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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS, SACERDOTES Y FIELES
REUNIDOS EN LA CATEDRAL DE NAIROBI

Martes 6 de mayo de 198
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Eminencia, celoso Pastor de esta amada Iglesia de Nairobi,
venerables hermanos en el Episcopado,
hijos e hijas de Kenia,
hermanos y hermanas míos en Cristo:

1. Mi primer deseo en esta casa de Dios es expresar la alabanza de la Iglesia al Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha congregado en torno a su Hijo, haciendo descender su Espíritu Santo en medio de nosotros; con las palabras del Apóstol Pedro: "Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos reengendró a una viva esperanza por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos..." (1 Pe 1, 3).

2. Hoy, en esta catedral dedicada a la Sagrada Familia —a Jesús, María y José—, todos nosotros comprendemos que juntos formamos el Cuerpo de Cristo, juntos somos la Iglesia. Todos los que vivimos en Cristo somos una Iglesia viva, un edificio espiritual, construido con piedras vivas. Somos uno con todos nuestros hermanos y hermanas de aquí, de Kenia, y de todo el mundo; somos uno en la Comunión de los Santos, uno con los vivos y los muertos, nuestros familiares, nuestros antepasados, aquellos que nos trajeron la Palabra de Dios y cuya memoria se halla grabada para siempre en nuestros corazones.

Hoy, de un modo particular, formamos una comunión de fe y amor, al confesar a Jesucristo como el Hijo de Dios, el Señor de la historia, el Redentor del hombre y el Salvador de todo el mundo. Formamos una comunidad unida, que vive, en el misterio de la Iglesia, la vida del Cristo crucificado y resucitado. Somos un pueblo redimido por la preciosa sangre de Jesucristo, y por eso su alabanza está en nuestro corazón y en nuestros labios. Todo ello encuentra su expresión en nuestro Aleluya pascual. Constituimos, hoy como entonces, la sagrada familia esparcida, llamada a construir y agrandar el edificio de la justicia y la paz y la civilización del amor.

3. Por esta razón estamos llamados a vivir una vida digna de nuestra vocación como miembros del Cuerpo de Cristo y como hermanos y hermanas de Cristo, según nuestra dignidad y obligación cristiana de caminar humilde y pacíficamente juntos a lo largo del sendero de la vida. El mismo Jesús nos exhorta a ser, con nuestras vidas, la sal de la tierra y la luz del mundo. Con El os digo: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 5, 16),

4. Cada uno de nosotros posee un lugar único en la comunión de la única Iglesia universal, extendida por toda África y el mundo entero. Vosotros, los laicos, que seguís una vocación de santidad y amor, tenéis una responsabilidad particular en la consagración del mundo. A través de vosotros el Evangelio puede alcanzar todos los estratos de la sociedad. A imitación de la Sagrada Familia, vosotros, padres e hijos, debéis construir una comunidad de amor y comprensión, en la que las alegrías, esperanzas y penas de la vida sean compartidas y ofrecidas a Dios en oración. Vosotros, los matrimonios, debéis ser el signo del amor fiel e indisoluble de Dios a su pueblo, y del amor de Cristo a su Iglesia. Sois vosotros quienes tenéis la gran misión de transmitiros a Cristo entre vosotros y a vuestros hijos, y de este modo vosotros sois sus primeros catequistas. Saludo también a todos los catequistas que sirven a la Iglesia de Dios con tanta dedicación. Y vosotros, jóvenes que os preparáis para el sacerdocio o la vida religiosa, estáis llamados a confiar en el poder de la gracia de Cristo en vuestras vidas. El Señor os necesita para llevar a cabo su obra redentora entre vuestros hermanos y hermanas.

Vosotros, religiosos y religiosas, con vuestra profesión de los consejos evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, estáis llamados a dar un testimonio efectivo del Reino de Cristo, cuya plenitud se revelará tan sólo en la llegada de nuestro Señor Jesucristo. Estáis llamados a ser, con una vida de alegre consagración y compromiso permanente, un signo de la santidad de la Iglesia, y por tanto un signo de aliento y esperanza para todo el Pueblo de Dios. Más aún, estáis en una posición óptima para contribuir abundantemente al apostolado de la Iglesia por medio de vuestras actividades y vuestra vida de oración. Al llevar a cabo esta misión, vuestro trabajo será efectivo en la medida que permanezcáis unidos a los obispos y trabajéis en estrecha unión con ellos. Y vosotros, hermanos míos en el sacerdocio, poseéis la misión de proclamar la salvación, de construir la Iglesia por medio del sacrificio eucarístico; poseéis una vocación de especial comunión con Cristo, ofreciendo vuestras vidas célibes a fin de ser como Jesús, el Buen Pastor, en medio ele vuestro pueblo, el pueblo de Kenia.

Y finalmente, mis queridos hermanos obispos, vosotros, en unión con todo el Colegio Episcopal, que a su vez está unido al Sucesor de Pedro, vosotros estáis llamados a ejercer la guía pastoral de todo el rebaño en el nombre de Jesucristo, "el Pastor soberano" (1 Pe 5, 4); os corresponde, por tanto, una función especial de servicio. Vosotros sois los guardianes elegidos de la unidad que hoy vivimos y experimentamos, puesto que sois los guardianes de la Palabra de Dios sobre la que se basa toda unidad, Y, de un modo particular, querido cardenal Otunga, por razón de su eminente posición, usted es en sí mismo un vínculo visible con la Sede de Roma y un signo excepcional de la unidad católica dentro de su Iglesia local. Le estoy profundamente agradecido por su fidelidad y por su admirable colaboración.

5. Por eso, como pueblo redimido, Cuerpo de Cristo uno, mantengámonos firmes, unidos en la fe de nuestro Señor Jesucristo, reconociéndole como "Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero". Con San Pedro, digamos a Jesús: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Y aún: "Tú tienes palabras de vida eterna' (Jn 6, 68).

Por mi parte, como Sucesor de Pedro, he venido hoy a vosotros para repetir las palabras de vida eterna de Cristo, para proclamar este mensaje de salvación y esperanza, y para ofreceros a todos vosotros su paz:

"La paz a todos vosotros, los que estáis en Cristo" (1 Pe 5, 14).

Paz a los vivos.

Paz a los muertos, a todos aquellos que nos han precedido en el signo di la fe.

Paz a toda Kenia.

Paz a toda África, la paz de Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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