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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LA COMUNIDAD CATÓLICA CONGREGADA
EN LA IGLESIA DE NOTRE DAME DE TREICHVILLE


Abiyán, Costa de Marfil
Domingo 11 de mayo de 1980

 

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Vuestra magnífica concentración me permite, una vez más, medir la vitalidad de la Iglesia que está en Costa de Marfil. Gracias por haber venido en tan gran número y con tanto deseo de avanzar por el camino del Reino de Dios y de ayudar a los otros para que se acerquen a él.

A todos os dirijo la misma exhortación insistente y confiada: ¡Sed lo que debéis ser, a los ojos del Señor que os ha llamado y a los ojos del mundo que tiene necesidad de vuestro testimonio evangélico! Y sedlo, dentro de la vocación propia de cada uno. Es una cuestión de fidelidad al Señor, de lealtad para con vosotros mismos, de respeto a los demás, de solidaridad eclesial.

Habéis dado mucho a la Iglesia y a vuestro país. Continuad dándoles cada vez más.

A vosotros, queridos hijos que habéis recibido la gracia incomparable de la ordenación sacerdotal, expreso ante todo mi profundo gozo porque sé que vivís muy unidos entre vosotros, bien que hayáis nacido en este país o procedáis de otros, y vivís también en confiada colaboración con vuestros obispos. ¡Que el grito del Corazón de Cristo "que todos sean uno" arda siempre en vuestro propio corazón! La credibilidad del Evangelio y la eficacia de la labor apostólica dependen en gran parte de la unidad de los Pastores, llamados a formar un solo presbiterio, sean cualesquiera el puesto y las responsabilidades de cada uno.

En este momento, tan emocionante para mí y para vosotros, quisiera por encima de todo reforzar en vosotros una convicción absolutamente esencial: Cristo os ha elegido (cf. Flp 3, 12-14) y os ha hecho especialmente conformes a El por el carácter sacerdotal, para servir a la Iglesia y a los hombres de hoy, consagrándoles todas vuestras fuerzas físicas y espirituales. El misterio del sacerdocio no está determinado por los análisis sociológicos, se hagan donde se hagan. Es en el seno de la Iglesia, con los responsables de la Iglesia, donde es posible profundizar y vivir este don del Señor Jesús. Yo os lo suplico: ¡tened fe en vuestro sacerdocio!

Me interesa añadir otra palabra de aliento, capital también. ¡Que Cristo sea como la respiración de vuestra vida cotidiana! Vuestra fidelidad de todos los días y vuestro ejemplo tienen este precio. Seguid desarrollando vuestra fraternidad entre sacerdotes, en vuestros equipos parroquiales, en vuestros encuentros de reflexión y de proyectos apostólicos y más todavía en vuestros momentos de oración y de retiro. Estas dos dimensiones, con el Señor y entre vosotros, serán el baluarte de vuestro celibato sacerdotal y la garantía de su fecundidad. Vivid esa renuncia evangélica a la paternidad carnal, en la perspectiva constante de la paternidad espiritual que llena el corazón de los sacerdotes totalmente entregados a su pueblo. Vivid esas exigencias y esas alegrías con el espíritu de los apóstoles de todos los tiempos.

Siento especial satisfacción de poder expresaros de viva voz mi afecto y la gran esperanza que pongo en el testimonio de vuestra vida evangélica.

A vosotros, monjes y monjas, que vivís el misterio de Cristo adorando al Padre en nombre de la humanidad, os deseo vivamente que el año de San Benito, propuesto a toda la Iglesia, estimule vuestro fervor, favorezca la irradiación de vuestros monasterios, suscite nuevas y sólidas vocaciones a la vida contemplativa. A los Hermanos y Hermanas que colaboran con toda su alma en las tareas directas de la evangelización, les expreso mi admiración y mi reconocimiento que es también el de la Iglesia. ¡Que los centros parroquiales, los colegios católicos, las casas de formación profesional o doméstica, las capellanías de liceos, los círculos de juventud, los dispensarios, los lugares de acogida para los emigrantes se beneficien de vuestros talentos y del tesoro de vuestra fe y de vuestra caridad! Por vosotros, queridos hermanos y queridas hermanas, Cristo surca hoy las ciudades y las aldeas de África y anuncia la Buena Nueva a sus habitantes. Una misión así requiere una unión muy íntima con el Señor, alimentada regularmente en los tiempos fuertes de silencio y de oración. Una tal misión requiere también que, en la diversidad legítima de las familias espirituales a que pertenecéis, estéis muy unidos y colaboréis, para la credibilidad del Evangelio. Este verdadero dinamismo espiritual y este concierto apostólico realista pueden despertar ciertamente en los jóvenes el llamamiento que vosotros mismos oísteis:. "Ven y sígueme".

