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VISITA PASTORAL A NURSIA Y CASIA

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS AUTORIDADES CIVILES Y AL PUEBLO


 Escalinata del palacio comunal de Nursia
Domingo 23 de marzo de 1980

 

Señor Ministro,
Señor Alcalde:

Las palabras que habéis querido cortésmente dirigirme, en nombre de la población de Nursia y de todo el pueblo italiano, son para mí motivo de satisfacción. Os las agradezco cordialmente, a la vez que con igual y sincero afecto saludo en vosotros a cuantos tan dignamente representan vuestras personas y vuestros cargos.

Mi presencia aquí en Nursia, como es sabido, se debe a dos motivos de diversa índole. Ante todo, he querido visitar a esos hermanos y hermanas a quienes los recientes fenómenos sísmicos han causado especiales estrecheces y angustias materiales; a este respecto es justo y obligado expresar el deseo de que tales condiciones de necesidad sean lo más provisionales posible, de modo que, con la ayuda de Dios y con la buena voluntad de todos, se consiga la adecuada solución de las precarias situaciones actualmente soportadas, con gran dignidad, ciertamente, por los infortunados.

En segundo lugar, mi venida a Nursia está motivada por la celebración del XV centenario del nacimiento del abad San Benito, que precisamente aquí vio la luz el año 480. San Benito fue y sigue siendo uno de los mejores hijos de esta tierra, umbra e italiana a la vez; y al mismo tiempo fue y sigue siendo uno de los hijos más insignes de la Iglesia de Cristo. Su estatura humana y cristiana permanece en la historia como uno de los puntos de referencia más luminosos. En una época de profundos cambios, cuando el antiguo orden romano se derrumbaba y una nueva sociedad estaba a punto de nacer, bajo el impulso de nuevos pueblos que surgían sobre el horizonte de Europa, San Benito asumió responsablemente su propio papel, que fue preeminente, de empeño no solamente religioso, sino también social y civil. Promovió el cultivo racional de las tierras, contribuyó a la salvaguardia del antiguo patrimonio cultural literario, influyó sobre la transformación de las costumbres de los llamados "bárbaros" e instauró un original tipo de vida comunitaria sometida a una "Regla" expresamente escrita por él. Y todo ello a nivel no de un mezquino y entonces desconocido nacionalismo sino, mediante sus monjes, de dimensión continental, por lo que justamente mi predecesor Pablo VI lo proclamó "Patrono de Europa". Todo esto se produjo no en contra, sino sobre la base y en virtud de una vida espiritual de fe y de oración, absolutamente intensa y ejemplar. Por eso, tenemos en él un ejemplo verdaderamente típico de feliz y fecunda conjunción entre los deberes humanos y cristianos, los cuales, lejos de oponerse entre sí, actúan mutuamente en una misma persona, enriqueciéndola de manera imprevisible.

Estos ideales de progreso y de paz, fecundados por el cristianismo, son hoy tan actuales como entonces. Por ello, estoy seguro de que el honor más grande que podemos tributar a San Benito es el de aceptarlo todavía y siempre como maestro de vida.

Es lo que deseo para mí mismo, para los habitantes de Nursia y para todos los italianos, avalando estos votos con mi sentida bendición.

 

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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