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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE INDIOS DE NORTEAMÉRICA
PRESENTES EN ROMA CON MOTIVO
DE LA BEATIFICACIÓN DE CATALINA TEKAKWITHA


Martes 24 de junio de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Es un gozo para mí encontrarme hoy con todos vosotros, representantes de los indios norteamericanos de Canadá y Estados Unidos. Os saludo en la paz de Cristo y por vuestro medio deseo extender mi saludo a todos aquellos que representáis, al pueblo indio demuestro continente. Cuando volváis a vuestra tierra, decid por favor a vuestras familias y amigos que el Papa les ama y pide para ellos gozo y fuerza en el Espíritu Santo.

Habéis hecho este largo viaje a Roma para tomar parte en un momento especial de la historia de vuestro pueblo. Habéis venido a gozaros en la beatificación de Catalina Tekakwitha. Es el momento de hacer un alto y dar gracias a Dios por la cultura única y la rica tradición humana que habéis heredado, y por el don más grande todavía que habéis recibido, el don de la fe. Es evidente que la Beata Catalina se presenta ante nosotros como símbolo de lo mejor de vuestra herencia de indios norteamericanos.

Pero hoy es también día de felicidad grande para la Iglesia en todo el mundo. Todos estamos impresionados por el ejemplo de esta joven mujer de fe que murió ahora hace tres siglos. Nos edifica su confianza plena en la providencia de Dios, y nos estimula su fidelidad gozosa al Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo. Junto con vosotros toda la Iglesia puede decir en su sentido verdadero las palabras de San Pablo: "Al que es poderoso para hacer que abundemos copiosamente más de lo que pedimos o pensamos, en virtud del poder que actúa en nosotros, a El sea la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús, de generación en generación, por los siglos de los siglos" (Ef 3, 20-21).

La Iglesia ha declarado al mundo que Catalina Tekakwitha es Beata, que vivió vida de santidad ejemplar en la tierra, y que ahora en el cielo es miembro de la Comunión de los Santos e intercede continuamente ante el Padre misericordioso por nosotros.

Su beatificación debiera recordarnos que estamos llamados a una vida de santidad, porque Dios ha elegido en el bautismo a cada uno de nosotros "para que fuésemos santos e inmaculados ante El en caridad" (Ef 1, 4). Santidad de vida —unión con Cristo por la oración y obras de caridad— no es algo reservado a unos pocos elegidos de entre los miembros de la Iglesia. Es la vocación de todos.

Hermanos y hermanas mías: Ojalá os mueva y aguijonee la vida de la Beata Catalina. Miradla como ejemplo de fidelidad; ved en ella un modelo de pureza y amor; volveos a ella en la oración en busca de ayuda. Os bendiga Dios como la bendijo a Ella. Bendiga Dios a todos los indios norteamericanos de Canadá y Estados Unidos.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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