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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

CEREMONIA DE DESPEDIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

 Aeropuerto de Bangboka, Kisangani, Zaire
Martes 6 de mayo de 1980

 

Señor Comisario de Estado,
Señor cardenal,
Excelencias,
queridos hermanos y hermanas:

¡Alabado sea Dios!

1. Estas jornadas transcurridas en la tierra del Zaire me han permitido tomar contactos muy agradables y muy provechosos con la población de este país, con sus jefes religiosos y civiles, con las diferentes categorías del Pueblo de Dios, obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas, familias, laicos comprometidos en los diferentes Movimientos apostólicos, catequistas, estudiantes, jóvenes; con los misioneros, con los ciudadanos y ciudadanas de las grandes ciudades y los del mundo rural que habían acudido a ellas. He debido limitarme a dos zonas características: las de Kinshasa y Kisangani. Yo sé que el inmenso Zaire comprende otras muchas regiones. Yo tendría que descubrir todavía muchas cosas aquí; pero debo partir, bien a mi pesar, hacia nuevos países africanos. Pero lo que he expresado durante mis encuentros o celebraciones, lo he dicho pensando en todos los católicos y en todos los habitantes de esta nación. Y quiero saludarles por última vez, con sentimientos de estima y todo el calor de mi afecto.

2. Os agradezco. señor Comisario de Estarlo, vuestra presencia y os ruego os hagáis intérprete de mi viva gratitud ante Su Excelencia el Señor Presidente de la República por la acogida afectuosa que se me ha dispensado y por todo el celo que se ha desplegado para velar por el buen desarrollo de mi visita. Doy también las gracias a los miembros del Gobierno y a todos sus funcionarios. Además, me ha alegrado mucho haberme podido entrevistar con las autoridades que tienen la gran responsabilidad del bien común de todo el país.

Doy las gracias al querido cardenal Joseph Malula que tan bien me acogió en Kinshasa y que, por su pertenencia al Sacro Colegio, ha establecido desde hace tiempo vínculos especiales con el Sucesor de Pedro y con la Iglesia que está en Roma. Doy las gracias a mons. Fataki, arzobispo de este lugar, a quien he tenido la alegría de volver a encontrar aquí, en su sede. Doy también las gracias a todos los demás obispos del Zaire, mis hermanos, con los que he vivido momentos de gran comunión, que van a prolongarse. Y, con ellos, las doy igualmente a los fieles del Zaire y a sus Pastores que han manifestarlo tanto interés por venir a encontrarse con el Papa, escucharle, rogar con él y testimoniarle su vitalidad religiosa.

3. El centenario de la evangelización nos ha permitido agradecer a Dios todo cuanto se ha realizarlo a partir de la siembra del Evangelio efectuada por valerosos misioneros. La Iglesia se ha engrandecido y ha florecido como un árbol bien arraigarlo en tierra zaireña. La savia es la de la Iglesia universal, porque no hay más que una sola fe, un solo bautismo, un solo Señor, un solo Espíritu, un solo Dios y Padre de todos. Pero sus frutos tienen también, y deben tenerlo el sabor de África y muy especialmente de este país y de las familias que lo componen. La comunidad católica está confiada a obispos nacidos en este territorio, en comunión con el Sucesor de Pedro.

4. Pero, como ya dije a mi llegada, a esta etapa debe seguir otra. Y no me refiero solamente a la de la perseverancia, ya de por sí meritoria. Hablo más bien de la del progreso en la fe y en la santidad. Cristo, presente entre vosotros, presente en vosotros, debe llegas hasta lo más profundo de vuestra alma africana, con su cultura —pensamiento sentimientos y aspiraciones humanas— para "salvarla", en el sentido con que Dios envió a su Hijo para "salvar" a mundo (cf. Jn 3, 17); es decir, para rescatarla, elevarla, transfigurarla. Es la obra del Redentor; pero todos y cada uno de vosotros tenéis en ella una parte de responsabilidad.

5. Mi última consigna será: vivid en la unidad, fortificad esta unidad. Y por ella desechad toda división. La pertenencia al mismo Cuerpo de Cristo no admite exclusiones, desprecios, ni odios. Invita a la colaboración, la paz y la fraternidad del amor. Sed artífices de paz. Hay quienes edifican la Iglesia. Hay también quienes contribuirán a edificar este bello y gran país, junto con los demás cristianos y los demás hombres de buena voluntad.

La unión con vuestros obispos será la garantía de vuestro progreso. Y también la unión con el Papa. En la memoria del corazón y de la oración, conservaréis el recuerdo de la cercanía excepcional de estos últimos días; estad seguros también de que yo rogaré constantemente por vosotros.

¡La paz sea con todos vosotros!

¡La paz reine en el Zaire!

Con mi afectuosa bendición apsotólica.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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