En fin, recordad siempre que el fundamento de vuestra unidad es Cristo en persona. Todos y todas le habéis entregado la posesión y el uso de todo lo que sois, de todo cuanto tenéis, para significar que El es el fin último, la plenitud de toda criatura humana, así como para dar testimonio de ello en vuestras múltiples actividades. Vuestra vida religiosa es, en una palabra, el misterio de Cristo en vosotros y el misterio de vuestra pobre vida en El. Esto es lo que debe ser cada día más transparente. ¡Las comunidades cristianas tienen realmente necesidad de vuestro testimonio! Y el mundo, aun poco creyente, espera confusamente de vosotros un ideal de vida. Así, vuestros tres votos religiosos no son lecciones dadas a los demás, sino signos susceptibles de abrirles a los valores permanentes. ¡Que vuestra pobreza sea, de ese modo, compartida con los más pobres! ¡Que vuestra obediencia sea un desentenderse de sí mismo, con humildad! ¡Que vuestra castidad, vivida con la mayor fidelidad, sea una revelación del amor universal, de la ternura misma de Dios!

A vosotros, queridos seglares cristianos, os expreso mi confianza por todo cuanto habéis hecho y seguiréis haciendo —con el Episcopado y el clero de Costa de Marfil— en orden a la evangelización. Vivís hoy, en vuestras villas y aldeas, lo que vivían las primeras comunidades cristianas, según los Hechos de los Apóstoles y las Epístolas de San Pablo, que nos hablan de muchos laicos cristianos al servicio del Evangelio.

Sabéis también que el reciente Concilio Vaticano II puso de relieve los recursos que todo laico tiene desde el momento en que quedó inserto en el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, por su bautismo y su confirmación. Ha llegado la hora de conjugar cada vez más las fuerzas del Pueblo de Dios, en torno a los Pastores que el Espíritu Santo os ha dado.

Me alegra mucho el excelente trabajo de los laicos catequistas, así como la existencia de Movimientos de apostolado, ofrecidos a los jóvenes y a los adultos, para su formación y para ayuda de sus tareas cristianas. Deseo que estos Movimientos sean cada vez más adecuados, cada vez más florecientes. Quisiera reavivar vuestra llama apostólica estimulándoos en tres puntos que me parecen muy importantes. Evangelizad vuestra propia vida; continuad siempre en estado de conversión, si queréis verdaderamente participar en la evangelización del mundo: los demás necesitan vuestra experiencia de vida cristiana. Dedicad algún tiempo al retiro y a la revisión dé vida.

Atended con solicitud a cuantos os rodean, por caridad y siempre con respeto. En vuestras parroquias, que siguen siendo los centros vitales de vuestra vida cristiana, en vuestras pequeñas comunidades de barrio, en vuestros ambientes escolares o profesionales, dejad entrar en vuestras alunas y en vuestros corazones los problemas, los sufrimientos, los proyectos, las alegrías de aquellos y aquellas que necesitan confiarse con vosotros, encontrar en vosotros un apoyo moral y espiritual.

En vuestros encuentros entre miembros de Movimientos de apostolado, verificad vuestra fidelidad común al Señor, que os ha llamado a trabajar por la salvación de vuestros hermanos. Afrontad bien las situaciones concretas que viven las gentes de vuestro barrio, de vuestra región, de vuestro país, en todo lo que tienen de positivo y también en lo que ¡desgraciadamente! tengan de inhumano. Así, todos unidos, tratad de discernir, acertadamente, lo que hay que hacer, o seguir haciendo, a nivel religioso y a nivel humano, para la evangelización de los africanos y para la promoción integral de sus personas dentro del respeto a los valores culturales de África,

¡Ánimo y confianza! La luz y la fuerza del Espíritu de Pentecostés han sido dadas siempre con abundancia a los intrépidos operarios del Evangelio.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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