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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL
CUERPO DIPLOMÁTICO ACREDITADO EN ACRA*

Viernes 9 de mayo de 1980

 

Excelencias, señoras y señores:

I. Es para mí un gran placer reunirme con los Jefes de misión y con el Cuerpo Diplomático en esta capital de Acra. Me siento honrado por la cortesía que me manifestáis con vuestra presencia aquí, y deseo agradecer a Su Excelencia el Decano y al Cuerpo Diplomático, la gentileza que me ha demostrado. Después de una semana en África —un tiempo tan breve, pero tal lleno ya de recuerdos imborrables— deseo haceros partícipes de algunas impresiones y preocupaciones que he experimentado en mi primer contacto con el continente africano.

Al venir a África, por invitación de las autoridades civiles y de mis hermanos en el Episcopado, lo he hecho como Jefe de la Iglesia católica. Pero he venido aquí también como un siervo humilde a quien la Providencia de Dios ha confiado una misión hacia todo el género humano: la misión de proclamar la dignidad y la fundamental igualdad de todos los seres humanos y su derecho a vivir en un mundo de justicia y de paz, de fraternidad y solidaridad.

2. La finalidad de mi viaje es ante todo religiosa y espiritual. Deseo confirmar a mis hermanos obispos, al clero, a los religiosos, al laicado en su fe, en Dios Creador y Padre, y en el único Señor Jesucristo. Deseo también celebrar la fe común y la caridad que nos une, gozar con ellos en la comunión que nos vincula a todos juntos en una sola familia, en el Cuerpo místico de Cristo. Les traigo los saludos del Apóstol Pablo: "Os saludan todas las Iglesias de Cristo" (Rom 16, 16). Mi venida a la Iglesia que está en África quiere ser un testimonio de la universalidad de la Iglesia, disfrutando con las riquezas de sus varias expresiones. Porque "en el pensamiento del Señor es la Iglesia, universal por vocación y por misión, la que, echando sus raíces en la variedad de terrenos culturales, sociales, humanos toma en cada parte del mundo aspectos, expresiones externas diversas" (Evangelii nuntiandi, 62).

En virtud de su propia misión y de su propia naturaleza, la Iglesia no está vinculada a ninguna determinada forma de cultura ni a sistema alguno político, económico o social. Precisamente por su universalidad puede entrar en comunión con diversas culturas y realidades, dando lugar a un mutuo enriquecimiento (cf. Gaudium et spes, 58). En virtud de su misma universalidad es capaz también de crear un vínculo estrechísimo entre diversas comunidades humanas y entre naciones, con tal que éstas reconozcan y respeten su derecho a la libertad para cumplir su misión específica.

3. Creo que aquí tenemos una misión común. Cada uno de vosotros, como diplomático, sois enviados a representar y a promover los intereses de vuestros respectivos Estados. Como grupo, también sois portadores de una misión que trasciende las fronteras regionales y nacionales, porque también forma parte de vuestra misión promover una comprensión mejor entre los pueblos, una colaboración más estrecha a escala mundial: en una palabra, ser promotores de la unidad de todo el mundo. Esta es la grandeza de vuestra tarea: ser constructores de la paz y de la justicia internacional en una época que asiste, al mismo tiempo, a una creciente interdependencia y a una afirmación más fuerte de la identidad y dignidad de cada nación. Tarea noble, pero también difícil, la vuestra; mientras servís a vuestra nación, sois también los artífices del bien común de toda la familia humana, trabajando juntos por salvar la tierra para la humanidad, por asegurar que las riquezas del mundo lleguen a todo ser humano, sin excluir a esos hermanos y hermanas nuestros que ahora están alejados de ellas a causa de la injusticia social. Como diplomáticos estáis implicados en la construcción de un nuevo orden de relaciones internacionales basadas en las fundamentales e imprescindibles exigencias de la justicia y de la paz. Y quienes entre vosotros están aquí representando Organizaciones internacionales o regionales, también se hallan comprometidos —aunque con métodos y medios diversos— en el proceso de concentración de los esfuerzos de todas las naciones para la construcción de un mundo justo y fraterno.

