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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA COMUNIDAD CATÓLICA CONGREGADA EN LA CATEDRAL

Acra, Ghana
Jueves 8 de mayo de 198
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Venerados y queridos hermanos en el Episcopado,
amados hijos e hijas en Cristo:

1. Después de su Ascensión al cielo, Nuestro Señor Jesucristo envió el Espíritu Santo a los Apóstoles y a la Iglesia. El Espíritu Santo fue el primer don de Jesús a los que creen. Jesús mismo había anunciado la venida del Espíritu de Verdad, cuando dijo: "...El dará testimonio de mí, y vosotros daréis también testimonio" (Jn 15, 26-27).

Y hoy, aquí en Acra, en esta catedral dedicada al Espíritu Santo, nos hemos reunido para celebrar este misterio, esta gran realidad de la presencia del Espíritu Santo en la Iglesia, la presencia del Espíritu Santo que continúa dando testimonio de Jesús, y que suscita nuevos testigos entre los fieles de cada generación. Nosotros exultamos, sabiendo que el Espíritu Santo permanece con nosotros todavía, que une a la Iglesia en su comunión y en su ministerio (cf. Lumen gentium, 4). Exultamos porque a través del poder del Espíritu Santo se ha transmitido a lo largo de los siglos el gran mensaje vivificante de la muerte y de la resurrección de Jesús, y porque este mensaje in llegado también a Ghana.

2. Después de todos tos esfuerzos para la evangelización realizados en los siglos precedentes, dos sacerdotes generosos, el padre Moreau y el padre Murat, lograron, hace cien años, fundar la Iglesia católica en esta tierra. Alabemos la gracia de Dios que los trajo al pueblo de Ghana en ese día, el martes después de Pentecostés, en 1880. Y bendigamos la memoria de todos los misioneros que vinieron después, para dar testimonio de Cristo a través del poder de su Santo Espíritu. La semilla de la Palabra de Dios, sembrada en el suelo de Ghana, ha echado raíces; se ha convertido en un gran árbol, y ha producido frutos de santidad para la gloria de la Santísima Trinidad.

A pesar de las dificultades y las vicisitudes de la historia, el Evangelio se ha ofrecido libremente y libremente ha sido aceptado. El Reino de Dios fue predicado, y repetidamente la evangelización ha alcanzado su ápice dinámico en la "clara proclamación de que en Jesucristo, Hijo de Dios hecho hombre, muerto y resucitado, se ofrece la salvación a todos los hombres, como don de la gracia y de la misericordia de Dios" (Evangelii nuntiandi, 27).

La auténtica caridad de Cristo fue el motivo por el que tantas congregaciones misioneras enviaron, una tras otra a sus miembros para servir a Ghana y a su pueblo, y la misma auténtica caridad de Cristo fue el medio genuino que suscitó tan eficaces testigos del Evangelio. Sacerdotes, religiosas y hermanos vinieron para una misión de salvación y de servicio. Cada uno cumplió su papel. Todos juntos, mediante la potencia del Espíritu Santo, edificaron la Iglesia con palabras y obras, con oración y sacrificio. Más tarde aún, vinieron también misioneros laicos a dar testimonio de la naturaleza misionera universal de la Iglesia. Y todos estos obreros del Evangelio prestaron su servicio valientemente —y con la ayuda de Dios, continuarán trabajando generosamente— al lado de sus hermanos y hermanas de Ghana, en la mies de la Iglesia.

