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VISITA PASTORAL A NURSIA Y CASIA

ENCUENTRO EL SANTO PADRE JUAN PABLO II
CON LOS JÓVENES


Plaza de San Benito, Nursia
Domingo 23 de marzo de 1980

 

Queridísimos jóvenes:

Ya al terminar esta jornada tan intensa y rica de vivas emociones y de gozo interior, me resulta muy grato encontrarme con vosotros, jóvenes de la Valnerina y de toda la Umbría, y con cuantos os habéis reunido aquí para confirmar vuestro espíritu en esa generosa entrega, de la que disteis prueba al día siguiente del desastroso terremoto, que se abatió el año pasado sobre estas laboriosas poblaciones. Vosotros disteis entonces un testimonio luminoso, tanto más apreciable porque brotaba de vuestra espontaneidad, de vuestra dinámica y serena abnegación, emulando en la obra de asistencia y solidaridad el ejemplo de madurez precoz ofrecido por el joven Benito, cuya cordura —como afirma San Gregorio Papa— maduró desde la infancia, aventajando a la edad con las virtudes (cf. Diálogos II, pról.).

Animados por esta voluntad de cooperación al bien de la comunidad y especialmente de cuantos se hallan en condiciones penosas de malestar, os habéis colocado en la verdadera luz del "humanismo cristiano" propuesto y vivido por el Santo de Nursia, y que se resume en un respeto auténtico por el hombre en cada una de las expresiones de su valor, en un amor eficaz con relación a él, especialmente cuando revela el rostro y la voz del sufrimiento.

Acoged, pues, queridos jóvenes de Cáritas, de Agesci, de la Comunidad de San Egidio, de Comunión y Liberación, de los Focolares, de Acción Católica y de los diversos grupos eclesiales, mi afectuoso saludo en esta tierra natal de San Benito, y sobre todo mi satisfacción por cuanto habéis realizado con entusiasmo juvenil.

Vuestro compromiso de caridad y de altruismo ha encontrado plena inserción en el cauce secular del mensaje benedictino, válido y actual también hoy porqué está anclado en valores perennes, los cuales, si necesitan siempre nuevas expresiones y verificaciones, son capaces de vivificar y elevar la experiencia humana de todos los tiempos. Dicho mensaje puede atraer y cautivar también a los jóvenes de la presente generación, frecuentemente desilusionados y extraviados en el dédalo de una sociedad hedonista y permisiva.

Efectivamente, también los tiempos tristes, en los que se inserta la aventura espiritual de San Benito, estaban cargados de contradicciones íntimas, de aspiraciones ambiguas y utópicas, de vanos propósitos de grandeza; también aquellos tiempos estaban, marcados por una languidez moral desoladora, por un tenor de vida mísero, bajo el choque de pueblos en expansión, pero dominados todavía por sugestiones de violencia. El Santo de Nursia, sin embargo, alimentado por las certezas de la fe, reafirmó la fuerza de un cristianismo maestro de dignidad moral, de libertad espiritual, y a la vez artífice de civilización.

Como vosotros habéis experimentado bien, la conquista de espacios interiores, que ofrezcan a Dios el puesto justo en el espíritu humano, todo ese compromiso, en fin, que podríamos señalar con el primado del "ORA", del "reza", no está absolutamente en contraste, más aún, concede respiro y da intuición creativa a la verdadera apertura hacia la esfera social, hacia el sufrido deber cotidiano, hacia las fuerzas vivas del trabajo y de la cultura, animando así con ferviente inspiración, con espíritu de servicio el grande y fatigoso mundo del "LABORA".

¿Qué puedo deciros de particular en este sugestivo marco de peñas y valles que templan el espíritu fuerte y valiente del jovencito predestinado, y en una hora tan cargada de fraternidad y de comunión, invadida por la presencia espiritual del Padre de nuestra civilización europea?

Continuad, queridos jóvenes, en el testimonio que generosamente dais, porque él, mientras está en sintonía con los valores de la tradición benedictina, al mismo tiempo, es fiel a los hombres de hoy, interpretando sus aspiraciones más profundas.

1. Vosotros habéis advertido la urgente necesidad de encontraros con el Absoluto y, por lo tanto, habéis descubierto la importancia de la interioridad, del silencio, de la meditación, para poder captar el sentido definitivo y apaciguador de la propia existencia. Habéis saboreado la dulzura de la oración y de esa siempre renovada y perseverante reconciliación de amistad con el Señor, establecida en los corazones por una actitud existencial de humilde y laboriosa obediencia al Padre celestial. Con San Benito, pues, os dirigiré la invitación paterna: "Ausculta, fili, verba magistri"; escuchad, hijos, las enseñanzas de los auténticos maestros, y mantened atentos vuestros corazones en el silencio orante, para retornar, a través del esfuerzo de una obediencia dócil a los sanos preceptos, hacia Aquel de quién os aleja una actitud de indolencia o de rebelión (cf. Regla, pról.). Poneos frecuentemente ante el Maestro interior y ante quien lo representa, con la actitud del verdadero discípulo, que sabe callar y escuchar.

