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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR JIMMY CARTER,
PRESIDENTE DE LOS ESTADOS UNIDOS*


Sábado 21 de junio de 1980

 

Señor Presidente:

1. Es un gran placer para mí recibirle hoy. Me siento feliz de poder corresponder a la calurosa acogida que recibí de usted en Washington. Los recuerdos de mi visita a la Casa Blanca y de todos los otros contactos con la gente de Estados Unidos, están fijos en mi corazón; los recuerdo con gozo y frecuentemente les doy expresión en mis oraciones por América.

2. Su visita de hoy al Vaticano como Presidente de Estados Unidos la aprecio grandemente. Me complazco en ver en ella un índice del respeto y estima profundos de su país hacia los valores éticos y religiosos, respeto y estima que son tan característicos de millones y millones de americanos de diferente fe.

En mi visita del pasado octubre fui testigo personal del modo en que estos valores espirituales encuentran expresión en la vida de su pueblo, de cómo forman la urdimbre moral de su nación y constituyen la fuerza del Estado civil, que no olvida haber sido fundado sobre principios morales firmes y desea conservar su herencia de "nación bajo Dios".

3. Todos los campos del esfuerzo humano quedan enriquecidos con los valores morales auténticos. En mi viaje pastoral tuve ocasión de hablar de estos valores y manifestar mi honda estima de cuantos los asumen en la vida nacional. No hay esfera de actividades que no resulte beneficiada cuando se procuran activamente los valores religiosos. El campo político, el social y el económico son refrendados y reforzados al aplicárseles las reglas morales, que deben incorporarse irrevocablemente a la tradición de cada uno de los Estados.

4. Los mismos principios que mueven los destinos internos de un pueblo debieran regir sus relaciones con otras naciones. Deseo expresar mi estima hacia todos cuantos han dado testimonio a nivel nacional e internacional de los valores de compasión y justicia, de interés personal por los demás y del compartir fraterno, tratando de promover creciente libertad, mayor igualdad verdadera, y una paz cada vez más estable en un mundo ansioso de verdad, unión y amor.

5. En el centro de todos los sublimes valores espirituales está el valor de toda persona humana, digna de respeto desde el primer momento de su existencia, dotada de dignidad y derechos, y llamada a compartir la responsabilidad en favor de cada hermano o hermana necesitados.

6. En la causa de la dignidad y los derechos humanos la Iglesia se propone brindar al mundo la aportación del Evangelio de Cristo, proclamar que el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y está destinado a la vida perdurable. Si bien la Iglesia no es una entidad política, como pone de relieve el Concilio Vaticano II, sin embargo está al servicio de la vocación personal y social de unos mismos seres humanos juntamente con la comunidad política, aunque con títulos diferenciados (cf. Gaudium et spes, 76). Y aunque sea diversa del dominio socio-económico, la Iglesia está llamada a ese servicio con la proclamación de que el hombre es "el autor, centro y fin de toda la vida económico-social" (ib., 63).

En este terreno y en otros muchos, la Iglesia se goza en hablar claro en favor de la persona humana y de cuanto es ventajoso para la humanidad. Además promete su apoyo a todo cuanto se hace por el bien de la humanidad según la diferenciación de aportación de cada uno. En este sentido, Iglesia y Estado están llamados a colaborar en la causa del hombre y en la promoción de la sacra dignidad humana. Esta colaboración es eminentemente útil y responde a la verdad sobre el hombre. A través de la formación ética de ciudadanos que trabajan codo a codo con los otros ciudadanos, la Iglesia cumple otro aspecto de su colaboración con la comunidad política.

7. Y en este contexto quiero asegurarle hoy, Sr. Presidente, el hondo interés que pongo en cada esfuerzo encaminado al mejoramiento de la humanidad y a la paz mundial. De modo particular ocupan nuestra atención común Oriente Medio y las regiones circundantes, por la inmensa importancia que tienen en el bien internacional. Ofrezco mis oraciones para que todos los esfuerzos dignos por la reconciliación y cooperación sean coronados de éxito.

La cuestión de Jerusalén que en estos días atrae de modo especial la atención del mundo, es crucial para la paz justa en esas regiones del mundo, desde el momento en que la Ciudad Santa es centro de intereses y aspiraciones de pueblos diferentes y de modo diferente también. Espero que el hecho de tener una misma tradición monoteísta ayude a conseguir la armonía entre todos los que invocan a Dios. Quisiera repetir de nuevo mi ruego apremiante a que se preste la atención debida a las cuestiones referentes al Líbano y a todo el problema palestino.

8. La Santa Sede conoce el matiz mundial de la responsabilidad que recae sobre Estados Unidos; es consciente también de los riesgos que entraña el afrontar esta responsabilidad. Pero no obstante los inconvenientes y problemas, y a pesar de las limitaciones humanas, los Gobiernos de buena voluntad deben seguir trabajando por la paz y la comprensión internacionales con el control y reducción de armamentos, la promoción del diálogo Norte-Sur y estimulando el progreso de las naciones en vías de desarrollo.

Precisamente hace poco en mi visita a África, pude percibir personalmente la importancia de este continente y la contribución que está llamado a prestar al bien del mundo. Pero todo ello requiere a su vez el interés, apoyo y ayuda fraterna de otros pueblos, a fin de que la estabilidad, independencia y recta autonomía africanas sean salvaguardadas y reforzadas.

9. La cuestión de la dignidad humana está particularmente vinculada a los esfuerzos en pro de la justicia. Toda violación de la justicia, sea donde fuere, es una afrenta a la dignidad humana; y todas las aportaciones efectivas a la justicia, son dignas verdaderamente del mayor elogio. La purificación de las estructuras en los campos político, social y económico no puede dejar de dar resultados provechosos.

Conozco el interés de Estados Unidos por la situación en América Central, especialmente en estos momentos. Se necesitan esfuerzos perseverantes que se han de mantener hasta que cada hermano y hermana de esta parte del mundo y de otros lugares, tenga garantizada su dignidad y esté libre de manipulaciones del poder que fuere, patente o disimulado, en cualquier punto de la tierra. Espero que Estados Unidos prestará su apoyo poderoso a los esfuerzos que elevan de verdad el nivel humano de los pueblos necesitados.

10. Como ya he dicho, mis contactos con el pueblo de Estados Unidos los tengo todavía vivos en la memoria. Entusiasmo y generosidad, voluntad de no caer en un materialismo esclavizador al procurar el bien común en la propia tierra y en el campo internacional, y para los cristianos la urgencia de comunicar la justicia y la paz de Cristo: éstas son las fuerzas que la Santa Sede alienta para el bien de la humanidad.

Sr. Presidente: Mis palabras de hoy quieren ser expresión de afecto por lo que se ha hecho, eco de las necesidades que todavía persisten en el mundo, y desafío de esperanza y confianza al pueblo americano a quien he conocido y amado tanto. Que Dios os sostenga y bendiga a la nación que representáis.

*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n. 27 p.15.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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