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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA
ALOCUCIÓN DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
EN LA CEREMONIA DE BENDICIÓN DE LA PRIMERA PIEDRA
DE LA CATEDRAL DE ABIYÁN
Domingo 11 de mayo de 1980
1. Agradezco sus hermosas palabras, monseñor Bernard Yago, mi querido hermano
en el Episcopado, y me uno a su alegría por esta ceremonia litúrgica, ¿Cómo no
dejar, en efecto, queridos hermanos y hermanas que me escucháis, que estalle
nuestro gozo ante la realidad espiritual así manifestada y cómo no recordar un
instante, aquí con vosotros, su significado profundo? Voy a bendecir las
primeras piedras de la futura catedral de Abiyán y de una iglesia que será
dedicada a Nuestra Señora de África. Ahora bien, la iglesia es la casa de Dios.
Sí. toda la vida cristiana está fundada sobre esta realidad sobrenatural tan
maravillosa, en la que hay que profundizar y meditar siempre, y que San Juan
expresó en esta sencilla frase: "El Verbo se hizo carne y habitó entre
nosotros" (Jn 1, 14). Sí, el Señor nació, sufrió, murió y resucitó para que el
cristiano sea realmente hijo de Dios. Esta verdad sobrenatural debe determinar
la vida del cristiano siempre y en todas partes. ¿Cómo? Vuelvo a tomar aquí la
enseñanza de la primera Carta de San Pedro: "Como Piedras vivas, sois edificados
como casa espiritual" (1 Pe 2, 5). La Iglesia, la nueva Jerusalén de que hablan
la Escritura y la Liturgia, se construye en nuestras vidas, dentro de nosotros.
2. Sin embargo, la iglesia, la casa de Dios no es solamente espiritual. La raíz:
humana de nuestras comunidades católicas, como se manifiesta y se expresa en la
construcción de iglesias y concretamente de esta catedral. depende
estrechamente de la Encarnación, de esa venida de Cristo a nuestra
humanidad, del hecho de que Dios se hizo semejante a nosotros y quiso
encontrarnos a través de nuestros modos concretos de vivir.
La iglesia es el lugar en que el pueblo cristiano se reúne y es también el lugar
donde el Señor está realmente presente: presente en la celebración de la Santa
Misa; presente en el Santo Sacramento. La iglesia es el lugar donde el cristiano
nace a la vida divina por el Bautismo, encuentra el perdón de sus faltas por el
sacramento de la Reconciliación, entra en comunión con el Señor y con sus
hermanos en la Eucaristía.
Por humildes que sean las iglesias que construís, ¡ved cuán grande es la
realidad espiritual que manifiestan! ¡Son el signo de la construcción del Reino
de Dios, en vosotros, en vuestro país! Y entre todas las iglesias de una
diócesis, la catedral, vuestra catedral que bien pronto surgirá aquí, tiene un
sentido muy especial. Al igual que la basílica de San Juan de Letrán, catedral
del Papa, del Obispo de Roma, es llamada por ese motivo "Madre y cabeza de todas
las iglesias", también a la catedral de una diócesis se la llama "madre de las
iglesias" de esa diócesis; y ello es así porque es la iglesia del obispo, del
jefe de la diócesis, del sucesor de los Apóstoles, a quienes Cristo confió la
misión y el cuidado de la evangelización. Debéis amar, por tanto, esta nueva
catedral, que quedará dedicada a San Pablo, el Apóstol misionero por
excelencia. Amad también a todas vuestras iglesias. Amad a vuestros obispos y
a todos los sacerdotes que os hacen nacer y crecer en la vida divina.
3. El engrandecimiento del reino de Dios entre nosotros no se realiza sin
dificultades ni esfuerzos. Y no sin dificultades se construyen las iglesias. Yo
sé que vosotros las tenéis, pese a las urgencias de toda índole, y sé los
sacrificios que hacéis para construirlas. Quienes se extrañan de que se
construyan templos en lugar de consagrar todos los recursos a la mejora de la
vida material, han perdido el sentido de las realidades espirituales; no
comprenden el significado de la palabra del Señor: "No sólo de pan vive el
hombre" (cf. Mt 4, 4). Pero nosotros sabemos muy bien que la iglesia de piedra
que se construye con dificultades es el signo de la que se edifica en la
comunidad.
Me complace grandemente bendecir también, con la primera piedra de vuestra
futura catedral, la de la iglesia que será construida bajo el patrocinio de
Nuestra Señora de África.
¡Coincidencia profundamente esclarecedora! De un lado, el Apóstol de las
Gentes, que sólo vivió para anunciar el Evangelio y, de otro, la Virgen María
que conservaba en su corazón todos los misterios de la vida de su Hijo y que ha
seguido siendo, por todos los siglos y para toda la Iglesia, como volveremos a
recordar dentro de unos días, el ejemplo de la oración ardiente en la espera
de la venida del Espíritu Santo.
Fueron, por tanto, muy profundas las razones espirituales por las que los
primeros misioneros venidos a vuestro país consagraron, desde su llegada, el
campo de su apostolado al Corazón Inmaculado de María. Ese Corazón es, en
efecto, el símbolo de la proximidad divina, del amor de Dios por nuestra pobre
humanidad y del que ésta puede rendirle por la fidelidad a su gracia. La
devoción de esos misioneros a la Virgen, su confianza en Ella estaban, por
tanto, estrechamente ligadas al cumplimiento de su misión apostólica: hacer
conocer y amar a Cristo, "nacido de la Virgen María".
Por eso, venerados hermanos, queridos Hijos y queridas hijas, yo siento una
profunda alegría espiritual al renovar, en cierto modo, entre vosotros y en
vuestro nombre, el gesto de quienes vinieron, con el corazón lleno de amor por
Dios y por sus hermanos de África, a traer el Evangelio de salvación. Confiando
África a la Virgen Inmaculada, la ponemos bajo la protección de la Madre del
Salvador. ¿Cómo podrá quedar defraudada nuestra esperanza? ¿Cómo dejará de
conduciros Ella a su divino Hijo y hacia la plenitud de su amor, cuando la
invoquéis con fervor en esta iglesia y en todas las de vuestro país?
¡Que el Señor os bendiga! ¡Que bendiga a todos los constructores de la Iglesia,
espiritual y material! ¡Que dé su gracia y su paz a todos cuantos le buscan y
que vendrán a encontrarle en estos edificios sagrados! ¡Amén!
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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