2. Vosotros, queridos jóvenes, habéis descubierto la caridad y el amor, que se manifiestan en la solicitud por el prójimo y en un diálogo abierto con los hermanos, respetando su dignidad y estando disponibles a una ósmosis de aportaciones recíprocas. Se trata de valores que San Benito instauró en un contexto socio-económico donde predominaban la explotación y el arbitrio, oponiendo el espíritu de fraternidad a la violencia, el compromiso activo a la pereza, para sentar los presupuestos de una renovación humana integral. El monasterio benedictino será como un anuncio de la nueva "societas": dentro de sus muros se borran las discriminaciones entre nobles y plebeyos, entre ricos y pobres, entre libres y esclavos; en él encontrarán refugio colonos perseguidos y bárbaros opresores, deponiendo ante Dios rivalidades antiguas y rencores recientes, para dedicarse a la oración, al trabajo, a la ayuda mutua. Lleno de delicadeza al tratar a los monjes, al acoger a los peregrinos, al curar a los enfermos, el Santo enumera entre los instrumentos para obrar rectamente: "Pauperes recreare, ...infirmum visitare, ...in tribulatione subvenire, dolentem consolari; nihil amori Christi praeponere: socorrer a los pobres, ...visitar a los enfermos, ...ayudar al que está pasando desventuras, consolar a los afligidos, ...no anteponer nada al amor de Cristo" (Regla, cap. IV).

3. Vosotros amáis la belleza, que es esplendor del orden y, por lo tanto, principalmente inocencia de vida y armonía del espíritu. La regla, cuya redacción ocupó al Santo durante mucho tiempo, y que indica con sabiduría y mesura las modalidades, y los tiempos de la oración y del trabajo, demuestra cómo él llevaba en el corazón esta belleza que brota de un ordenado ritmo de vida. Efectivamente, él armoniza en sí mismo el sentido de la autoridad, del orden y de la disciplina, tomarlo del mundo clásico, con una delicadeza de espíritu que maduró a través de su largo camino de perfección.

Primariamente es el orden espiritual el que reina allí, para permitir a los monasterios ser grandes centros de vida y de actividad creadora, con la conciencia madura de que el cristianismo es a la vez ascesis hacia Dios y compromiso terrestre, de manera que la oración lleva al trabajo no sólo como  medio para asegurar a los monjes el necesario sustento, sino también como ocasión validísima de disciplina personal y de promoción social.

La fuerte llamada del mensaje benedictino para buscar a Dios y su voluntad, paya instaurar un contexto social penetrado por la fraternidad y el orden, cobra actualidad singular en esta jornada de oración y de reflexión, a propósito del gravísimo problema del terrorismo en Italia.

La violencia que está destruyendo el tejido social de la nación italiana no es casual: parte de un programa precio, nace del espíritu del odio. Aquí está la matriz de la violencia; sólo aquí. Es necesario no dejarse engañar por otras motivaciones. He aquí por qué es muy necesario, por parte de los cristianos, saber discernir este espíritu, comprender su perversión intrínseca (cf. 1 Jn 3, 15), no dejarse contaminar por él, para librarse cOn vigor de su espiral y no dejarse engañar por sus sugestiones. Sed, en cambio, apóstoles perspicaces y generosos del amor.

Queridos jóvenes, los ideales y los valores prevalecientes del testimonio de San Benito vosotros los habéis individuado y, con la gracia de Dios, os habéis comprometido a vivirlos; continuad interpretándolos y encarnándolos con valentía, con generosidad, con entusiasmo, convencidos de que el Señor mismo es el único garante, como dice el Salmista, de un edificio de sólidos fundamentos, de un porvenir, por lo tanto, justo y humano, de una sociedad pacífica y productiva, de un orden armonioso y fraterno.

Con mi afectuosa bendición.

* * *

El Santo Padre dejó por un momentos el texto escrito de su discurso y dijo:

Lo que he visto hoy al visitar las comunidades víctimas del terremoto y al ver a tantos jóvenes que les asisten, es para mí una prueba experimental de que la caridad, el amor, no es solamente superior al odio, porque esto es evidente, sino que es muy valiente y potente en el alma de este queridísimo pueblo italiano, en el alma de los jóvenes italianos. Este es un testimonio evidente, creo, para esta jornada de oración de toda la Iglesia en Italia contra el terrorismo. Es una prueba muy importante. Es la prueba de que la caridad, el amor, es más fuerte que el odio, es más fuerte que toda fuerza destructora. Sólo el amor puede construir algo. No se construye matando a un hermano. Se construye amando a un hermano.

Al terminar el discurso el Papa invitó a los jóvenes a la oración:

Recitemos ahora. una plegaria por todos los que sufren pero también por todos los que, tal vez incluso coetáneos vuestros, están implicados en el terrorismo y en el odio, a fin de que se conviertan.

Tras la ejecución de algunas piezas musicales, el Papa saludó de nuevo a los presentes:

Os doy las gracias por todos estos dones. Yo no sé qué hacer de todas estas riquezas. Debo defenderme de convertirme en un capitalista. Pero con mi experiencia esto no es una amenaza para mí. No tengáis miedo. Me mantengo siempre en la línea de la doctrina evangélica, de la doctrina social de la Iglesia. No tengáis miedo. Para todas las comunidades que han sido presentadas, que nos han hecho regresar al medievo, a aquella bellísima época, un saludo, un homenaje y después un especial agradecimiento de mi parte.

 

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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