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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA
ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS, SACERDOTES Y FIELES
REUNIDOS EN LA CATEDRAL DE NAIROBI
Martes 6 de mayo de 1980
Eminencia, celoso Pastor de esta amada Iglesia de Nairobi,
venerables hermanos
en el Episcopado,
hijos e hijas de Kenia,
hermanos y hermanas míos en Cristo:
1. Mi primer deseo en esta casa de Dios es expresar la alabanza de la Iglesia al
Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha congregado en torno a su Hijo,
haciendo descender su Espíritu Santo en medio de nosotros; con las palabras del
Apóstol Pedro: "Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su
gran misericordia nos reengendró a una viva esperanza por la resurrección de
Jesucristo de entre los muertos..." (1 Pe 1, 3).
2. Hoy, en esta catedral dedicada a la Sagrada Familia —a Jesús, María y José—,
todos nosotros comprendemos que juntos formamos el Cuerpo de Cristo, juntos
somos la Iglesia. Todos los que vivimos en Cristo somos una Iglesia viva, un
edificio espiritual, construido con piedras vivas. Somos uno con todos
nuestros hermanos y hermanas de aquí, de Kenia, y de todo el mundo; somos uno
en la Comunión de los Santos, uno con los vivos y los muertos, nuestros
familiares, nuestros antepasados, aquellos que nos trajeron la Palabra de Dios
y cuya memoria se halla grabada para siempre en nuestros corazones.
Hoy, de un modo particular, formamos una comunión de fe y amor, al confesar a
Jesucristo como el Hijo de Dios, el Señor de la historia, el Redentor del hombre
y el Salvador de todo el mundo. Formamos una comunidad unida, que vive, en el
misterio de la Iglesia, la vida del Cristo crucificado y resucitado. Somos un pueblo redimido por la preciosa sangre de Jesucristo, y por eso
su alabanza está en nuestro corazón y en nuestros labios. Todo ello encuentra
su expresión en nuestro Aleluya pascual. Constituimos, hoy como entonces, la
sagrada familia esparcida, llamada a construir y agrandar el edificio de la
justicia y la paz y la civilización del amor.
3. Por esta razón estamos llamados a vivir una vida digna de nuestra vocación
como miembros del Cuerpo de Cristo y como hermanos y hermanas de Cristo, según
nuestra dignidad y obligación cristiana de caminar humilde y pacíficamente
juntos a lo largo del sendero de la vida. El mismo Jesús nos exhorta a ser, con nuestras vidas, la sal de la
tierra y la luz del mundo. Con El os digo: "Así ha de lucir vuestra luz ante
los hombres, para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro
Padre, que está en los cielos" (Mt 5, 16),
4. Cada uno de nosotros posee un lugar único en la comunión de la única Iglesia
universal, extendida por toda África y el mundo entero. Vosotros, los laicos,
que seguís una vocación de santidad y amor, tenéis una responsabilidad
particular en la consagración del mundo. A través de vosotros el Evangelio puede alcanzar todos los estratos de la
sociedad. A imitación de la Sagrada Familia, vosotros, padres e hijos, debéis
construir una comunidad de amor y comprensión, en la que las alegrías,
esperanzas y penas de la vida sean compartidas y ofrecidas a Dios en oración.
Vosotros, los matrimonios, debéis ser el signo del amor fiel e indisoluble de
Dios a su pueblo, y del amor de Cristo a su Iglesia. Sois vosotros quienes
tenéis la gran misión de transmitiros a Cristo entre vosotros y a vuestros
hijos, y de este modo vosotros sois sus primeros catequistas. Saludo también a
todos los catequistas que sirven a la Iglesia de Dios con tanta dedicación. Y
vosotros, jóvenes que os preparáis para el sacerdocio o la vida religiosa,
estáis llamados a confiar en el poder de la gracia de Cristo en vuestras
vidas. El Señor os necesita para llevar a cabo su obra redentora entre vuestros
hermanos y hermanas.
Vosotros, religiosos y religiosas, con vuestra profesión de los consejos
evangélicos de castidad, pobreza y obediencia, estáis llamados a dar un
testimonio efectivo del Reino de Cristo, cuya plenitud se revelará tan sólo en
la llegada de nuestro Señor Jesucristo. Estáis llamados a ser, con una vida de
alegre consagración y compromiso permanente, un signo de la santidad de la
Iglesia, y por tanto un signo de aliento y esperanza para todo el Pueblo de
Dios. Más aún, estáis en una posición óptima para contribuir abundantemente al
apostolado de la Iglesia por medio de vuestras actividades y vuestra vida de
oración. Al llevar a cabo esta misión, vuestro trabajo será efectivo en la
medida que permanezcáis unidos a los obispos y trabajéis en estrecha unión con
ellos. Y vosotros, hermanos míos en el sacerdocio, poseéis la misión de
proclamar la salvación, de construir la Iglesia por medio del sacrificio
eucarístico; poseéis una vocación de especial comunión con Cristo, ofreciendo
vuestras vidas célibes a fin de ser como Jesús, el Buen Pastor, en medio ele
vuestro pueblo, el pueblo de Kenia.
Y finalmente, mis queridos hermanos obispos, vosotros, en unión con todo el
Colegio Episcopal, que a su vez está unido al Sucesor de Pedro, vosotros estáis
llamados a ejercer la guía pastoral de todo el rebaño en el nombre de
Jesucristo, "el Pastor soberano" (1 Pe 5, 4); os corresponde, por tanto, una
función especial de servicio. Vosotros sois los guardianes elegidos de la
unidad que hoy vivimos y experimentamos, puesto que sois los guardianes de la
Palabra de Dios sobre la que se basa toda unidad, Y, de un modo particular,
querido cardenal Otunga, por razón de su eminente posición, usted es en sí
mismo un vínculo visible con la Sede de Roma y un signo excepcional de la
unidad católica dentro de su Iglesia local. Le estoy profundamente agradecido
por su fidelidad y por su admirable colaboración.
5. Por eso, como pueblo redimido, Cuerpo de Cristo uno, mantengámonos firmes,
unidos en la fe de nuestro Señor Jesucristo, reconociéndole como "Dios de Dios,
Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero". Con San Pedro, digamos a Jesús:
"Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo" (Mt 16, 16). Y aún: "Tú tienes
palabras de vida eterna' (Jn 6, 68).
Por mi parte, como Sucesor de Pedro, he venido hoy a vosotros
para repetir las palabras de vida eterna de Cristo, para proclamar este mensaje
de salvación y
esperanza, y para ofreceros a todos vosotros su paz:
"La paz a todos vosotros, los que estáis en Cristo" (1 Pe 5, 14).
Paz a los vivos.
Paz a los muertos, a todos aquellos que nos han precedido en el signo di la fe.
Paz a toda Kenia.
Paz a toda África, la paz de Cristo Jesús, Señor nuestro. Amén.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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