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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN EL IV CAPÍTULO GENERAL
DE LA PÍA SOCIEDAD DE SAN PABLO
Sala del Consistorio
Lunes 31 de marzo de 1980
Queridísimos capitulares de la Pía Sociedad de San Pablo:
Siento una especial satisfacción al recibiros y saludaros, junto al recién
elegido Superior general, don Renato Perino, en el momento en que, animados por
el espíritu eclesial que os transmitió vuestro fundador, don Giacomo Alberione,
habéis venido a expresar vuestra fe en Cristo y vuestra fidelidad al Romano
Pontífice, con quien os liga un voto especial.
Os agradezco vivamente el gozo que me procuráis con este encuentro y también
con el buen trabajo desarrollado en ese IV capítulo general, que ha tenido como
objetivo no sólo la elección del nuevo superior general, sino también la
delicada y comprometida obra de definitiva codificación en orden a la unión de
esa congregación con las otras nuevas instituciones que forman la familia
paulina. Bastaría considerar este último aspecto para calificar de histórico
este capítulo.
Estoy seguro de que en vuestras sesiones habréis afrontado con amplitud y
competencia los diversos problemas qué afectan a vuestra congregación, entre
ellos, en primer lugar, la exigencia de vivir auténticamente la propia vocación
religiosa, fomentando la unión con el Señor, mediante una profunda y sincera
vida interior y teniendo siempre ante los ojos ese especial carisma original que
vuestro fundador quiso comunicar a vuestro instituto y que debe animar todo
vuestro apostolado en los diversos campos de vuestra actividad de religiosos que
viven en la Iglesia y para la Iglesia y, sobre todo, en eso que don Alberione
llama "el apostolado de la prensa", sin olvidar todo el amplio radio de acción
de los instrumentos de comunicación social.
Todos conocéis la importancia que dio a la prensa, como vehículo de difusión de
los principios cristianos y para defensa de los valores morales y religiosos.
Comprendió plenamente, cuán importante era que la realidad cotidiana en que
vivimos tuviera una interpretación conforme con los verdaderos principios y
fines de la vida; esto es precisamente lo que la prensa católica se propone
realizar, como su peculiar razón de ser, iluminando con la Palabra de Dios los
acontecimientos de la crónica y de la historia, defendiendo los valores humanos
y cristianos de los que la sociedad actual siente tan profunda necesidad, y
dando a la opinión pública y a la educación social un genuino, sano y fuerte
sentido moral.
Siguiendo la estela de vuestro fundador, continuad trabajando por esos ideales y
actuando constantemente con plena adhesión a las orientaciones doctrinales y
disciplinares de la Iglesia, sabiendo valorar bien no solamente el interés que
una publicación puede suscitar en los lectores, sino también los efectos que
puede producir en las almas para incrementar su fe y su vida espiritual. A este
respecto, convendrá recordar las palabras que mi venerado predecesor, Pablo
VI, os dirigió con motivo del sexagésimo aniversario de la fundación de vuestra
Sociedad: "Los libros y las revistas encierran una gran responsabilidad, tanto
mayor cuanto más amplia es su difusión; evitando todo lo que pueda ser causa de
turbación, o de placentero y deletéreo permisivismo, debéis poner toda vuestra
preocupación en formar sana y cristianamente a los lectores en un profundo
sentido religioso, en la pureza de costumbres, en las austeras y ennoblecedoras
exigencias del mensaje evangélico" (Insegnamenti di Paolo VI, XII, 1974;
L'Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 8 de diciembre de 1974, pág.
12).
Palabras son éstas que recuerdan aquellas otras, todavía más incisivas,
explícitas y programáticas que don Alberione escribió, desde Alba, en una carta
que el 4 de agosto de 1931 dirigió a dos de sus hijos destinados al Brasil:
"Vais a esparcir la divina Palabra a través de la prensa; dadla con el mismo
corazón con que Jesucristo la predicaba; con el ardor que animó a San Pablo al
difundirla; con la gracia y la humildad con que la Santísima Virgen se
convirtió en la Madre del Verbo Encarnado. No hagáis comercio, sino negocio
espiritual, negotium vestrum agatis; no industria, sino infinitas industrias
para ganar las almas; no dinero, sino tesoros eternos",
De todo corazón os aliento a que desarrolléis vuestras
actividades cada vez con más fecunda conciencia respecto a las exigencias
propias del apostolado, para contribuir eficazmente al verdadero bien de las
almas y a la edificación de la Iglesia. Tratad además de conocer, acercaros, servir y, sobre todo, amar a la
sociedad en que vivís. Miradla con los mismos ojos de vuestro fundador y
advertid las mismas exigencias espirituales: la oración, las prácticas
ascéticas, la disponibilidad para con las almas.
