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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UNA PEREGRINACIÓN DE LA REGIÓN ITALIANA DE UMBRÍA


Sala Pablo VI
Sábado 17 de mayo de 1980

 

Excelencias reverendísimas,
queridísimos hijos e hijas de Umbría:

¡Es éste un día feliz para mí y para vosotros! ¡Demos gracias al Señor que nos da el consuelo de encontrarnos todos juntos en su amor y en su gracia!

1. Habéis deseado este encuentro para renovar vuestro homenaje de devoción al Papa y también para devolver las visitas que he hecho a vuestra tierra, primero en Asís y más recientemente en Nursia.

Os agradezco de corazón esta tan delicada gentileza vuestra, signo de fe y de sensibilidad cristiana; y a la vez que os saludo uno a uno con paterno afecto, extiendo mi pensamiento a toda vuestra querida región, a vuestros conciudadanos, especialmente a los niños, a los jóvenes, a los enfermos, a los cercanos a Cristo y a los alejados de El; a todos deseo llegar con mi saludo de Padre y de Pastor.

¡Llenáis mi alma de gozo, pero también de nostalgia! ¿Cómo es posible, en efecto, olvidar aquella tarde de otoño cuando estuve en Asís sobre la "Colina del Paraíso", para rezar ante la tumba de nuestro amable San Francisco? Entre el glorioso repique de campanas de las iglesias y la aclamación de la multitud jubilosa, el Vicario de Cristo llegaba como peregrino para confiar al gran Santo italiano y universal la solicitud y la emoción de los comienzos de su ministerio pastoral. Y, más tarde, para conmemorar dignamente a San Benito, Patrono de Europa, en el XV centenario de su nacimiento, fui a Nursia, su ciudad natal, y a la Valnerina, austera y seria. Todavía llevo dentro de mí la dolorosa visión del terrible daño causado por el terremoto, unida también con el recuerdo del valor intrépido y de la fe conmovedora de aquellas poblaciones tan probadas, y sin embargo tan generosas.

Contemplando ahora esta peregrinación vuestra tan numerosa, me surge espontáneo el recuerdo de vuestras ciudades con sus nombres tan sugestivos, ricos de arte y de historia, y conocidos en todo el mundo: Perusa, Foligno, Espoleto, Orvieto, Gubbio, Todi, Ciudad de la Pieve, Ciudad del Castillo, Amelia, Terni, Nocera, Casia.

2. Vuestra región trae a la memoria sobre todo la magnífica pléyade de Santos que han salido de ella: junto con San Francisco y San Benito, está siempre vivo el recuerdo y el espíritu de Santa Escolástica, Santa Clara, Santa Rita, la Beata Angela de Foligno y otras muchas figuras menos conocidas, pero igualmente grandes.

Precisamente pensando en este mundo de alta espiritualidad, patrimonio específico e inagotable de vuestra tierra, os deseo proponer un tema de meditación, que pueda valeros en vuestra vida cristiana para ayudaros en el itinerario de evangelización y de fe propuesto por vuestros obispos para el trienio 1978-1981.

¿Cuál ha sido la fuerza interior que formó a vuestros Santos y, por tanto, sigue siendo válida para construir el auténtico cristiano? La respuesta es sencilla: ¡La convicción de la fe!

Los Santos fueron, y son, personas totalmente convencidas del valor absoluto, determinante y exclusivo del mensaje de Cristo. La convicción les llevó a abrazarlo y seguirlo, sin titubeos, sin incertidumbres, sin inútiles retrocesos, aun luchando y sufriendo, con la ayuda de la gracia de Dios, siempre invocada y jamás rechazada.

¡La convicción! ¡He ahí la gran palabra! ¡He ahí el secreto y la fuerza de los Santos! Los Santos obraron en consecuencia. Y así debe obrar todo cristiano siempre, pero especialmente hoy en nuestro tiempo, exigente y crítico, en el que, si faltan convicciones lógicas y personalizadas, la fe se debilita y finalmente cede.

El cristiano debe siempre saber dar cuenta de la fe y de la esperanza que hay en él, ha escrito San Pedro (cf. 1 Pe 3, 15); pero sobre todo en la sociedad actual, pluralista y hedonista, en la que el fiel se encuentra inmerso, entre una impresionante variedad de diversas y a veces contrarias ideologías. Pero hay que crear y mantener las convicciones, y todo el "plan pastoral" debe estar hoy especialmente centrado en la catequesis, aun sin olvidar las otras iniciativas litúrgicas, caritativas, sociales, recreativas.

Me complazco en recordaros también a vosotros lo que he escrito recientemente a la Iglesia de Hungría: "Vivimos en un mundo difícil, en el que la angustia que se deriva de ver que las mejores realizaciones del hombre se le escapan de la mano y se vuelven contra él, crea un clima de incertidumbre. Dentro de este mundo es donde la catequesis debe ayudar a los cristianos a ser 'luz' y 'sal', para alegría suya y para servicio de todos. La catequesis debe enseñar a los jóvenes y a los adultos de nuestras comunidades a ser lúcidos y coherentes en su fe, a afirmar con serenidad su identidad cristiana y católica, a adherirse tan fuertemente al absoluto de Dios, que puedan testimoniarlo en todas partes y en todas circunstancias" (Pascua de Resurrección, 1980).

3. Carísimos fieles de Umbría: Esta es la exhortación que quiero haceros, junto con vuestros obispos, en el siempre vivo recuerdo de vuestros Santos: ¡Sed cristianos convencidos!

La convicción exige la reflexión. Hay que saber desentenderse un poco del flujo arrollador de los acontecimientos; en la historia, que es siempre oscura e imprevisible para todos, hay que tomar sobre las espaldas él propio destino y, por eso, son necesarios los momentos de silencio, de meditación, de estudio. En el tormento profundo de su propio tiempo, San Benito quiso precisamente que cada uno reflexionase personalmente sobre las verdades eternas: "in omnibus rebus respice finem —respice Deum—, respice coelum". Así se podría sintetizar toda la célebre regla monástica. Y San Francisco quiso que cada uno meditase sobre el amor de Cristo crucificado, para poder arraigar la convicción de la propia redención realizada a través de la cruz.

Por eso, comprometeos seriamente en la realización de las diversas actividades diocesanas y parroquiales. La parroquia es y debe seguir siendo el centro propulsor de la vida cristiana y, por tanto, también de la catequesis, por motivos de continuidad pastoral y de homogeneidad doctrinal y formativa.

La parroquia, con todas sus necesarias filiales y con los grupos eclesiales auxiliares, tiene la gran responsabilidad de formar cristianos convencidos. La convicción crea la exacta valoración cristiana de los acontecimientos y de las decisiones según la advertencia de San Benito: "No antepongáis jamás nada al amor de Cristo" (Regla de San Benito, núm. 4, 21), y la exclamación de San Francisco: "Deus meus et omnia". ,

La convicción hace sentir urgente e insistente la vocación del cristiano al testimonio en general y también, en particular, a la consagración total a Cristo en la vida sacerdotal o religiosa.

Por eso, no debemos dudar en emplear todas nuestras fuerzas para crear en nosotros y en el prójimo exactas y profundas convicciones.

Rogad también todos los días por este fin y que no falte jamás la invocación y la devoción a María Santísima, "Virgen fiel", que se consagró totalmente al misterio de la redención, con la aceptación humilde y ardiente a la voluntad del Señor.

¡Que pueda la mística Umbría crecer siempre y dilatarse en la fe cristiana y en la caridad! Con mi propiciadora bendición apostólica.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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