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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES ALUMNOS
DE LA PONTIFICIA ACADEMIA ECLESIÁSTICA*


Lunes 17 de marzo de 1980

 

Mis queridos sacerdotes de la Academia Eclesiástica:

Me complace verdaderamente recibiros y saludaros a todos vosotros, que también este año venís a renovar al Papa el testimonio de vuestra fidelidad y la comunión eclesial, al finalizar los exámenes de los alumnos del segundo curso.

Agradezco vivamente al querido presidente de la Academia, mons. Cesare Zacchi, las cordiales palabras que, interpretando vuestros devotos sentimientos, ha querido tan amablemente dirigirme.

Este encuentro me permite manifestar, una vez más, no solamente el afecto particular que siento por todos los sacerdotes y, de modo especial, por vosotros, que estáis llamados a prestar vuestro servicio en las Representaciones Pontificias del mundo, tengan o no carácter de representación diplomática, sino también por el interés con que sigo la vida de vuestro Instituto y al mismo tiempo el empeño que ponéis en preparares adecuadamente a la futura misión que os será confiada.

La misión que os llevará a vivir en medio de tantas poblaciones diferentes en cultura, civilización, costumbres, lenguas y tradiciones religiosas, debe ser entendida como servicio eclesial, en el sentido dado por las primeras comunidades cristianas a la palabra diakonía. Este servicio, muchas veces oscuro e ignorado, será tanto más meritorio cuanto más auténticamente sacerdotal sea vuestra alma, que no busque el propio provecho o la propia satisfacción, sino el bien y el desarrollo espiritual de las diversas Iglesias locales, tratando de comprender cada vez mejor —con buena voluntad, más aún, con entusiasmo— la índole de cada uno de los pueblos, al estar insertos en esas Representaciones Pontificias que son siempre un punto de enlace de las distintas comunidades eclesiales con la Cátedra de Pedro y también, muchas veces, inteligentes intermediarias entre la Santa Sede y las supremas autoridades de las diversas naciones.

El esfuerzo por la debida preparación debe estar a la altura de la gran responsabilidad que os espera. Pero no se trata sólo de empeño humano, por muy iluminado y constante que pueda ser; hay que contar con la ayuda de Dios, hay que dejarse guiar por la luz que viene de lo alto, para tener una visión sobrenatural de las cosas. Si Dios no entra en vuestro corazón y en vuestra valoración de las realidades que nos circundan, de muy poco os servirá la cultura humana, por muy necesaria y oportuna que sea. En efecto; si vosotros, en vuestro futuro servicio, incluido el diplomático, os disponéis a hacer todo en el signo de Cristo y de su Evangelio, viviendo en profundidad vuestro sacerdocio, afrontaréis, incluso, los aspectos menos directamente religiosos y eclesiales de vuestro ministerio, con el espíritu que corresponde a vuestra vocación y con la eficacia que viene de la ayuda de Dios.

Tal concepto del servicio diplomático exige naturalmente caridad sacerdotal, espíritu misionero, dedicación y abnegación, que no dejan espacio para espejismos terrenos, glorias temporales o privilegios de cualquier clase. Exige, en una palabra, tal espíritu apostólico que os permita poder decir, con intención especial, pero en la misma medida que a cada uno de vuestros hermanos: "Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios os exhortase por medio de nosotros. Por Cristo os rogamos: reconciliaos con Dios" (2 Cor 5, 20).

Este es el deseo que expreso a cuantos estáis todavía estudiando, pero de modo especial a los trece que, terminados vuestros cursos en la Academia, os aprestáis ya a trasladaros a las sedes que se os designen.

Queridos hijos que estáis a punto de partir, sabed que yo estaré siempre espiritualmente junto a vosotros y os recordaré en la oración. En este momento tan delicado para vuestra vida, llamados como estáis por la Santa Sede a dar testimonio cristiano en diversas naciones, os digo con el Apóstol de las Gentes: "Sed, en fin, imitadores de Dios como, hijos amados" (Ef 5, 1).

Que os sirva de ayuda la intercesión de la Virgen Santísima, Madre del Buen Consejo, así como de estímulo mi especial benevolencia, que ahora os renuevo junto con mi bendición apostólica, extensible a todos vuestros familiares y allegados.


*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.14 p.2.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana 

 

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