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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LAS RELIGIOSAS REUNIDAS EN EL CARMELO DE KINSHASA


Sábado 3 de mayo de 1980

 

Queridas hermanas:

¡Demos gracias a Dios, nuestro Padre, por su Hijo Jesús, nuestro Señor, en el Espíritu que habita en nuestros corazones, por la enorme dicha de este encuentro y por los frutos que de él emanarán para vuestras respectivas comunidades y para la vida de la Iglesia que está en África!

1. En estos momentos privilegiados, olvidad vuestras particularidades legítimas para sentir profundamente la pertenencia única a un mismo Dios y Padre, recordada con tanta emoción por el Apóstol Pablo en su Carta a los Efesios: "Sólo un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos" (Ef 4, 5-6). Permitidme animaros a celebrar íntimamente y con fervor el aniversario de vuestro nacimiento a la vida divina por la gracia del bautismo, como el acontecimiento más importante de vuestra existencia y el más significativo de vuestra vocación cristiana a la fraternidad. Llegadas a la vida religiosa desde medios sociales, países, e incluso desde continentes muy distintos, vivís en comunidades para testimoniar —en contraste con los nacionalismos, los prejuicios y a veces los odios— la posibilidad y la realidad de esta fraternidad universal, a la que todos los pueblos aspiran de un modo confuso. Sois hermanas también, porque todas habéis oído la misma llamada evangélica: "Si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y ven y sígueme" (Mt 19, 21). Esta llamada única en su fuente divina supone otra exigencia —sea que os dediquéis a la contemplación o que estéis entregadas a las tareas directas de la evangelización— para que os mostréis extremamente fraternales entre vosotras, así como entre las congregaciones y para que os ayudéis mutuamente cada vez más en tres planos que me parecen esenciales: la visión justa y el cumplimiento valiente de vuestra consagración, el deseo de participar en la misión de la Iglesia, y la búsqueda de una sólida formación espiritual y de una apertura juiciosa a las realidades de vuestra época y de los ambientes en que vivís.

2. Con pocas palabras, el Concilio Vaticano II define la vida consagrada como "un don divino. que la Iglesia recibió de su Señor y que con su gracia conserva siempre" (Lumen gentium, 43). Sin ignorar las sombras de la historia bimilenaria del Pueblo de Dios, se puede afirmar que la mujer, por su parte, ha respondido magníficamente a las llamadas de Cristo a la plenitud evangélica del don de sí mismo.

Parece que hay, en la feminidad del cuerpo y del corazón, una disposición singular a hacer de la vida una oblación real a Cristo como al único Esposo. Precisamente esta feminidad —que a menudo la opinión pública considera locamente sacrificada en la vida religiosa—, de hecho, se vuelve a encontrar y se dilata en un nivel superior: el del reino de Dios. Por ejemplo, la fecundidad física, que ocupa un lugar tan importante en la tradición africana, así como el apego a la familia, son valores que pueden ser vividos por la religiosa africana en el seno de una comunidad mucho más amplia y renovada sin cesar, y en beneficio de una fecundidad espiritual absolutamente maravillosa. Desde esta perspectiva es desde donde la castidad religiosa, fielmente observada, adquiere todo su relieve de amor preferencial al Señor y de disponibilidad total hacia. los demás. Igualmente numerosas africanas que han entrado en la vida religiosa tratan de dar al voto de pobreza un rostro nuevo y más adaptado a los ambientes de los que ellas salieron. Procuran vivir del fruto de su trabajo y compartir sin cesar este fruto con los demás. Permaneciendo rigurosamente fieles a la auténtica concepción de la obediencia religiosa —que es siempre el sacrificio de la propia voluntad— numerosas hermanas se esfuerzan por vivir ésta en diálogo confiado con sus responsables, en quienes ven una presencia de Cristo. Este nuevo aspecto se halla en consonancia con la dignidad y la promoción de la mujer en nuestro tiempo.

