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DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LA UNIÓN ITALIANA DE
PELUQUEROS DE SEÑORA
Lunes 16 de junio de 1980
Con mucho gusto os recibo esta mañana, carísimos socios de la Unión Italiana de
Peluqueros de Señoras, que aprovechando la tradicional jornada de descanso de
vuestra categoría, habéis organizado una especial peregrinación a Roma y tan
vivamente habéis deseado el presente encuentro. He dicho "peregrinación", como
ha escrito vuestro presidente nacional, para subrayar la intención propiamente
religiosa que ha movido vuestros pasos; no es una excursión turística ni una
visita de cortesía, sino una iniciativa de piedad para venerar los sacros
lugares de la Urbe y para recibir, sobre vuestras personas y vuestro trabajo, la
bendición del que os habla y tiene la formidable responsabilidad de ser el
Sucesor de Pedro.
Por otra parte, en la denominación de vuestro sodalicio, he leído un añadido que
es también muy significativo: "por el culto del Santo Patrono". Sé que, en
efecto, organizáis cada año una digna celebración en honor a San Martín de
Porres, en la iglesia de los padres dominicos de Milán.
Quiero, por tanto, no sólo agradeceros vuestra presencia, sino expresaros mi
satisfacción por el arraigo que de ese modo demostráis tener en la fe cristiana,
es decir, por la fidelidad a la fe, en una época en que los peligros y
las tentaciones de incredulidad se han hecho, desgraciadamente, muy graves. Por
parte de la Santa Iglesia, merece efectivamente elogio y estímulo esta
importancia que el elemento religioso asume dentro de vuestra Asociación. Además
de preocuparos por tutelar los legítimos intereses de vuestra profesión,
tenéis a gala la formación cristiana de todos sus componentes, a fin de que en
la vida se advierta positivo y ejemplar, el influjo de la fe. La misma elección
de una figura humilde y grande, como es la de San Martín, que brotó en el
nuevo mundo como una flor perfumada de virtud, os recuerda y al mismo tiempo os
recomienda que debéis tener siempre una conducta de coherente y transparente
fidelidad a los valores cristianos. Os recuerda, sobre todo, que vuestra
profesión es esencialmente un servicio. Así como vuestro celestial
patrono, en la variedad de sus ocupaciones (fue "cirujano", lo que según la
costumbre del tiempo, quiere decir a la vez barbero, enfermero, médico y
farmacéutico) tuvo como objetivo un gran amor a su "prójimo", según la
insuperable lección de la parábola del buen samaritano (Lc 10, 25-37),
así también vosotros, en las diarias relaciones que tenéis con los hermanos,
procurad servirles con sencillez, con amabilidad de trato y, sobre todo con esa
fundamental actitud que respeta las supremas razones del bien y de la
honestidad.
Cada uno de vosotros, dentro de la variedad de circunstancias, modos y formas en
que concretamente desenvuelve su típico trabajo profesional, debe tener la
constante preocupación de seguir esa línea de moral rectitud y ofrecer así una
personal contribución a la elevación de las costumbres. También de vosotros
—de cada uno individualmente y de todos como miembros de esa Unión— espera mucho
la Iglesia; espera una demostración convincente de cristianismo vivido. Mejor
diría: espera un claro testimonio de amor a Cristo y, por eso mismo, de amor a
los hermanos.
Para que todo esto se cumpla felizmente, invoco sobre cada uno de vosotros y
sobre vuestra Asociación, sobre vuestros colaboradores y familiares las mayores
gracias del Señor, en cuyo nombre, de muy buen grado, os bendigo.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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