 |
VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA
DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
A LOS REPRESENTANTES DE LOS
MEDIOS DE COMUNICACIÓN
SOCIAL DURANTE EL VUELO DE REGRESO A ROMA
Lunes 12 de mayo de 1980
Quiero dar mis más expresivas gracias a los periodistas y a todos los agentes de
las comunicaciones sociales: prensa, radio y televisión. Ante todo, a cuantos me
han acompañado a lo largo del viaje, con una paciencia digna de África, bajo el
sol y a costa de no pocas fatigas. Esto forma parte de vuestra profesión, pero
me doy cuenta de vuestro mérito. Doy las gracias también a todos los que,
directamente en África, han realizado su trabajo de reportaje, grabación,
información, tanto más cuanto que el programa ha sido muy denso, lo mismo para
ellos que para mí. Doy, en fin, las gracias también a cuantos a través de los mass-media, en los demás países, han informado sobre mi viaje dándole ante sus
lectores y oyentes el conveniente relieve.
Sé que al mismo tiempo se producían en todo el mundo otros acontecimientos
importantes, que no han estado ausentes de mi pensamiento y de mis oraciones.
Pero África merecía también, y desde hace tiempo, este puesto de honor. A veces,
África queda al margen de los grandes debates y enfrentamientos de la política
mundial y, sin embargo, tiene también grandes problemas humanos que resolver, y
sus esfuerzos merecen ser alentados. La Iglesia ha de desplegar allí una gran
vitalidad.
Pero no quiero insistir más en el significado de mi viaje. A vosotros os
corresponde deducirlo a través de tantos discursos y actos, diciendo
simplemente la verdad, lo que habéis visto y oído. A veces es difícil para los
no africanos, evitar el proyectar sobre ese continente y sus habitantes
opiniones e interpretaciones que están muy lejos de las realidades africanas,
del alma africana, de sus aspiraciones y de sus reacciones.
Yo he empleado muchas veces la palabra "testigos" para los cristianos. Sed,
también buenos testigos vosotros. Y, una vez más, gracias por vuestra
cooperación.
Queridos amigos de los mass-media:
Cuando se escriba la historia del último cuarto de este milenio, estoy
convencido de que se recordará a las generaciones futuras la gran aportación
de los medios de comunicación social a la causa de la humanidad. En cuanto a mí,
siempre os seré deudor por haber comunicado mi mensaje al mundo, por haberme
ayudado a llegar a millones de personas —hermanos y hermanas míos y
vuestros—como heraldo de paz, mensajero de esperanza o, sencillamente, como
amigo. Sí, os doy las gracias de corazón por vuestro respeto a la verdad, por la
objetividad de vuestra narración, por vuestro interés hacia las personas que
escuchan mi voz a través de vosotros. Y a través de vosotros también, puedo
proclamar un mensaje religioso —que para mí está basado en la palabra de un
Dios que se ha revelado a Sí mismo—, un mensaje que ofrezco libremente y sin
constricción a cualquiera que desee oírlo. Sois realmente vehículo de la verdad;
gracias a vosotros la verdad llega a la gente y la gente abraza la verdad.
Habéis oído antes de ahora mi insistencia sobre la dignidad de vuestra tarea y
sobre la importancia de vuestra función de servicio a la comunidad, a la
comunidad mundial que quiere ser sostenida por esa verdad constructora de la
unión de la familia humana. Aunque me hayáis oído todo esto antes, seguramente
seguirán siéndoos útiles estas consideraciones cuando reflexionéis sobre la
responsabilidad que tenéis en las manos.
Os agradezco sinceramente el interés que ponéis en seguir mi misión, el
entusiasmo al hablar de ella y toda vuestra colaboración. Y del mismo modo
quiero aseguraros mi interés por vuestra misión, mi entusiasmo por su éxito y mi
colaboración con vosotros y todos los que trabajáis en las comunicaciones
sociales de todo el mundo. Tengo una relación especial con vosotros a causa de
la verdad que servís. Y tengo una relación especial con la verdad, porque según
las palabras de Jesucristo, es precisamente la verdad la que nos hace libres
(cf. Jn 8, 32).
Me gozo en que la terminación de este viaje por África suponga la vuelta a
vuestras familias, a la unión y libertad que experimentáis en casa, y al amor
de que disfrutáis juntos vosotros y vuestras familias. Decid por favor a los
niños que he pensado en ellos, y transmitid mi saludo a todos. Para mí no ha
terminado nuestro encuentro todavía; lo recordaré en la oración pidiendo que
la bendición del Todopoderoso esté siempre con vosotros.
Gracias de nuevo.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
|