Al hablaros de este modo, queridas hermanas, quisiera ayudaros a discernir bien o a volver a discernir lo esencial de vuestro estado religioso: la consagración total y definitiva de vuestro yo profundo y de vuestras capacidades femeninas a Cristo y a su Reino. Nos encontramos en el corazón mismo del misterio de vuestra vida, difícil de comprender sin la fe. Misterio que sobrepasa todo lo demás: la capacitación y el logro de diplomas, la distribución de funciones y responsabilidades, los cuidados de asistencia o de implantación, los problemas estructurales y de observancia. En una palabra, vuestra consagración, radicalmente vivida, es algo esencialísimo en vuestro estado religioso, la roca permanente, que permite a las congregaciones y a sus miembros hacer frente a las adaptaciones exigidas por las circunstancias sin correr el riesgo de desvirtuar o traicionar el carisma con que Cristo ha dotado a su Iglesia.

3. Sólidamente enraizadas en las exigencias prioritarias de vuestra donación total, autentificada por la Iglesia, vuestra vida sólo puede consumirse al servicio de esta Iglesia por la que Cristo se entregó (cf. Ef 5, 25).

La misión de la Iglesia es ante todo profética. Anuncia a Cristo a todas las naciones (cf. Mt 28, 19-20) y les transmite su mensaje de salvación. Esto es lo que en primer lugar pone en juego vuestro estilo de vida personal y comunitario (cf. Evangelii nuntiandi, 14). ¿Es verdaderamente iluminador (cf. Mt 5, 16) y profético? El mundo actual espera por todos lados, quizás de un modo confuso, vidas consagradas que anuncien, con actos más que con palabras, a Cristo y al Evangelio. ¡La Epifanía del Señor, que en África os gusta celebrar, depende de vosotras! La Iglesia profética cuenta con vosotras también aquí, como en otros continentes, para participar con ardor en su inmensa labor catequética. En todos los lugares se esperan hermanas catequistas y hermanas dedicadas a la formación de catequistas laicos. ¿Están seguras de ser fieles a su consagración las religiosas que, por afirmar la propia personalidad, abandonan demasiado fácilmente esta tarea eclesial prioritaria? Sé que los esfuerzos y los resultados de la enseñanza catequética en África son notables. Pero es necesario continuarlos y extenderlos. Los cristianos de todas las edades y de todos los ambientes tienen necesidad de ser acompañados para hacer frente a los cambios socio-culturales de vuestro tiempo. Os pido, hermanas, que ante todo sigáis colaborando en la misión profética de la Iglesia.

La evangelización de sí mismo y de los demás, aboca al culto divino. La Iglesia tiene así una vocación sacerdotal a la que vosotras os halláis íntimamente asociadas. Tras los pasos de San Benito, o de San Bernardo, de Santa Clara de Asís o de Santa Teresa de Ávila, las monjas de clausura asumen a tiempo completo, en nombre de la Iglesia, este servicio de la alabanza divina y la intercesión. Esta forma de vida es también un apostolado de gran valor eclesial y redentor, que Santa Teresa del Niño Jesús ilustró magníficamente en el curso de su breve existencia en el Carmelo de Lisieux. No olvidemos que el Papa Pío XI la proclamó "Patrona de las misiones". Expreso, por tanto, mis más vivas palabras de ánimo a las contemplativas que están en tierra africana y pido a Dios que sus monasterios se llenen de vocaciones seriamente motivadas. ¿Cómo iba a olvidar a las hermanas enfermas, a las que padecen y a las ancianas? A lo largo del día y a menudo durante la noche, pues el sueño es difícil, ellas presentan al Señor la oblación silenciosa de sus oraciones casi ininterrumpidas, de sus sufrimientos físicos o morales, de su "fiat" a la voluntad divina. También ellas son el pueblo sacerdotal que Cristo se ha adquirido por la sangre de la cruz. Con El, ellas salvan al mundo. Respecto a las religiosas que ejercen un apostolado directo en las ciudades y poblados, la Iglesia, en la persona de los obispos y los sacerdotes, espera mucho de sus capacidades y de su celo para la animación de las asambleas cristianas. La iniciación al sentido profundo de la liturgia, para la celebración de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, como la formación de los niños y los adultos para la oración personal, para la ofrenda generosa de su vida diaria, en unión con la de Cristo (cf. 1 Pe 2, 4-10), constituye un campo extremamente importante en el que podéis aplicar de un modo excelente vuestras cualidades pedagógicas, vuestro sentido innato del misterio de Dios y vuestra propia generosidad en la oración. El fervor del Pueblo de Dios, que celebra a su Señor, depende mucho de vosotras.

