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VIAJE APOSTÓLICO A ÁFRICA

ENTREVISTA CONCEDIDA POR EL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A
L'OSSERVATORE ROMANO Y RADIO VATICANO
DURANTE EL VUELO DE REGRESO A ROMA

 

Pregunta: Santidad: ¿Cuál es la impresión más viva que le queda en la mente y en el corazón, al término de esta peregrinación africana?

Respuesta: Creo que es sobre todo la impresión de un encuentro, si se considera esta palabra en su auténtico significado. Encuentro significa estar juntos; que las dos partes, las dos personas quieren encontrarse, eso es lo que quieren y desean. Y para mí esta ha sido la impresión fundamental, porque yo he deseado vivamente acercarme lo más pronto posible a ese continente, a esos países, a esa Iglesia, a esa cristiandad, y he visto que el mismo deseo existía por parte de ellos, que los diversos países y las diversas Iglesias deseaban lo mismo. Y así, hemos vivido la plenitud de ese encuentro, sobre todo en el sentido existencial. Quizá también para mí es difícil determinar lo que significa para ellos la persona del Papa, la persona del Obispo de Roma, Sucesor de Pedro. Pero quizá hay algo de diverso en relación con el significado que le damos nosotros los europeos, también cristianos: algo menos abstracto, quizá menos teológico, pero muy profundo en el sentido afectivo. Sentido afectivo quiere decir para ellos sentido existencial. Ellos viven con el corazón, como viven también con su cuerpo, viven con su talante africano, viven, se expresan con corazón sincero, con manifestación plena. Y en tal sentido mi impresión general es la impresión de un encuentro.

P.: ¿Cree que la respuesta dada por África a sus gestos y a sus palabras demuestra la plena madurez del continente en orden a la aportación que puede dar a la Iglesia universal?

R.: Ciertamente, hay madurez. Naturalmente, la madurez es siempre relativa; esa madurez quiere decir al mismo tiempo juventud. Ellos son jóvenes, son jóvenes también en la fe, en su cristiandad. Nuestras tradiciones cristianas, nuestra historia, también la historia de mi pueblo, son milenarias; en Ghana y en Zaire, en cambio, la Iglesia tiene cien años, y en otros países africanos, menos todavía. Son jóvenes. Por tanto, se trata de la madurez de un joven. Otra cosa es la madurez de quien es ya anciano, de un viejo. Me vienen a la mente las palabras que oí decir a mons. Tchidimbo cuando le vi por vez primera después de su liberación. Me dijo así: "Estoy convencido de que la Iglesia en África está ahora bastante madura para afrontar todas las pruebas posibles". Yo pienso que esto debe considerarse como un aspecto esencial de su madurez. Pero sobre todo, esa madurez es madurez de juventud, madurez de gozo, madurez de fuerza, madurez de sentirse ellos mismos, de encontrarse en esta Iglesia como en su Iglesia. No es la Iglesia importada de fuera, es su Iglesia, la Iglesia vivida auténticamente, africanamente. Todos nosotros hemos visto, oído y observado esto; de ahí que experimentemos también nosotros un gran gozo por esa africanidad, porque una Iglesia que fuese una cosa importada, extraña, no propia, no sería todavía una Iglesia auténtica y auténticamente madura.

P.: ¿Cuál ha sido el momento más significativo, el momento que se puede recordar como más significativo, de tantas jornadas, de tantos encuentros tan diversos?

R.: Yo diría que no ha habido un sólo momento que no haya sido significativo. Todos lo han sido, cada uno a su modo, en su estilo: esta es la respuesta a la pregunta. Puedo decir también que ha habido algunos momentos que me han impresionado especialmente. A veces, han sido momentos brevísimos. Por ejemplo, cuando el rey de los Ashantes me dijo en nuestra conversación: "Fue mi predecesor quien recibió aquí por primera vez a los misioneros de la Iglesia". Y lo dijo con alegría: "We welcome the first priests, the first missionaries in our country". Fue un momento muy significativo porque valía como un testimonio: el testimonio del centenario de la evangelización, la tradición todavía viva de quienes estaban allí en el momento en que llegaron los primeros misioneros, el recuerdo de cómo los recibieron, de cómo los trataron. Otro momento que quedó grabado profundamente en mi corazón y en mi memoria fue el encuentro con las monjas carmelitas zaireñas en su convento. Fue un encuentro bellísimo, muy auténtico. Y además muy especial, porque fue el único encuentro en que nos sorprendió la lluvia, que parecía haber esperado precisamente ese momento, el de la visita del Papa a las monjas, para caer con toda su fuerza y mojarlas a todas. Ha habido otros momentos semejantes, pero he recordado esos a título de ejemplo. Ahora bien, la verdadera respuesta a esa pregunta es que ni un solo momento ha dejado de ser significativo. Todos han estado llenos de significado.

