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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA ACCIÓN CATÓLICA ITALIANA


Parque de la Villa Doria Pamphili, Roma
Sábado 21 de junio de 1980

 

Carísimos hermanos y hermanas:

1. Me da una gran alegría el hallarme hoy con vosotros entre el verde reparador de este parque romano, que es un espléndido marco para el festivo entusiasmo de este encuentro vuestro, detalladamente preparado en las respectivas sedes diocesanas y parroquiales y ahora magníficamente logrado, gracias a vuestro interés y el de los órganos centrales de la Asociación.

Vaya mi paterno y cordial saludo, en primer lugar, al presidente nacional, profesor Mario Agnes, al asistente general, mons. Giuseppe Constanzo, y a sus colaboradores; después, a los dirigentes y responsables que, a nivel diocesano y parroquial, derrochan generosamente sus energías en la animación de los diversos Movimientos en que se articula la Asociación; con ellos saludo también a los asistentes eclesiásticos y a todos cuantos habéis venido aquí en representación de tantos amigos que en toda Italia comparten vuestros mismos ideales. A todos quiero expresar mi estima y aprecio, por el testimonio valeroso, que cada uno se esfuerza por dar en su propio ambiente, tratando de responder a las consignas del Concilio, que os ha estimulado a "contribuir a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento, desempeñando la propia profesión guiados por el espíritu evangélico" (Lumen gentium, 31).

2. Este encuentro romano constituye una de las etapas de la iniciativa más amplia y que se proseguirá con el tiempo, a la que habéis querido asignar un lema que sintetiza bien su programa: "Entre el Pueblo de Dios, con el Concilio". Objetivo de la iniciativa es, en efecto, el de volver a estudiar las enseñanzas del Vaticano II, para asimilar hondamente sus riquezas y poder difundirlas entre la gente, incluso la más sencilla, que forma el Pueblo de Dios.

Intención elogiable, no sólo porque en ella encuentra eco el programa competentemente indicado por el Episcopado italiano, sino también porque de su actuación puede venir la respuesta a la exigencia, muy sentida hoy, de una mejor comprensión de la fe y, por así decirlo, de una "personalización" de la misma fe, mediante la cual se facilite su coherente y operante expresión, tanto en la vida privada como en la social.

He examinado con interés el "plan de trabajo", en el que se exponen los objetivos que pretendéis alcanzar y las líneas fundamentales de la oportuna metodología, a la que los asociados han sido invitados a atenerse en el transcurso de las encuestas realizadas durante los últimos meses de actividad. Deseo que las acertadas sugerencias hayan dado sus frutos positivos. Uno de ellos debe ciertamente encontrarse en vuestra participación en el encuentro de hoy, con el que queréis expresar la orientación del empeño, que se persigue en las diversas Iglesias locales. Vuestra presencia en Roma en esta circunstancia quiere ser un modo de expresar públicamente y con fuerza las intenciones que guían vuestro camino de fe; quiere ser un gesto de testimonio coral, ofrecido dentro de la dinámica eclesial; quiere ser sobre todo una propuesta, brindada a cuantos están buscando con pasión sincera una razón válida para volcar en ella la propia vida.

3. Una respuesta segura y resuelta al interrogante sobre el hombre: esa es vuestra propuesta, madurada a la luz de las enseñanzas del Concilio. El hombre, especialmente en nuestra época, constituye el centro de muchas declaraciones, programas o manifiestos, así como también de numerosas ciencias y filosofías. Los puntos de vista en torno a él, a su origen, su destino, son, sin embargo, muy diferentes y con frecuencia contradictorios entre sí. El Concilio ha hecho una rápida exposición de ellos en la parte introductoria de la Constitución Pastoral Gaudium et spes.

Estoy seguro de que, hojeando esas páginas, también vosotros habéis tenido la clara impresión de que el hombre contemporáneo está amenazado por graves peligros. Esos peligros están ligados a la indiscutida primacía del orden económico y del proceso productivo. Cuando el hombre, que está "implicado" necesariamente en las estructuras económico-productivas, se deja dominar por la unilateral aceptación de esa primacía, termina fatalmente por caer en las redes de la llamada "sociedad de consumo", encontrándose consiguientemente envuelto en un proceso de creciente instrumentalización. Y no sólo existe el peligro de ser considerado por los demás únicamente como instrumento de producción y de consumo; sino que hay también el peligro, más sutil y mucho más insidioso de que uno mismo comience a considerarse, de modo más o menos consciente, como un "instrumento"; es decir, un elemento pasivo de los diversos procesos, sujeto a las más disparatadas "manipulaciones" (llevadas a cabo, por otra parte, con la ayuda de los mass-media), renunciando así a la responsabilidad y a la "fatiga" de las propias decisiones autónomas y recurriendo, incluso para la solución de los problemas más personales y profundos, a la ayuda expeditiva de cualquier hallazgo "técnico".

La mentalidad de la sociedad de consumo, por otra parte, está estrechamente ligada a una concepción hedonista de la vida, de la cual sólo puede originarse ese tipo de sociedad que hoy suele conocerse con la calificación de "permisiva". La actitud hedonista, en efecto, provoca una interpretación de la libertad que lleva sus aplicaciones hasta el abuso; y, viceversa, el abuso de la libertad se expresa socialmente en la tendencia a asegurar lo más posible las actitudes hedonistas.