3. Pero el mismo Espíritu Santo que sostenía a esos abnegados misioneros, hacía surgir también nuevos discípulos de Cristo, vivificando la Iglesia local, y llamando también a sus miembros a participar en la gran obra de la evangelización. Por la fuerza del misterio pascual, el pueblo aceptaba la Palabra de Dios, creía y era bautizado; se alimentaba de la Eucaristía, y alcanzaba la madurez de la vida cristiana. Enteras comunidades cristianas aceptaban el desafío de "vivir una nueva vida" (Rom 6, 4) y de adherirse al desafío de las bienaventuranzas en su plenitud, El contacto misionero que comenzó con la simpatía humana y con la benevolencia llevaba finalmente a la plena floración de las parroquias, que se convertían en "la animadora de la catequesis y su lugar privilegiado" y en "una referencia importante para el pueblo cristiano" (Catechesi tradendae, 67).

Del corazón de estas parroquias y de las otras comunidades cristianas salían esos jóvenes generosos, atentos a responder a la llamada de Dios al sacerdocio y a la vida religiosa, para que ellos, junto con los laicos, pudieran desarrollar su misión especial en la única Iglesia de Dios, como "linaje escogido, sacerdocio regio, gente santa, pueblo adquirido por Dios" (1 Pe 2. 9).

En el tiempo oportuno, fueron elegidos obispos nativos para la guía pastoral del Pueblo de Dios. Con gratitud a lo que ya se había realizado en la obra de la evangelización, ellos entraron a formar parte de la continuidad de la sucesión apostólica. El hecho mismo de que hoy todos los obispos de este país sean autóctonos, es testimonio elocuente del éxito del trabajo realizado por los misioneros, y de la solidez de la implantación de la Iglesia en esta tierra. Demos gracias a Dios, de modo especial, por esto con ocasión de la celebración de este centenario.

4. El único Cuerpo de Cristo debía percibir igualmente su tarea común, su misión esencial, su más profunda identidad, como más tarde cuidadosamente definió así Pablo VI: "Evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación propia de la Iglesia" (Evangelii nuntiandi, 14). Sobre todo la difusión del Evangelio debía ir unida con el testimonio del amor, según las palabras de Cristo: "Este es mi precepto: que os améis unos a otros, como yo os he amado" (Jn 15, 12). En la observancia de este mandamiento cada comunidad cristiana encuentra su base segura. Y el amor al que están llamados todos los cristianos es la escala por medio de la cual cada generación sube hacia Dios y hacia la vida eterna.

5. Vosotros, hermanos míos en el sacerdocio, al servicio de vuestros hermanos y hermanas del laicado, llamados todos a la santidad de vida, testigos todos del Reino de Dios, vosotros tenéis la misión particular de proclamar el Evangelio en su momento más solemne, o sea, durante la celebración de la Eucaristía, en la que se renueva la obra de la redención. Vosotros participáis de manera muy especial en la misión de Jesús, para bien de todo el Cuerpo de Cristo; vosotros participáis profundamente en el ardiente deseo de su alma: "Es preciso que anuncie el Reino de Dios..., para esto he sido enviado" (Lc 4, 43). Este es el motivo por el que habéis ofrecido vuestra vida en el celibato y en la caridad pastoral, para permanecer cercanos a vuestra gente, para conducirla por el camino de la salvación, edificando la Iglesia en la fe y en el amor, y en la unidad y en la paz de Cristo.

Y vosotros, religiosos y religiosas de Ghana, estáis llamados a servir a vuestros hermanos y hermanas a través de múltiples actividades, motivadas por el amor. Pero vuestra aportación mayor no es lo que hacéis, sino lo que sois. Por vuestra consagración al Señor Jesús mismo, mostráis que el Evangelio es la expresión máxima de todos los valores humanos, y que el amor de Jesucristo ocupa el primer lugar en la Iglesia peregrina. Sí: vuestra consagración es una expresión natural de la plena y sana vida de la Iglesia. La madurez de la vida eclesial en Ghana exige la oblación de vuestra vida, hecha con generosidad y vivida con perseverante caridad y alegría. Por esta inmolación de vosotros mismos para bien del Reino de Dios, llegáis a estar cada vez más íntimamente unidos con todo vuestro pueblo, compartiendo las esperanzas de su vida cotidiana, y ayudándole a realizar sus aspiraciones más profundas para la vida eterna.

