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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS URSULINAS DE LA UNIÓN ROMANA


Lunes 23 de junio de 1980

 

Queridas religiosas:

Al día siguiente de esa jornada tan importante y tan alentadora para el Canadá y para las religiosas ursulinas, me siento especialmente feliz al recibiros, procedentes de los diversos países donde está instalado vuestro Instituto. Habiendo proclamado Beata a una de vuestras hermanas más ilustres, me uno a vuestra alegría y deseo que vuestra congregación, que la vida religiosa de cada una de vosotras, reciban con ello un nuevo impulso.

1. María de la Encarnación es, en efecto, un ejemplo eminente de vida religiosa, tal como la Iglesia la vive desde hace muchos siglos y tal como el reciente Concilio nos la ha recordado. Fundada sobre las palabras y los ejemplos del Señor, la vida religiosa lleva a entregarse enteramente a Dios, amado por encima de todo, para dedicarse al servicio del Señor, de modo nuevo y peculiar; los consejos evangélicos unen, de manera especial, a quienes los practican, con la Iglesia y con su misterio (cf. Lumen gentium, 43 y 44).

María de la Encarnación vivió ese ideal religioso de forma tal, que la Iglesia, al declararla Beata, afirma que constituye un ejemplo auténtico y que, siguiendo ese ejemplo, las religiosas de hoy no sólo no se equivocan, sino que marcharán por el camino de la perfección y del mayor servicio a la Iglesia. Huelga decir que este ejemplo, hermanas mías, vale especialmente para quienes aquí estáis, para vosotras que pertenecéis a la gran familia fundada por Santa Ángela de Mérici, de la que la nueva Beata es una de sus mayores glorias; y sobre todo, para vosotras, hermanas ursulinas de Canadá, ya que fue vuestra fundadora. Sor María de la Encarnación es denominada "la madre de la Iglesia en Canadá". No sólo porque es históricamente la primera, sino, sobre todo, por la orientación espiritual de su vida y de su obra. Por eso, es necesario seguirla, hoy más que nunca, dadas las dificultades de nuestro tiempo. Voy a limitarme esta mañana, queridas hermanas, a señalaros algunos puntos.

2. El primero, en el que tengo especial interés, es la unidad de vuestra vida. ¡Hay tal tendencia a oponer unas cosas a otras! Se oponen humanismo y religión, sentido de Dios y sentido del hombre, vida contemplativa y vida activa, etc. No es que estas distinciones no tengan algo de verdad; sin embargo, convendría encontrar las condiciones superiores que lograran la unidad. De esa unidad, es ejemplo de primer orden Sor María de la Encarnación. Se podría hablar largamente de la variedad de su experiencia humana, así como de su ahondamiento continuo en la vida mística. En ese sentido, sus biógrafos han destacado, con toda razón, la importancia de la etapa espiritual de 1653, señalada por la ofrenda total de sí misma para el futuro cristiano de Canadá. Cuando ella se esfuerza, para siempre, en "obedecer ciegamente" a la voluntad de Dios, la unidad de su vida aparece clara; en realidad, la intimidad mística con Dios forma un todo con la vida apostólica y el espíritu de servicio que no había dejado jamás de orientar su existencia, en su hogar o en el de su cuñado, hasta su decisión de entrar en las ursulinas, de las que solamente había oído hablar, "porque habían sido fundadas para ayudar a las almas, que era algo —escribe ella misma— a lo que yo sentía insistentes inclinaciones" (Autobiografía, cap. XXIX). Todas vosotras sabéis cuán eficaz fue su obra, aunque viviera prácticamente encerrada en su monasterio; todas sus cualidades de espíritu y de corazón estaban orientadas por su voluntad de hacer en todo únicamente la voluntad divina.

3. El segundo punto sobre el que quiero llamar vuestra atención debe constituir para vosotras, hermanas mías, un poderoso estímulo para vuestro apostolado. Se trata del predominio, en vuestra fundadora, de la vida interior, basada ante todo en la búsqueda de la voluntad de Dios y en la obediencia. Su fidelidad al Espíritu de Cristo es primordial. "Es ese espíritu el que hace correr por tierra y por mar a los operarios del Evangelio y les convierte en mártires vivientes antes de que el hierro o el fuego les consuman", escribía; y sus palabras adquirían un sentido bien concreto, al relacionarlas con los primeros mártires canadienses.

