 |
DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN
PABLO II A LOS MIEMBROS DE LA JUNTA DE GOBIERNO DE NICARAGUA*
Lunes 3 de marzo de
1980
Excelentísimos Señores, miembros de la Junta de Gobierno de Nicaragua:
Sean mis primeras palabras de sincera bienvenida a
este encuentro, que me permite manifestarles mis respetos personales, a los que
uno mi cordial saludo para todo el querido Pueblo nicaragüense, al que va mi
pensamiento lleno de afecto y estima.
Y si en otros momentos de la historia de Nicaragua los
Papas, la Santa Sede y la Iglesia han mostrado su profundo interés y cercanía
a una Nación depositaria de tan noble patrimonio cristiano, hoy le renuevo esos
sentimientos de la más viva simpatía.
Estoy al corriente de los problemas con los que se
está enfrentando el País para lograr la elevación del Pueblo y la mejoría de
sus niveles de vida, sobre todo de los sectores más necesitados. La Iglesia
alienta todas aquellas iniciativas que, en consonancia con la vocación terrena
y trascendente del hombre, promueven la dignidad de les personal y les capacitan
para asumir cada vez más responsable y libremente su propio destino,
individual, familiar, social.
En esa perspectiva, la Iglesia no dejaría de
considerar con favor, en Nicaragua como fuera de ella, los esfuerzos orientados
a la promoción económica, social, cultural y política de les personal; tareas
humanamente enriquecedoras, pero que tienen que completarle con una visión
integral del hombre.
Para ello hace falsa que éste, en un clima de
auténtica libertad, garantizada adecuadamente por les normas que regulan les
estructuras cívicas y sociales, pueda abrirse a la acción divina, que mediante
la gracia de Cristo, Hijo de Dios y Salvador del hombre, lo libera interiormente
del pecado y de sus consecuencias. En efecto, no puede olvidarse que los fieles
y toda la comunidad católica de Nicaragua recaban de Cristo y de su Evangelio
el profundo sentido de su dignidad propia, así como el deseo de vivir en la
justicia, en el amor, en el respeto recíproco.
Permítaseme hacer una consideración particular sobre
un aspecto importante de la realidad actual de Nicaragua. Me refiero a la
campaña de Alfabetización, a la que se están dedicando tan considerables
energías.
Dejando aparte los aspectos técnicos del problema,
considero que una iniciativa encaminada a llevar el pan de la cultura a todo
ciudadano sin distinción, es en sí misma merecedora de todo encomio, con tal
que ella sea programada y llevada a cebo en el pleno respeto de los derechos y
convicciones religiosas del Pueblo y, más en concreto, de los padres de los
alumnos. Ese respeto de los derechos de los padres y de la familia católica a
una educación que esté en conformidad con la fe que profesan, excluye que se
impongan conceptos contrarios a la fe. Una experiencia de siglos y el testimonio
de muchos contemporáneos son la prueba de que puede darse una amplia
colaboración, en el terreno de la educación pública, entre ciencia y
cristianismo.
A este respeto, hago una llamada a los educadores
cristianos y a cuantos prestan su actividad en les escuelas católicas, para que
colaboren en esa empresa de educación de cada ciudadano, a fin de que se
facilite un generalizado acceso a la cultura.
Formulo, finalmente, los mejores votos para que el
amado Pueblo de Nicaragua viva un futuro de paz, de concordia, de solidaridad,
de acuerdo con su secular tradición cristiana. Pido al Señor que nunca
prevalezcan sentimientos de odio, antes bien se trate de inserir útilmente en
la sociedad a todos los ciudadanos, dentro siempre del respeto a les personal y
a la verdad. Pido también para que se preserven en todo momento los valores
preciosos de les familias que, constituidas sobre la base del matrimonio —santificado por la Iglesia con el Sacramento y dotado de su propia
indisolubilidad— son ambiente y núcleo de primaria importancia para la
sociedad.
Quiera Dios que, de esta forma, cada nicaragüense
—entre los que deseo recordar con especialísimo afecto a los campesinos, a los
obreros y jóvenes— camine en serena fraternidad hacia mesas cada vez más
altas, humanas y cristianas.
Por su parte, la Iglesia y el Episcopado local, en
fidelidad al espíritu del Evangelio, están cercanos al Pueblo de Nicaragua,
participando, en cuanto se lo permite su propia misión, en la elevación del
mismo, ante todo de los sectores más pobres, más desfavorecidos, más
impotentes frente al infortunio o al dolor.
*Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. III, 1 p. 508-510.
L'Osservatore Romano 4.3. 1980 pp.1, 4.
L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.10 p.7.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
|