P.: Los africanos han saludado y acogido a Vuestra Santidad como un peregrino de paz. ¿Cree que existen las condiciones para poder esperar verdaderamente en un futuro de paz para este continente?

R.: Habría que decir que ellos tienen gran necesidad de la paz, una gran necesidad. Y lo dicen, lo manifiestan y ruegan por la paz. Si pudiesen seguir siendo, en el futuro, dueños de su propio destino, de sus propias situaciones, estoy seguro que tendrían la paz. Tendrán la paz. Porque ven ante sí muchos, muchísimos problemas que resolver, para  lo cual la paz es indispensable. Ven todo: ven que nada ganarían con la guerra, con la lucha. Además. creo que son, por naturaleza, pacíficos en sus actitudes. Tienen el sentido de la comunidad, tienen espíritu de solidaridad dentro de la propia familia y de la propia tribu e incluso diría que dentro de la propia nación, aunque ésta no es aún una realidad tan determinada, pero ya comienza a serlo. Ellos no querrían la guerra porque aman la vida, porque aman la familia y porque ven que la paz es la condición fundamental para construir su propio futuro. Depende de los demás el no imponerles la guerra; envolverlos en una guerra sería verdaderamente un desastre para este joven continente, para estos jóvenes pueblos, para las jóvenes estructuras políticas de estos jóvenes Estados. Pienso que la responsabilidad del mundo occidental sobre todo y de las grandes potencias es grandísima.

P.: Santo Padre: Después de haber atraído la atención del mundo entero sobre el continente africano, ¿cuál sería ahora su mensaje a la cristiandad del Occidente en relación con lo que deben hacer por África?

R.: Creo que es un punto sobre el que se debe reflexionar. Se puede afirmar que lo que he venido diciendo hasta ahora durante este viaje, durante esta peregrinación, ha sido al mismo tiempo un mensaje para toda la Iglesia, también para la Iglesia de Europa, y no sólo de Europa, sino para la vida de la cristiandad del mundo entero en relación con África. Se debe absolutamente pensar de nuevo en esta experiencia y en los diversos elementos de ella, para proyectarlos en esa perspectiva exacta, es decir, como dirigidos a la vida de toda la cristiandad. En todo caso, si debo decir algo "a primera vista", me parece que la Iglesia en África es todavía una Iglesia en estado de misión, una Iglesia misionera, una Iglesia en estado de implantación, de crecimiento; una Iglesia que debe ser ayudada, pero de la que se pueden aprender también muchas cosas. Y en diversos campos tiene mucho que enseñarnos, porque los africanos son ya perfectamente conscientes de que son cristianos, de que son Iglesia y de que viven como Iglesia la propia vida, la propia realidad humana y cristiana, evidentemente. Sobre este punto debemos estar muy atentos a no destruir nada, aun ayudándoles, ciertamente, y sobre todo considerándoles Iglesias hermanas, Iglesias hermanas en África. Siguen teniendo todavía gran necesidad de misioneros y de misioneros auténticos, que sigan en la línea doctrinal y pastoral requerida por la situación peculiar de esas Iglesias. Ellas los reciben y los recibirán siempre con mucha amistad y con mucho entusiasmo. Pero creo que ha llegado ya el momento para nosotros de comenzar a reflexionar sobre cómo recibir los dones de que son portadoras, porque ellas llevan ya un don mejor dicho, muchos dones. He ahí cuál puede ser, más o menos, la respuesta a su pregunta.

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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