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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LAS OTRAS CONFESIONES
CRISTIANAS

Nunciatura de Kinshasa (Zaire)
Sábado 3 de mayo de 1980

 

Queridos amigos en Cristo:

:l. Me complace grandemente poder encontrarme con vosotros esta tarde y saludaros a todos en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Gracias por vuestra presencia. Sentimos el gozo de hallarnos juntos, reunidos por nuestro amor al Señor, el cual, en la noche del Jueves Santo, rogó para que todos cuantos creen en El sean uno. Nosotros, por tanto, le pediremos que haga que todos los que se precian de su nombre sean plenamente fieles a la llamada de la gracia y se encuentren un día en su única Iglesia.

2. Hemos de ciar gracias al Señor porque los contrastes del pasado han cedido el sitio a un esfuerzo de acercamiento fundado sobre la mutua estima, la búsqueda de la verdad y la caridad. Buena señal de ello es nuestra reunión de esta tarde. Sabemos, sin embargo, que el fin magnífico que buscamos para obedecer al mandato del Señor, no se ha logrado todavía. Para conseguirlo, es necesaria, con la gracia de Dios, "la conversión del corazón y la santidad de vida" que constituyen, con la oración por la unidad, como ha subrayado el Concilio Vaticano II. "el alma del Movimiento ecuménico" (Unitatis redintegratio, 3).

Toda iniciativa en orden a la unidad será vana si está privada de este fundamento, si no está basada en la búsqueda incesante y a veces dolorosa de la plena verdad y de la santidad. Esta búsqueda,
efectivamente, nos acerca a Cristo y, mediante El, nos acerca realmente los unos a los otros.

Ya sé, y me alegro de ello, que existen ya diversas formas de colaboración, al servicio del Evangelio, entre las diferentes Iglesias y comunidades cristianas de vuestro país; tal empeño es un signo del testimonio que todos cuantos se proclaman cristianos quieren dar sobre la acción salvífica de Dios, que se realiza en el mundo; y es también un verdadero paso hacia la unidad que pedimos en nuestra oración.

3. Desde mi elección como Obispo de Roma, he reafirmado muchas veces. como sabéis, mi ardiente deseo de ver la Iglesia católica entrar plenamente en la santa obra que tiene por objetivo la restauración de la unidad. Espero que mi presencia hoy entre vosotros sea considerada como un signo de este empeño. Ciertamente, los diferentes países y las diferentes regiones tienen su propia historia religiosa y por eso las modalidades del Movimiento ecuménico pueden ser diversas, pero su imperativo esencial es el mismo: la búsqueda de la verdad en su mismo centro, en Cristo. Es El a quien debemos buscar ante todo para encontrar en El la verdadera unidad.

Queridos amigos en el Señor: Yo os agradezco nuevamente de todo corazón el que estéis aquí conmigo hoy. Que pueda el encuentro de esta tarde ser un signo de nuestro deseo de que llegue el día feliz que pedimos en nuestra oración: ese día en que, por obra del Espíritu Santo, seamos verdaderamente uno, "a fin de que el mundo crea" (Jn 17. 21).

Al rogar esta tarde por la unidad, por la reunificación de todos cuantos creen en Cristo, dentro de su única Iglesia, no podernos hacer nada mejor que tornar las propias palabras del Señor la noche del Jueves Santo, después de haber orado especialmente por sus Apóstoles:

"Pero no ruego sólo por éstos, sino por cuantos crean en Mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, para que también ellos sean en nosotros y el mundo crea que Tú me has enviado" (Jn 17, 20-21).

Todos juntos, pidamos al Padre de Nuestro Señor Jesucristo que nos conceda hacer su voluntad:

Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu nombre,
venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad
así en la tierra como en el cielo.
El pan nuestro de cada día
dánosle hoy. Y perdónanos nuestras deudas
así como nosotros perdonamos
a nuestros deudores.
Y no nos dejes caer en la tentación,
más líbranos del mal.
Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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