Finalmente, la misión de la Iglesia es real. Es ante todo el obispo quien debe velar por el crecimiento y la unidad de la fe, así como por la fraternidad del amor en su diócesis. El es quien ordena y estimula las actividades apostólicas. No obstante, dentro del Pueblo de Dios, invitado todo él a dedicar sus fuerzas y sus talentos específicos en los diversos sectores pastorales de la vida de las diócesis y de las parroquias, las religiosas tienen ciertamente su lugar (cf. Evangelii nuntiandi, 69). Dejo a los obispos africanos el cuidado de discernir con sabiduría los signos de los tiempos en sus propias diócesis y de ver concretamente, con las diversas congregaciones, el modo de que las religiosas se puedan integrar hoy más eficazmente en las actividades pastorales de la Iglesia diocesana. Permitidme, sin embargo, subrayar aquí que vuestros dones femeninos os orientan a ejercer junto a las jóvenes y mujeres africanas el preciosísimo papel de "consejeras", de modo análogo al servicio que llevan a cabo las "madres de los poblados".

4, Queridas hermanas: No quisiera terminar este encuentro paternal sin animaros vivamente a permanecer siempre a la búsqueda de la profundización espiritual y de la formación humana, con el fin de ser cada vez "más mujer" y "más religiosa".

Colaborad entre casas religiosas y entre congregaciones, para organizar tiempos y lugares de silencio y de meditación, procurando fomentar reuniones de espiritualidad, de teología y de pastoral. Animaos unas a otras a participar en ellas. Ayudaos unas a otras a asumir los gastos ocasionados por estos retiros y sesiones. Debe ser manifiesto vuestro testimonio de amor fraterno. Junto con vuestros responsables diocesanos, cuidad de invitar a guías seguros y competentes. El mismo Jesús utilizó aquel proverbio: ¡Por sus frutos se conoce el árbol! Con calma y sentido común examinad siempre a qué os conducen estos retiros y reuniones ¿A una mayor intimidad con el Señor? ¿A una mayor fuerza y transparencia evangélica? ¿A un mayor amor fraternal? ¿A una mayor pobreza personal y comunitaria? ¿A compartir más lo que vosotras sois y lo que tenéis con los más desheredados? ¿A un celo mayor en favor de la misión de la Iglesia? En ese caso los medios elegidos eran seguros y fueron utilizados con seriedad. Si no fue así, entonces hay que cambiarlos antes de que sea demasiado tarde.

5. Por el hecho de ser religiosas hoy, es indispensable que veléis por vuestra formación humana, incluso si sois contemplativas, que conozcáis suficientemente la vida y los problemas de los hombres de hoy, sobre todo si tenéis la misión de anunciar el Evangelio. Jóvenes y adultos son sensibles al talante humano de aquellos que han "perdido y ganado todo" para seguir a Cristo! En este nivel de la obligación de formaros e informaros, examinad con lealtad dónde os encontráis: la regla de oro consiste en la subordinación constante de vuestras adquisiciones humanas a la misión privilegiada que Cristo os ha confiado en su Iglesia, para la salvación de vuestros hermanos los hombres.

Queridas hermanas: Sé que rezáis mucho por mí, y os lo agradezco desde lo profundo del corazón. A cambio os aseguro que las religiosas del mundo entero tienen un lugar privilegiado en mi vida y en mi oración de cada día. ¡Todas vosotras constituís mi afán y mi alegría, mi apoyo y mi esperanza! ¡Que el Señor os confirme en vuestra consagración y en vuestra misión para gloria suya y para el mayor bien de vuestras diócesis africanas y de toda la Iglesia!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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