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DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
A LOS OBISPOS DE MALASIA-SINGAPUR-BRUNEI
EN VISITA AD LIMINA


Viernes 23 de mayo de 1980

 

Mis queridos obispos:

1. Con profundo afecto fraterno en Cristo Jesús os doy hoy la bienvenida al Vaticano. Vuestra presencia aquí en calidad de Pastores de la Iglesia esparcida por Malasia, Singapur y Brunei, nos ofrece la oportunidad de expresar nuestra unión en Cristo y en la jerarquía de su Iglesia. Es ésta asimismo una ocasión gozosa para reflexionar brevemente sobre el misterio de la Iglesia tal y como se vive en vuestra tierra y entre vuestro pueblo.

En esta reflexión que hacemos por gracia del Espíritu Santo, encontramos estímulo para nuestro ministerio pastoral y fuerza para nuestra vida. Nuestra misión apostólica de evangelización está vinculada a problemas complicados concernientes a la vida diaria de nuestro pueblo, su dignidad humana y su salvación eterna. Si bien no existen soluciones fáciles para los problemas que se nos presentan, la meditación del misterio de la Iglesia aligera nuestras cargas y nos da más alto sentido de nuestra misión eclesial. Y en consecuencia, nos encontramos con mayor capacidad de sostener eficazmente a nuestros hermanos en su vocación cristiana, con lo que cumplimos nuestro mandato pastoral: Pascite qui est in vobis gregem Dei (1 Pe 5, 2).

2. De suprema importancia en el misterio de la Iglesia es el hecho de que Cristo está vivo en su pueblo. Su vida continúa en las comunidades de fieles de todo el mundo, en todos los que por la fe y el bautismo han sido justificados en su nombre. La vida de Cristo continúa en la Iglesia de hoy, en todos los hermanos y hermanas del Señor a cuyo servicio habéis sido enviados. Incluso algo que es muy fundamental en la persona de Cristo, su filiación divina, se vive en la Iglesia por la gracia de la adopción divina (cf. Gál 4, 5; Ef 1. 5).

Y por estar los fieles configurados con Cristo, Hijo de Dios, tienen capacidad de expresar los sentimientos de Cristo al Padre a través del Espíritu Santo. De aquí que la plegaria de Cristo se perpetúe en cada generación; su alabanza continua al Padre es una realidad en su Iglesia.

Sí, Cristo vive en sus miembros y, por tanto, quiere sufrir en ellos concediéndoles completar lo que falta a sus sufrimientos por el bien de su Cuerpo, la Iglesia (cf. Col 1, 24). Este misterio ha entrado en la conciencia de los cristianos al comprender que debieran alegran se de participar de los sufrimientos de Cristo (cf. 1 Pe 4, 13), y que cuando son probados por causa de El, es mejor sufrir haciendo el bien en vez de hacer el mal (cf. 1 Pe 3, 17).

Y en su Iglesia —de acuerdo también con el plan del Padre— Cristo crece en sabiduría, edad y gracia (cf. Lc 2, 52) en sus miembros a medida que éstos crecen hasta plena madurez en El a través de su palabra y la acción de sus sacramentos (cf. Ef 4, 13).

En el Cuerpo de Cristo se perpetúa su celo; y su Iglesia se enardece con el mismo deseo de su corazón: "Es preciso que anuncie el Reino de Dios" (Lc 4, 43). Se visita a los enfermos, los afligidos son consolados, y se predica el Evangelio a los pobres. La catequesis del Reino prosigue en los jóvenes y en los adultos.

Y porque Cristo está vivo, sobre todo su amor se mantiene vivo en la Iglesia. Jesús sigue amando a su Padre y el Padre sigue amando a su Hijo en todos aquellos que el Hijo se ha elegido para hermanos y hermanas suyos. Y el misterio de un amor recibido del Padre y devuelto al Padre es herencia de todos los discípulos de Cristo: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos si tenéis caridad unos para con otros" (Jn 13, 35).

