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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II
AL SEÑOR ANTÓNIO RAMALHO EANES,
PRESIDENTE DE PORTUGAL*
Viernes 16 de mayo de 1980
Presidente:
El singular momento de esta visita oficial, encuentro con Portugal, suscita
en mi alma una
gran complacencia. Al saludar y dar las gracias a Vuestra Excelencia, así como a las
ilustres personalidades de su séquito, deseo saludar cordialmente a todo el pueblo
portugués, que aquí siento bien presente en este momento.
Lo hago con la mayor estima, dadas tan excelentes relaciones entre la Santa
Sede y su
país, mantenidas y cimentadas a lo largo de ocho siglos, como ya se recordó, con
alegría y agradecimiento a Dios, el año pasado, durante la conmemoración —en que
tuve la satisfacción de participar— del octavo centenario del reconocimiento
del Reino de Portugal por mi predecesor, el Papa Alejandro III.
Con tales relaciones, respetuosas de la mutua independencia y bien apoyadas en
los vigentes compromisos concordatarios, la Iglesia no busca privilegios, sino
únicamente el suficiente espacio de libertad para desempeñar su misión en el
campo religioso, con leal colaboración, aunque sea indirecta, para el bien
común, al servicio del hombre; en la plena verdad de su existencia, de su ser
personal y, al mismo tiempo, de su ser comunitario y social, en el contexto de
los numerosos vínculos, contactos, situaciones y estructuras que le unen a los
otros hombres.
Al motivo de las buenas relaciones entre Portugal y la Santa Sede, se añade otro que
explica mi alegría por este encuentro: el hecho de tratarse de un pueblo cuya
mayoría profesa la religión católica, con un glorioso pasado, de devoción a la causa de
Cristo y de la Iglesia y de benemérita acción evangelizadora misionera.
La historia del pueblo portugués, a lo largo de estos siglos, no ha estado
exenta de
momentos de tensión y de sufrimiento, como es sabido. Pero en medio de sus pruebas,
de diversa índole, los portugueses han sabido dar muestras de valor y perseverancia,
unas veces con su reconocida capacidad de aguante dentro de cierta rutina y otras,
en cambio, con una osadía aparentemente aventurera, en la lucha a través de las
singladuras de la vida y de la historia.
Deseo ardientemente que tales cualidades, fraguadas en el crisol de la historia
y a la luz de una fe viva y conservada, gracias a Dios, lleven a los hijos
de Portugal a la superación de las dificultades actuales. La complejidad de los
problemas que surgen —económicos, políticos y sociales— a causa de situaciones
y procesos nuevos, peculiares unos y comunes, otros, a no pocos pueblos, no deben ser
motivo de desaliento; incluso porque, en ese sentido, está Portugal alertado por
su poeta épico, para no dejarse caer "en la rudeza de una austera, apagada y vil
tristeza" (Camoens, As Lusiadas, Canto X, 145).
De este modo, al noble gesto de homenaje, cual es la presente visita, deseo
corresponder rindiendo pleitesía a las nobles tradiciones humanas y cristianas y
a las peculiares dotes del pueblo portugués, que supo elegir y fomentar una
relación de amor hacia el Sucesor de San Pedro, garantía de su fe, que con tanto
merecimiento conservó y difundió, con la ayuda de Dios y bajo el patrocinio de
Nuestra Señora, su Patrona.
Ojalá que, con tales tradiciones y dotes, resplandezcan siempre, en el escenario
de la vida interna portuguesa, la justicia y la equidad; mediante el respeto a
la vida,
en todos sus momentos, y a los ineludibles derechos de toda persona humana. Y,
dentro del respeto a los derechos de la persona y de acuerdo con la índole del
pueblo, mediante la solicitud y solidaridad para con los menos favorecidos y faltos
de ayuda, y mediante el empeño de todos para que desaparezcan las grandes
desigualdades económicas, que llevan consigo discriminaciones individuales y
sociales.
Quiera Dios que se cultiven constantemente los innegables valores culturales,
espirituales y morales, patrimonio común, en cierto modo, que hay que asegurar
y promover siempre. Y todo ello, comenzando por los sectores vitales para la
comunidad, como son: la familia, la infancia, la juventud, la educación, la
asistencia social.
En esos sectores y manifestaciones de la vida humana, igual que en los demás,
surgen múltiples solicitaciones, a las que se debe responder en conformidad con
las exigencias de la justicia, de la libertad y de la común solidaridad;
también la Iglesia se siente interpelada por tales solicitaciones, en virtud de
la dimensión del servicio del hombre y de su propia misión.
Hoy, Portugal mantiene un puesto honroso en el concierto de los pueblos, con
presencia y participación en las instituciones internacionales y en las
organizaciones de carácter mundial. Ello constituye una prueba de
continuidad histórica y demuestra sentido de corresponsabilidad en bien de la
comunidad internacional y en su propia presencia en el mundo.
En esta grata y solemne ocasión, al confirmar toda la estima e interés por el
bien de su país, por parte de la Sede Apostólica, renuevo mis mejores votos por
el seguro progreso, logrado bienestar y crecientes prosperidades, en la paz y
serena concordia de todos los portugueses, con la construcción de un Portugal
cada vez más humano y fraterno, en que cada uno de sus hijos, a la luz. de
Cristo, se pueda sentir hombre, en su plena verdad, para vivir en la
historia común la propia historia personal.
Estos deseos cordiales los
encomiendo, por medio de María Santísima, al Altísimo, para que proteja
siempre al querido pueblo portugués y asista a sus gobernantes en la ardua tarea
de servir al bien común para el hombre. Con mi bendición apostólica.
*L'Osservatore Romano. Edición Semanal en lengua española n. 21 p.19.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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