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SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE NIGERIA


Domingo 29 de junio de 1980

 

Eminencia,
queridos hermanos obispos,
queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Os saludo en la paz y gozo de Nuestro Señor Jesucristo. Me da alegría que hayáis venido a Roma y espero que vuestra visita aquí os enriquezca la vida y ahonde la fe.

Al recibiros hoy es como si tuviera ante mí una reproducción en miniatura de la Iglesia de vuestro querido país. Pues forman el grupo obispos, sacerdotes, religiosos y seglares, y habéis venido en esta gran fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, a dar expresión a vuestra unión con el Sucesor de Pedro y de vuestra comunión con la Iglesia universal. Al saludaros a vosotros, deseo extender el saludo a todos los fieles de Nigeria. Haced el favor de decidles que el Papa les ama y les envía su bendición en el amor de Cristo resucitado.

Venís hoy como peregrinos en un viaje que incluye también Tierra Santa y Lourdes. Como peregrinos estáis atentos a todo lo que veis y a las personas con quienes os encontráis. Observáis y tomáis nota cuidadosamente, os detenéis y ponderáis, escucháis el mensaje entrañado en cada persona y lugar. Como peregrinos de fe dedicáis tiempo también a meditar y a orar, a penetrar más plenamente en el misterio de la fe de que son testimonio cada uno de los lugares santos que visitáis. Cuando visitáis un lugar santo o entráis en una iglesia o pasáis tiempo en una ciudad a lo largo del camino, tratáis de descubrir la significación escondida en cada uno de ellos y de penetrar en la óptica de fe que dio origen a cada uno. Abrid el corazón al misterio de que os habla cada lugar, el misterio del Redentor que entró en la historia humana.

La misma Iglesia es como un peregrino en tierra extraña (cf. Lumen gentium, 8). Es una comunidad de hombres y mujeres que caminan hacia el Reino del Padre unidos en Cristo y guiados por el Espíritu Santo. En medio del mundo y nunca plenamente a gusto en él, inmersos en el engranaje de la historia, pero destinados a la vida eterna; acechados por el maligno, pero sostenidos por el consuelo de la misericordia de Dios, esta comunidad de creyentes va adelante día a día confiada en la providencia del Señor.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo: Tenemos el privilegio grande de pertenecer a este pueblo peregrinante que camina a lo largo de la historia hacia una patria celeste. No hemos de olvidar nunca en este viaje que tenemos una misión especial que cumplir. Porque el Evangelio que hemos recibido está destinado a todo hombre, mujer y niño sobre la faz de la tierra. A cada ciudadano de nuestro país, a cada una de las personas de nuestro continente, al mundo entero proclamamos con la palabra y con las obras y especialmente a través de la celebración de la Eucaristía, la muerte del Señor hasta que venga en la gloria (cf. 1 Cor 11, 26).

Vele Dios sobre cada uno de vosotros y os proteja durante esta peregrinación; y bendiga Dios a cada uno de los miembros de la Iglesia que está en Nigeria.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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