3. Este misterio de Cristo viviente en su Iglesia se actúa en cada comunidad. Es un misterio que se prolonga de generación en generación y llega a formar parte de la vida de vuestro pueblo a través de la acción misionera que la gracia de Dios hace fructificar. Este designio universal de Cristo actuado en todas las comunidades del mundo, crea un vinculo de unión entre estas comunidades y les da unidad esencial, la unidad de los que viven la vida de Cristo. Siempre que permanezca anclada en esta unión, cada Iglesia individual tiene capacidad de impregnar, del tesoro de la fe, la vida concreta de cada día en la que tiene sus aspiraciones propias, sus riquezas y limitaciones y sus modos de orar, amar y ver la vida y el mundo (cf. Evangelii nuntiandi, 63).

Mientras la Iglesia local trata de asimilar la verdad de modo creciente, se la interpela a la vez para que custodie incólume el contenido de la fe apostólica que el Señor confió a los Apóstoles. Esta es principalmente la tarea de los obispos, y la han de ejercer en unión con el Sucesor de Pedro y con todos los obispos de la Iglesia católica.

4. En cada coyuntura de la vida de la Iglesia está presente el Espíritu Santo, pues ha sido enviado por Cristo para morar en la Iglesia y mantenerla viva. En una palabra, el Espíritu Santo perpetúa la vida de Cristo en la Iglesia. La dignidad de la vida cristiana y el valor de la conducta cristiana están ligados a la realidad de que Cristo vive para siempre en su Iglesia. Y precisamente en el contexto de esta realidad somos enviados como obispos.

Los medios a nuestra disposición —los únicos medios que podrían en cierto modo ser proporcionados a las metas sobrenaturales que constituyen el objeto de las actividades de la Iglesia— son los instrumentos de la fe. Según las palabras de San Pablo, son la "armadura de Dios" y la "espada del Espíritu Santo que es la Palabra de Dios" (Ef 6, 13 y 17). En cuanto obispos estamos llamados a dar a nuestro pueblo la Palabra de Dios, a exponerle todo el misterio de Cristo (cf. Christus Dominus, 12), siguiendo el ejemplo del Apóstol que no vaciló en anunciar "el designio de Dios en su totalidad" (Act 20, 27).

5. Queridos hermanos: La conciencia de que nuestro ministerio está totalmente encaminado a la vida de Cristo en sus miembros —que se perpetúa por la proclamación de la Palabra, especialmente en la renovación sacramental de la muerte de Cristo— nos proporciona profundo gozo y confianza. Cristo está con nosotros hoy y siempre y nos dice a nosotros y a nuestro pueblo: "No temas, yo soy el primero y el último, el viviente, que fui muerto y ahora vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 18).

6. Sí, queridos hermanos. Cristo está vivo en Malasia, Singapur y Brunei, en toda Asia. Vive para siempre en vuestras parroquias, en todas vuestras comunidades, en vuestras diócesis. Que saquéis fuerza y esperanza de la convicción de que cuanto hacéis como obispos, está enderezado a perpetuar la vida de Jesucristo en su Iglesia.

7. Y ahora yo os pediría que transmitáis mi saludo especial a vuestros sacerdotes y religiosos, y que habléis con ellos de la importancia de su papel en el Cuerpo vivo de Cristo. Deseo pediros que alentéis a los seminaristas en su vocación y hagáis todo lo posible por fomentar vocaciones al sacerdocio. Decid por favor a los catequistas que la Iglesia espera mucho de su colaboración generosa y de la santidad de su vida. Y recuérdese repetidamente a las familias cristianas los estrechos vínculos que las unen al misterio de Cristo en la vida de la Iglesia.

Y que la Madre de Cristo vivo, Estrella de evangelización, esté siempre junto a vosotros para iluminaros el camino y llevar a todo vuestro pueblo a la plenitud de vida en Jesucristo Nuestro Salvador.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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