:Que estas breves exhortaciones os sirvan de guía y de estímulo en las tareas conclusivas de vuestro capítulo. Por mi
parte, os acompaño con la oración, a fin de que la luz del Espíritu Santo os
ilumine y os anime a seguir más de cerca a Jesús crucificado y resucitado,
sobre el que nos aprestamos a meditar de modo especial en estos días de Semana
Santa; y que os ayude a profundizar cada vez más en la vocación "paulina", Para
que cada uno de vosotros pueda reconocerse en el impulso generoso que, desde el
principio, orientó vuestro instituto hacia sus metas geniales, tan sentidas en
la sociedad de hoy. En los momentos más comprometidos y más difíciles, sabed
encontrar refugio en Cristo, que os ha elegido como sus amigos y heraldos suyos
en el mundo, y al que habéis consagrado vuestra vida. Que sea El vuestro sostén
y vuestro consuelo.
No os dejéis desanimar por las dificultades. Tened confianza. Tened confianza
en Cristo.
Confirmando estos votos y en prenda de mi benevolencia, imparto a vosotros y a
todos vuestros hermanos mí bendición apostólica.
* * *
El Santo Padre, antes de concluir la lectura de su discurso, refiriéndose a las
palabras que poco antes le había dirigido el nuevo superior general, dijo
espontáneamente, entre otras cosas, lo siguiente:
Escuchando las palabras de vuestro recién elegido superior general, he sentido
este momento especial de vuestra familia religiosa. Lo he sentido; eran palabras
muy ponderadas, pero se advertía también la gran sinceridad de quien hablaba en
nombre de todos. Y no puedo, habiendo oído todo eso, dejar de completar este
breve discurso con algunas reflexiones más personales. Ha dicho vuestro superior general que para salvar a los
demás, hay que salvarse a sí mismo, tratar de salvarse a sí mismo. Esto no es
un principio egoísta, es un verdadero principio apostólico. Pueden salvar a los
demás, servir a la obra de la salvación solamente quienes asumen hondamente la
responsabilidad de la propia alma, de la propia vida eterna.
Es éste un principio de la fe: para hacer apostolado, hay que comenzar con una
fe y hay que llegar a una fe. Comenzar con una fe dispuesta a ir con Jesús,
seguir a Jesús como apóstoles y luego terminar con una fe madura. Apostolado en todas sus formas, en todos sus aspectos; también ese apostolado moderno
a que os dedicáis, el apostolado de la prensa, es un fruto maduro, un fruto de
la madurez de la fe, de la fe auténtica, de la fe que cada vez se hace más
madura y apostólica en el amor,
Para hacer todo esto, para cumplir también lo que es el objetivo de vuestras
reuniones, hay que volver a estas raíces, a estos principios, a estas
dimensiones de la vida religiosa personal y comunitaria; a estos principios
que son evidentes y que no pueden ser sustituidos por otros. Si son sustituidos
por otros, no es ya la misma realidad, no es ya la misma vocación.
Se advertía, en las palabras de vuestro superior general, una gran
responsabilidad y quizá también un temor, temor debido al momento histórico, no
diría de vuestra familia religiosa, sino al momento histórico de la Iglesia. He
hablado durante la Cuaresma sobre las tentaciones, sobre las tentaciones que
vive la Iglesia. Son diversas. Entre ellas, está también esa ya muy conocida y
perfectamente determinada en las palabras de San Pablo: No os hagáis semejantes
al mundo, no tratéis de haceros semejantes al mundo. Lo que quiere decir que
debéis tratar de hacer al mundo semejante a la Palabra Eterna. Esto es lo
esencial. Y si se aceptan estas palabras en toda su verdad y con toda caridad,
se sabrá muy bien lo que hay que hacer para poner al día también vuestros
estatutos, para dar una dimensión postconciliar a vuestro apostolado, a vuestra
identidad religiosa. No tengáis miedo de quedar retrasados, no tengáis miedo.
Ese miedo es una tentación. No tengáis miedo de ser juzgados como poco modernos,
poco al corriente del progreso. Es siempre un problema actual. El Vaticano II
nos ha hablado del verdadero progreso en la fe y eso es lo que se debe buscar.
Pero sobre esta palabra "progreso" se dan interpretaciones diversas, diversos
significados que no son los justos, que no son los del Vaticano II y tampoco
los de San Pablo. No sé si he interpretado bien ese temor de responsabilidad
que me ha parecido ver en las palabras de vuestro nuevo superior general.
Quizá lo he entendido bien. Si he entendido bien, ha aceptado esa
responsabilidad. Para confirmación de todo esto, de estos votos, y en señal de
mi simpatía, porque simpatizo con ese apostolado —gracias a Dios que hay
iniciativas semejantes, hace falta que siga habiéndolas e incluso que se
multipliquen en la Iglesia— imparto a vosotros y a todos vuestros hermanos, a
toda la inmensa obra de don Alberione (diez familias, diez ramas) mi bendición
apostólica.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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