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DISCURSO DE JUAN PABLO II
A MIGUEL ANTONIO OLAVARRIETA P
ÉREZ
EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DOMINICANA 
ANTE LA SANTA SEDE*

Lunes 17 de marzo de 1980

 

Señor Embajador:

Con sumo gusto le recibo hoy, en este acto en el que me presenta les Cartas que lo acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de la República Dominicana ante la Santa Sede.

Quiero ante todo dar a Vuestra Excelencia, como representante de la noble Nación Dominicana, mi más cordial bienvenida al Centro de la catolicidad. Y desde ahora le aseguro que podrá contar siempre con mi benévola ayuda en el cumplimiento de la alta misión, que se le ha confiado, de cuidar y fomentar les fructuosas relaciones existentes entre la Sede Apostólica y su país.

En efecto, son muchos y muy profundos —como ha indicado Vuestra Excelencia en su discurso— los vínculos que desde hace siglos unen al pueblo dominicano con la Iglesia y que se han ido plasmando, con el pasar de los tiempos, en múltiples vivencias personales, en obras de diversa índole y en fechas que tanto significan en la existencia de los individuos, en la vida social, en la historia de la patria.

Con hondo respeto al país y a sus instituciones, y fiel a su misión propia, la Iglesia continuará con empeño su labor de iluminación de las conciencias, para que los ciudadanos, inspirados en los principios de la ética cristiana, los reflejen en una digna conducta individual y colectiva y fomenten responsablemente cuanto promueve “la dignidad de la persona humana, su entera vocación y el bien de toda la sociedad” (Gaudium et spes, 63).

Señor Embajador: son estos los votos que formulo para su querido país, que permanece siempre en mi recuerdo y afecto, sobre todo desde que, siguiendo los caminos de la evangelización del Nuevo Continente, tuve el placer de visitarlo y experimentar el calor humano y el fervor cristiano de sus gentes.

Quiera usted transmitir a todos sus connacionales, muy particularmente al Señor Presidente de la nación, el saludo cordial del Papa y sus deseos hechos plegaria, para que caminen siempre por senderos de paz, de mutuo respeto, de civil progreso en la justicia, de fidelidad a les leyes del Todopoderoso. Que El les bendiga en todo momento y acompañe con su protección la misión que inicia Vuestra Excelencia.


*AAS 72 (1980), p. 293-294.

Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. III, 1980 I pp.575-576.

L’Attività della Santa Sede 1980 pp. 167-168.

L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.14 p.8 (p.188).

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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