Conviene meditar y profundizar en este fundamento de la vida espiritual de nuestra Beata. Así se podrá evitar un grave obstáculo para la orientación y la eficacia de la vida religiosa y del apostolado en el mundo moderno. Bien sabemos, ciertamente, que la llamada de la gracia se inserta en nuestra naturaleza y también en las condiciones históricas particulares y, por tanto, cambiantes. De ahí, que ciertas modalidades de la vida de la madre María de la Encarnación no pueden ser ya, para vosotras, ejemplos que haya que imitar a la letra. Pero yo os he hablado de su fidelidad al "espíritu del Verbo Encarnado", que la llevó, como ella escribía en 1653, a ofrecerse "en holocausto a la divina Majestad para ser consumada del modo que El quiera ordenar por todo este desolado país". La meditación de su vida debe permitir a las hermanas ursulinas librarse de una tentación frecuente en nuestra época y dar prueba de verdadero discernimiento espiritual. Conviene procurar no atribuir a conceptos o circunstancias del pasado lo que es en realidad exigencia permanente de la vida religiosa según la Iglesia, así como de verdadero abandono en manos de Dios, de que es ejemplo María de la Encarnación. En efecto; el aspecto excepcional de las gracias místicas con que fue favorecida y que hacen de ella una maestra de vida espiritual a la altura de las más grandes, no debe hacer olvidar los sencillísimos principios que inspiraron su vida y su dedicación a la educación cristiana de la juventud, para servir a Cristo y a su Iglesia como El quería ser servido. Esos principios deben ser todavía ahora los vuestros, en vuestra vida religiosa así como en el apostolado que os sigue siendo confiado entre las jóvenes. Esto es lo que puede llamarse fidelidad al carisma de la fundadora. ¡Cuán peligroso sería que una adaptación indebida al espíritu de nuestra época llevase a ciertas almas consagradas a poner en primer plano de sus motivos explícitos la preocupación del desarrollo personal y los propios gustos! La madre María de la Encarnación, en su fidelidad, supo resistir a esa tentación de una "vocación equivocada", como le enseñaron sus directores jesuitas a ejemplo de San Ignacio. Seguidla con gozo y valentía por el camino de vuestra tan hermosa vocación, en el amor y en la dedicación sin reservas.

4. En los comienzos de su vida religiosa, María de la Encarnación vio en un sueño profético, "un grande y vasto país, lleno de montañas, de valles y de espesas nieblas que lo llenaban todo", como ella misma escribe (Autobiografía, cap. XXXVII). Más tarde, debía reconocer en ese país al Canadá, adonde ella contribuyó a llevar ¡entre no pocas dificultades! la luz del Evangelio. ¡Qué aliento y qué ejemplo! También hoy, hermanas mías, vivimos en un mundo que frecuentemente, muchas veces está como envuelto en la niebla; y desgraciadamente no se trata sólo de la ignorancia del Evangelio, sino muchas veces del abandono del Evangelio. En este mundo, nosotros estamos llamados a infundir luz y alegría. Que las fiestas de estos días sirvan para llenaros de consuelo espiritual y de decisión para rectificar lo que deba ser rectificado, para volcaros en el amor del Señor, a ejemplo de la Beata María de la Encarnación, y haceros cada vez más sus verdaderos testigos y apóstoles, especialmente entre la juventud. Me alegra haber podido festejar a esta nueva Beata con vosotras, con todas las religiosas ursulinas y con las que son especialmente hijas suyas y, en cierto modo, sus herederas espirituales. Sabed caminar fielmente tras sus huellas con la ayuda del Señor. A El os encomiendo a todas, diciéndoos que la Iglesia tiene necesidad de vosotras y cuenta con vosotras. Bendigo de corazón vuestras casas, vuestras obras, a todos vuestros seres queridos, impartiéndoos la bendición apostólica. (23 de junio)

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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