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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE BECARIOS DEL INSTITUTO
PARA LA RECONSTRUCCIÓN INDUSTRIAL DE ITALIA

Jueves 12 de junio de 1980

 

Señor presidente,
ilustres señores,
queridos hermanos y hermanas:

Me complazco en recibiros y dirigiros mi cordial saludo. Sé que la mayor parte de los aquí presentes, constituye el grupo de becarios, que han frecuentado el curso de perfeccionamiento para cuadros técnicos y directivos de países en vías de industrialización, promovido y organizado por el Instituto para la Reconstrucción Industrial de Italia. A todos os doy mi calurosa bienvenida, así como a vuestros profesores y familiares, a la vez que agradezco sinceramente al presidente del IRI sus corteses palabras.

Ante todo, no puedo dejar de expresar mi más viva complacencia por la iniciativa del grupo IRI, en sí misma, y por los buenos frutos que anualmente produce, desde hace ya casi dos decenios. Me parece, en efecto, que hay en ello una concreta y loable expresión de empeño a nivel de cooperación internacional, que subraya y exalta la belleza, la unidad e incluso la necesidad de un mutuo intercambio entre los pueblos. Se trata de un modo muy provechoso de recíproca comunión entre las tradiciones culturales diversas, que hoy no pueden ya vivir aisladas y que también la técnica industrial, junto a las diversas formas de servicio social, contribuye a acercar; no por mezquinos intereses económicos o políticos, sino con el fin primordial de elevar el tenor de vida y favorecer el progreso de las varias comunidades nacionales y promover verdaderamente al hombre, prescindiendo de sus características de raza, sexo, cultura y religión. Por tanto, forzosamente debo estimular los esfuerzos realizados en tal sentido, tanto más válidos cuanto más acompañados van de competencia y dedicación. Por lo demás, debemos estar ciertos de que todo servició hecho al hombre está también dirigido a la mayor gloria de Dios, de quien es imagen.

Y para vosotros, queridos becarios, que representáis casi todos los continentes, quiero formular un sincero y sentido deseo. Al volver a vuestra patria, para trabajar en diversos puestos de responsabilidad, comprometeos seriamente a ser siempre dignos, no sólo de cuanto habéis aprendido en esta tierra italiana, sino también, y sobre todo, de vuestra innata nobleza de hombres, para ser también cada vez más dignos de vuestro país de origen y de lo que cada país espera de vosotros. Como he dicho muchas veces durante la inolvidable visita realizada en el continente africano el mes pasado, y como más recientemente he repetido en París ante la Asamblea de la UNESCO, miro con gozo, admiración y esperanza a todas aquellas naciones que han tomado con sus propias manos la construcción de su identidad y de su destino, sabiendo defender la soberanía fundamental de su propia cultura "contra las influencias y las presiones de los modelos propuestos desde el exterior" (Discurso a la UNESCO, núm. 14). Por eso os digo también a vosotros: "No permitáis que esa soberanía fundamental se convierta en presa de cualquier interés político o económico. No permitáis que sea víctima de los totalitarismos, imperialismos o hegemonías, para los que el hombre no cuenta sino como objeto de dominación y no como sujeto de su propia existencia humana" (ib., 15). Quienes, entre vosotros, son cristianos, saben que estas palabras y, más todavía, ese empeño, derivan naturalmente del vínculo tan íntimo que existe entre el Evangelio de Jesucristo y el hombre en su real dignidad de base, de modo que nada de lo que es auténticamente humano puede ser extraño al cristianismo, y viceversa.

Sólo me queda, por tanto, desearos desde lo más profundo del corazón, todo bien posible a vosotros personalmente, a vuestros seres queridos y más en general a los países a que pertenecéis, los cuales son para mí igualmente queridos. Y deseo confirmar estos votos invocando los más abundantes favores divinos, de los que es prenda la bendición apostólica que de buen grado imparto al señor presidente del IRI, a los profesores del curso que está terminando y a todos los becarios de dicho curso, con sus familiares, en señal de mi estima y benevolencia.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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