4. Estoy seguro de que vuestra experiencia como diplomáticos o expertos internacionales, en diversas partes del mundo, junto con la familiaridad adquirida con el ambiente africano, ha creado en vosotros una aguda conciencia de los mayores problemas de la humanidad de hoy, especialmente de los problemas globales que se derivan de las desigualdades económico-sociales existentes en la comunidad mundial. Al hablar  a la XXXIV Asamblea General de las Naciones Unidas, pude llamar la atención sobre este problema fundamental, afirmando: "Es comúnmente sabido que el abismo entre la minoría de los excesivamente ricos y la multitud de los miserables es un síntoma muy grave en la vida de toda sociedad. Lo mismo hay que repetir, con mayor insistencia, a propósito del abismo que divide a los países y regiones del globo terrestre" (núm. 18; L'Osservatore Romano. Edición en Lengua Española. 14 de octubre de 1979, pág. ,15).

El hecho de que puedan existir tales disparidades ofuscantes constituye una gran contradicción de nuestros días y de nuestra época; lo mismo se puede decir del alejamiento que separa a los países pobres de los ricos, o a los continentes pobres de los ricos, y que se hace más profundo todavía, en vez de disminuir, al mismo tiempo que los pueblos van tomando mayor conciencia de su interdependencia. ¿Acaso no es triste comprobar que los esfuerzos —tan laudables en sí mismos— de las Organizaciones internacionales y de las diversas naciones en iniciativas bilaterales o multilaterales no han sido capaces de sacar a los países más pobres del círculo vicioso de la pobreza y del subdesarrollo? ¿Por qué estos esfuerzos nunca han lograrlo resultados mejores y más duraderos? ¿Por qué, no han dado esperanza a los países en vías de desarrollo: la esperanza que los propios recursos, la ayuda fraterna y especialmente el duro trabajo de sus habitantes les hubiera hecho capaces de trazar el diagrama de su propio desarrollo y satisfacer sus necesidades esenciales?

5. Estoy persuadido de que todos estamos de acuerdo en el hecho de que el único camino para eliminar las desigualdades pasa a través de la cooperación coordinada de todos los países con espíritu de verdadera asociación. En este contexto se ha hablado y se ha escrito mucho sobre la importancia de revitalizar lo que se ha definido diálogo Norte-Sur. Sin hacer propia una visual demasiado simplista de un mundo dividido en Norte rico y Sur pobre, sin embargo es necesario conceder que esta distinción tiene cierto fundamento en la realidad, puesto que los países septentrionales generalmente controlan la economía y la industria mundial. La Santa Sede no puede menos de estimular toda iniciativa que se propone tomar en consideración honestamente esta situación y llegar a un entendimiento entre todas las partes, en orden a una acción que es necesaria emprender. Pero, al mismo tiempo, yo quisiera hacer una pregunta: ¿por qué las iniciativas de este género encuentran dificultad. y terminan siempre sin resultados tangibles y duraderos? La respuesta podrá encontrarse ante todo no en la esfera de la economía o de las finanzas, sino en un sector de dimensiones más profundas: en el dominio de los imperativos morales y espirituales. Se requieren nuevas visuales y un cambio radical de actitudes.

Las dificultades y los puntos controvertidos que dividen a las naciones más ricas y a las más pobres no podrán ser afrontados mientras persista una actitud de prejuicio; estos temas se afrontan con un espíritu de confianza y de mutua apertura, con un espíritu de honesta evaluación de la realidad y con una generosa voluntad de coparticipación.

Sobre todo el examen de los problemas Norte-Sur debe hacerse con convencimiento renovado de qué no puede encontrarse ninguna solución que no ahonde sus raíces en la verdad en torno al hombre. La verdad completa acerca del hombre constituye la condición necesaria para poder vivir juntos armoniosamente y para alcanzar una solución que respete completamente la dignidad de cada ser humano.

6. Vuestra presencia aquí, en una capital africana, señoras y señores, asume un gran significado para vuestros países y para las Organizaciones que representáis. Pero es también muy significativa para el país que os acoge, para toda África, y para todo el mundo. Esta es una visión elevada, pero también es la condición necesaria para el éxito de vuestros esfuerzos dirigidos a estrechar mejores y más justas relaciones entre los pueblos y las naciones. Cada comunidad diplomática constituye, en cierto modo, un campo experimental en el que ensayáis vuestras capacidades y vuestra visual respecto a una visión del mundo en la que el hombre está en el centro de toda la historia y de todo el progreso.

El mensaje que os dirijo, pues, el mensaje de uno que es consciente de su misión como siervo de Dios y defensor del hombre, es éste: sólo un mundo que es verdaderamente humano puede ser un mundo fuerte y pacífico. ¡Gracias!


*L' Osservatore Romano. Edición semanal en lengua española n.21 p.14 (p. 302).

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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