénica, tenía forzosamente que ser feliz y fructuoso. La lengua griega ha llegado incluso a "encarnar" la Palabra de Dios del Nuevo Testamento y ha sido empleada por innumerables Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos para poner de relieve y profundizar la riqueza del mensaje cristiano, en el plano de la teología y de la espiritualidad.

Este recuerdo del patrimonio religioso y humanista de la antigua Grecia, no nos hace olvidar la parte activa que la Grecia moderna ha tenido, desde que adquirió la independencia, y sigue teniendo en el concierto de las naciones.

Actualmente Grecia se distingue, al mismo tiempo que por sus esfuerzos en orden a la modernización y desarrollo del país, por su apertura hacia los países de diversas tendencias y por su adhesión al proceso de la unidad europea. Esas perspectivas hacen presagiar la influencia benéfica que podrán obtener de ello la comunidad internacional y los pueblos que están más directamente interesados en ella. Dentro de ese contexto, quisiera renovar el auspicio que la Santa Sede ha formulado en otras ocasiones, en orden a una solución justa del doloroso problema de la República de Chipre, al que, con toda razón, Grecia concede gran importancia.

2. La Iglesia de Roma ha mirado y mira con atención y respeto, como podéis fácilmente imaginar, el patrimonio que el helenismo representa en sus diferentes épocas: antigua, bizantina y moderna. Sabe que le es deudora de riquezas que ha recibido de él y expresa la viva esperanza de que las relaciones diplomáticas, recientemente establecidas, marcarán un proceso decisivo en la colaboración y entendimiento mutuo entre la Santa Sede y Grecia, al servicio de la difusión de los más altos valores del humanismo y para el progreso de la paz entre los pueblos.

3. Esta acción común deberá ir acompañada de una comprensión más amplia y profunda, y de la amistad entre la Sede de Roma y de la Iglesia greco-ortodoxa. Vuestra Excelencia sabe que el diálogo entre el catolicismo y la ortodoxia, esforzándose en olvidar las dolorosas incomprensiones del pasado, se estrecha de modo cada vez más firme, y la reciente reunión de Patmos y Rodas no es más que una nueva manifestación tangible. Yo estoy convencido también de que el intercambio de relaciones oficiales entre la Santa Sede y Grecia podrá contribuir a hacer más abiertos y cordiales esos contactos ecuménicos entre católicos y greco-ortodoxos.

4. En Grecia, como bien sabéis, los católicos están lealmente apegados a su patria y desean, sin buscar privilegio alguno, ejercer libremente sus actividades, tanto en el plan religioso como en el plan social y personal, para el mayor bien de la nación. No puedo dejar de alegrarme por la buena reputación de que gozan, ni de desear que su acción sea cada vez más profunda y fructuosa para todos sus compatriotas, sin distinción alguna.

5. Señor Embajador, deseo agradeceros las palabras de estima y amistad y los votos que me habéis formulado en nombre del Presidente de la República y de la nación griega. Y os agradeceré también que os dignéis transmitir mi saludo deferente a Su Excelencia el Señor Constantino Karamanlis, que goza de una gran consideración en el ámbito internacional, y al que los representantes del pueblo griego acaban de confiar las más altas funciones nacionales.

Deseo a Vuestra Excelencia que pueda cumplir felizmente la misión que su Gobierno le ha confiado; y puedo asegurarle desde ahora que los diversos dicasterios de la Santa Sede le ofrecerán, con este fin, su comprensión y colaboración.

Para el noble pueblo de Grecia y sus dirigentes deseo, rogando al Señor por esa intención, toda prosperidad y progreso, así como una irradiación cada vez más extendida por el mundo y el don divino de la paz.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.27 p.19.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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