Y a vosotros, seminaristas, digo esto, "Recordad que habéis sido llamados a estar muy cerca de Cristo. Habéis sido elegidos para ser sus amigos, sus compañeros, sus colaboradores en el misterio de la salvación. Para realizar todo esto, debéis orar, porque solamente en la oración adquiriréis el conocimiento de Jesús, llegaréis a amar a Jesús y a captar plenamente las necesidades de su pueblo. Vuestra formación en el seminario comprende muchas dimensiones. El bien del Pueblo de Dios exige que os preparéis intelectualmente en las ciencias eclesiásticas y profanas: que podáis captar a fondo vuestra propia cultura para poder informarla eficazmente con la Palabra de Dios. Pero todos vuestros estudios y todas vuestras actividades deben estar precedidas y seguidas por la oración. Sólo a través de la oración podrá vuestro amor a Cristo encontrar apoyo; sólo a través de la oración podrá ser coherente vuestra vida. Cuando el Papa regrese a Roma, recordad que os ha dicho esto: "No perdamos de vista a Jesús, que nos guía en nuestra fe, llevándola a la perfección" (cf. Heb 12, 2).

Cuando miro a la Iglesia en Ghana, no puedo menos de pronunciar una palabra especial sobre la familia. Puesto que cada persona nace en la comunidad, la familia constituye el fundamento sobre el que se construyen todas las comunidades. más amplias. Que cada familia sea una verdadera "Iglesia doméstica", una comunidad donde el Señor Jesús ocupe el puesto central, donde los niños aprendan a conocer y amar a Dios, y donde la oración sea la fuerza que la une. En esta comunidad de amor y de vida se decide el porvenir de la sociedad, se construye la paz del mundo.

6. Y juntamente con vuestros obispos y con la Iglesia en todas las partes del mundo, vosotros, fieles de Ghana —clero, religiosos, seminaristas y laicos todos— estáis llamados a vivir en la santidad, a dar testimonio de Cristo, a difundir la Buena Nueva de la salvación. La evangelización del mundo corresponde a cada uno de vosotros. Es la obra del Espíritu Santo; es El quien da testimonio de Jesús en esta nuestra época y quien confirma a todos sus miembros como testigos del Señor Jesús y de. su Evangelio de amor. Todos vosotros, en este año centenario de gracia, estáis llamados a escuchar las palabras de Cristo: "Así ha de lucir vuestra luz ante los hombres para que, viendo vuestras buenas obras, glorifiquen a vuestro Padre, que está en los cielos" (Mt 5, 16).

Queridísimos hermanos y hermanas: he aquí por qué he venido a Ghana: para dar testimonio de Cristo, que fue crucificado y resucitó de la muerte, y para deciros a todos vosotros que compartimos la misión común de llevar a Jesús al mundo.

En el desarrollar nuestra tarea de testimoniar a su Hijo, María, Madre de Jesús, nos asistirá. Ella es la Madre de todo el Cuerpo, así como es la Madre de la Cabeza. Ella es el auxilio de los cristianos: es la causa de nuestra alegría.

Sean siempre alabados y glorificados su Hijo Jesucristo y su Padre Eterno en la unidad del Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

Y no olvido a los cristianos de Togo, y a los cristianos de Benin, que han querido venir hasta aquí, con sus Pastores, para ver al Papa, para escuchar su palabra, para orar con él y darle testimonio de su afecto. Siento no haber podido visitar vuestros países y vuestras Iglesias esta vez. Ruego a Dios que os bendiga a vosotros y a vuestras familias, especialmente a quienes están en prueba, Y decid a vuestros compatriotas que el Papa piensa también en vuestras Iglesias, que ruega por ellas, apoyando el ministerio de vuestros obispos, que son mis hermanos. A cada uno de vosotros mi afecto y mi estímulo.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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