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DISCURSO EL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR GIOVANNI GALASSI,
EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA DE SAN MARINO
ANTE LA SANTA SEDE*
Sábado 29 de marzo de 1980
Señor Ministro Plenipotenciario:
Las nobles expresiones con que ha querido acompañar la presentación de las
Credenciales que le acreditan como Enviado Extraordinario y Ministro
Plenipotenciario de la República de San Marino ante la Santa Sede, me han
confirmado en esa profunda simpatía y hondo respeto que han mostrado mis
predecesores hacia la pequeña y gloriosa comunidad del Monte Titán.
Mi pensamiento se dirige en este momento a los ilustres Capitanes regentes que
usted representa dignamente, y también a cada uno de los habitantes de la
República de San Marino, para manifestar mi complacencia y admiración por la
fidelidad intrépida manifestada a través de los siglos a valores fundamentales
de la vida civil, tales como el deseo sincero y tenaz de libertad y justicia
vividas y defendidas no como bienes a poseer egoístamente, sino por el
contrario, como bienes a compartir con actitud interior de apertura,
disponibilidad y respeto a los demás.
Por tanto, no puedo dejar de expresar mi estima cordial a todos los
habitantes de San Marino, en quienes —como dijo mi predecesor Pablo VI (3 de
julio de 1963)— "la herencia noble de un pasado libre y generoso, la índole
abierta y honrada, la famosa hospitalidad hecha de gracia y distinción —y sobre
todo la fidelidad a los grandes ideales de rectitud, libertad y paz— añaden
méritos preclaros a la pureza de la antigua fe católica recibida del Santo
fundador de la Ciudad de las Torres".
Por ello, deseo a la República de San Marino que sepa unir siempre a sus
bellezas naturales y artísticas, las dotes de laboriosidad y discreción, y
también de hospitalidad cortés y generosa de que dio magníficas muestras en los
tiempos tristes y oscuros del II conflicto mundial, ofreciendo asilo seguro y
protección desinteresada a muchos refugiados políticos; deseo asimismo que se
proponga seguir siendo fiel a las tradiciones nobles y seculares que hunden
las raíces de su fecunda vitalidad espiritual histórica, cultural y política
en la fe cristiana, cuya profesión abierta y serena ha sido y continúa siendo
hoy, orgullo legítimo de quienes se glorían de considerar iniciador y fundador
de su comunidad política a un Santo.
Y que sea también San Marino quien indique a sus hijos el camino seguro que han
de seguir en estos tiempos difíciles y peligrosos, el camino de la honestidad, del respeto a los valores del
espíritu y del amor, para que todo el pueblo de la República viva con
serenidad total y concordia fraterna, y de este modo siga siendo ejemplo y
admiración para otros pueblos.
Deseo de corazón a la República de San Marino un porvenir de prosperidad y de
paz, y sobre todo que progresen los elementos constitutivos de su fe y tradición
católica, para bien de la misma vida civil.
Señor Ministro: Con estos deseos invoco muy gustoso sobre su persona y su
delicada misión, abundancia de gracias divinas, y le imparto la implorada
bendición apostólica, que extiendo asimismo a todo el pueblo de San Marino y a
las autoridades que usted representa.
*L'Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.17 p.8 (p.232).
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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