4. ¿No se ve en todo esto la moderna edición de aquel "hombre carnal", del que San Pablo dice que "no comprende las cosas del Espíritu de Dios" (cf. 1 Cor 2, 14)? A esta concepción reducida del hombre, vosotros respondéis proponiendo una visión integral de la verdad sobre el hombre, tal como ha sido reafirmada en las enseñanzas conciliares.

Al hombre moderno, que se interroga sobre su propio destino, vosotros le recordáis que "el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado", porque "Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (Gaudium et spes, 22). Y hacéis notar, especialmente, que "por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte que, fuera del Evangelio, nos envuelve en absoluta oscuridad" (ib.).

La pregunta sobre el hombre desemboca así, necesariamente, en la pregunta sobre Cristo, porque sólo en la respuesta a esta segunda pregunta puede encontrar una respuesta satisfactoria la primera. Oportunamente, por tanto, vuestra búsqueda se ha polarizado sobre la Persona del Verbo encarnado, hombre perfecto además de Dios verdadero. Para nosotros los cristianos, en efecto, la única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es la que lleva a Cristo, Redentor del mundo. Lo he afirmado en mi Encíclica (cf. núm. 7) y lo reafirmo aquí, seguro de encontrar vuestra consciente y convencida conformidad.

5. El pleno conocimiento de Cristo, por otra parte, no puede tenerse fuera de la Iglesia, ya que a ella —y no a otros— fue confiada la misión de anunciar el misterio, bajo la guía del Espíritu, a "todas las naciones... hasta el fin del mundo" (cf. Mt 28, 18 ss). Obediente a su Maestro y Señor, la Iglesia vive de Cristo y por Cristo, no deja de escuchar sus palabras, reconstruye con la máxima devoción cada detalle de su existencia; celebra con participación apasionada su muerte y su resurrección. La única ambición de la Iglesia es la de manifestar el misterio de Cristo al género humano, a los pueblos, a las naciones, a las generaciones que se suceden, a cada hombre en particular, como si repitiese siempre, a ejemplo del Apóstol: "Nunca, entre vosotros, me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado" (1 Cor 2, 2; cf. Redemptor hominis, 7).

A la Iglesia, por tanto, debéis dirigir vuestras preguntas, a sus palabras debéis prestar atención, tratando de penetrar, con filial intuición, su pensamiento y poner en práctica, con docilidad inmediata y leal, sus deseos. Ella os lleva de la mano en vuestro camino hacia Cristo; ella está con vosotros en vuestro compromiso para con el hombre. No hay posibilidad de duda: efectivamente, en su Esposo, que es el Verbo de Dios encarnado, la Iglesia abarca, en un único abrazo, tanto a Dios, descendido a la humildad de la carne por amor del hombre, como al hombre, elevado mediante la cruz de Cristo, a la dignidad de la filiación divina.

6. La Iglesia camina, por tanto, a través de los caminos del hombre. Caminad también vosotros con ella. Los cristianos tienen, hoy, la misión de representar a sus contemporáneos la imagen concreta de ese "hombre espiritual" (cf. 1 Cor 2, 15), en el que San Pablo indicaba el punto de llegada de la redención: un hombre que sabe reconocer como "don de Dios" lo que es y lo que posee (cf. 1 Cor 2, 12); que no reduce sus propias perspectivas a los estrechos horizontes de los bienes de la tierra, sino que sabe mirar hacia los bienes que no se perciben con los sentidos y que "Dios ha preparado para quienes le aman" (ib., vers. 9); un hombre, sobre todo, que "tiene el pensamiento de Cristo" (ib., vers. 16), porque, comprometiéndose al cumplimiento de su voluntad, ha merecido recibir de El una personal e íntima manifestación (cf. Jn 14, 21).

Hijos queridísimos, sabemos que también esta fase del desarrollo del mundo, a la que damos el nombre de "mundo contemporáneo", esconde en sí el único e irrepetible kairós de Dios; constituye también ella un paso hacia la realización de aquel acontecimiento, por el que cada día rogamos cuando decimos: "Venga a nosotros tu Reino".

Reavivad, por tanto, la confianza y asumid con renovado ímpetu vuestro compromiso de dar testimonio de Cristo y de amar al hombre, en plena sintonía de intenciones con vuestros obispos y en cordial colaboración con todos los componentes de la comunidad eclesial. El Señor Jesús, "que subió al cielo, donde se asienta a la diestra de Dios" (cf. Mc 16, 19) continúa también hoy actuando en la historia. Sostenidos por esta certeza, salid valientemente al encuentro de vuestros hermanos, para llevarles la "alegre noticia" que ha transformado vuestra existencia; es decir, el anuncio de que "tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en El no perezca, sino que tenga la vida eterna" (Jn 3, 16).

Con este augurio, que es también una ferviente oración, imparto a vosotros y a todos los miembros de la Acción Católica italiana una especial, paterna bendición apostólica.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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