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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

PLEGARIA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
ANTE LA TUMBA DE LOS MISIONEROS
EN EL CEMENTERIO DE MAKISO


 Kisangani, Zaire,
Martes 6 de mayo de 1980

 

En este cementerio, de rodillas ante la tumba de los misioneros que vinieron de lejos, elevamos hasta Ti, Señor, nuestra oración.

¡Bendito seas, Señor, por el testimonio de tus misioneros! Tú pusiste en su corazón la idea de abandonar para siempre su tierra, su familia, su patria, para venirse a este país, desconocido hasta entonces para ellos, y proponer el Evangelio a quienes ellos consideraban ya como hermanos.

Bendito seas, Señor, por haber sostenido su fe y su esperanza, en el momento de la siembra, y a lo largo de todo su trabajo apostólico; por haberles dado resistencia y aguante en las fatigas, en las dificultades, las penas y los sufrimientos de toda clase.

Bendito seas, Señor, por haber hecho fuerte su amistad y su confianza en los hijos de este pueblo, hasta el punto de considerarles enseguida capaces también a ellos de una vida de bautizados y de abrirles el camino a la vida religiosa, a la preparación sacerdotal, con la firme voluntad de fundar, con ellos y para ellos, una Iglesia local, cuyos frutos recogemos ahora.

Bendito seas, Señor, por todas las gracias que se han derramado a través de su palabra, de sus manos, de su ejemplo.

Hasta el último momento consagraron su vida a la misión, y han dejado a esta tierra sus restos mortales; algunos, después de una vida que el trabajo hizo más breve, otros, después de haber arriesgado y ofrecido su vida como mártires de la fe. Tenía que caer en tierra el grano de trigo y morir para que diera mucho fruto.

Señor, haz que la Iglesia regada con su sudor y su sangre llegue a su plena madurez. Gracias a ellos, otros pueden hoy recoger entre cantares lo que ellos sembraron con lágrimas. Que entre los hijos e hijas de este país surjan muchos que tomen el relevo, a fin de que sea glorificado tu nombre en esta tierra africana.

No permitas que estos precursores del Evangelio se nos borren de la memoria del corazón y de la plegaria. Esperamos que les hayas acogido en tu paraíso, perdonándoles las debilidades que hayan podido marcar su vida, como humanos que eran. Concédeles la recompensa de los servidores buenos y fieles. Que entren en la alegría de su Señor. Dales el descanso eterno y que tu luz brille sobre ellos por siempre. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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