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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR ALBERT SATO,
PRIMER EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA CENTROAFRICANA
ANTE LA SANTA SEDE*


Viernes 27 de junio de 1980

 

Señor Embajador:

Con gran alegría le recibo a usted que va a representar de ahora en adelante a la República Centroafricana ante la Santa Sede, como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario. Es, en efecto, la primera vez que este acontecimiento se produce en la historia de su país. Por lo demás, conozco las cualidades humanas y cristianas con las que piensa usted cumplir sus funciones y me siento profundamente impresionado por la nobleza de sus palabras, llenas de estima por la Iglesia católica y de satisfacción por lo que ha realizado en su país.

Le agradeceré que tenga a bien manifestar de mi parte al Excelentísimo Señor David Dacko, Presidente de la República, mi gratitud por sus corteses saludos y mis votos cordiales para su persona y para el desempeño de su alto cargo al servicio de todos sus compatriotas.

Saludo, a través de él, a todo el pueblo Centroafricano, al que deseo una era de paz y de prosperidad. Los católicos allí son muy numerosos, aunque la obra de evangelización comenzó apenas hace un siglo; por esta solemne ocasión, me complazco en expresar mis sentimientos de afecto y votos especiales, sobre todo a sus Pastores, a los sacerdotes centroafricanos y a los misioneros, a los religiosos y religiosas, a los catequistas, por su serenidad cristiana, por el vigor y la irradiación de su fe. Ya me encontré con los obispos y fieles en Brazzaville, durante mi reciente viaje al centro de África, que me familiarizó con ese continente y me lo hizo todavía más cercano. Pero hoy, el pensamiento y el corazón del Papa se dirigen a todos los ciudadanos de Centroáfrica.

La Santa Sede, en efecto, se interesa por todo lo que marca la vida de sus compatriotas, por todo lo que representa para ellos un valor y una posibilidad. No ignora las dificultades que encuentra su país para dar a cada uno de sus hijos dignas condiciones de vida, en el campo de la alimentación, de la instrucción, de la salud. Deseo que la nación centroafricana pueda consagrar todas sus fuerzas a las duras tareas del desarrollo, apoyándose en los esfuerzos de todos, en un clima de confianza, de paz, de justicia, contando también con la solidaridad internacional que respete su libertad y su personalidad. La Iglesia, que no ha dejado de dar su contribución en el campo social, en el caritativo y en el educativo, con vistas principalmente a las personas menos favorecidas, está evidentemente dispuesta a continuar realizando, en la medida de sus posibilidades, lo que es parte integrante de su testimonio de amor que es el corazón del Evangelio.

El desarrollo cultural, moral y espiritual no es menos necesario al bienestar y a la dignidad de la vida, al futuro de la nación. Las conciencias necesitan ser formadas en el sentido de sus derechos y sus deberes dentro de las tareas familiares y cívicas, así como también para responder, de modo personal y comunitario, a las exigencias de la destinación en Dios. Es un servicio que la Iglesia se siente especialmente llamada a hacer. Usted mismo ha hablado de su "misión salvífica". Eso quiere decir que la Iglesia aprecia las garantías de libertad y de benevolencia que son necesarias a su misión y de las que se muestran solícitas las actuales autoridades. Quiere decir también que la Iglesia desea proseguir su obra educadora y, en particular, poder dar, de modo adecuado a los jóvenes estudiantes, la formación religiosa que corresponde a las necesidades de las conciencias y a la vida de fe de los cristianos.

Sí; la Iglesia tiene mucho interés por el desarrollo humano y espiritual de su país. Y está segura que el ideal, enseñado y vivido, del respeto al hombre el ideal de la justicia, el ideal de la fraternidad, basados sobre la misma dignidad de hijos de Dios, preparan las condiciones de un futuro mejor para la República Centroafricana, un futuro de estabilidad y de verdadero progreso-y no olvido tampoco la contribución que ese país puede aportar a la paz en el continente africano, que vive horas a la vez sembradas de insidias y llenas de promesas, así como a nivel de los grandes problemas internacionales.

Formulo los mejores votos para la misión que usted comienza hoy y que reforzará —estoy convencido de ello— las relaciones cordiales y fructuosas de la Santa Sede con la República Centroafricana. Ruego a Dios que bendiga especialmente su persona, su familia, su país, y los responsables del mismo.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.31 p.4.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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