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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL PRIMER GRUPO DE OBISPOS DE INDONESIA
EN VISITA "AD LIMINA APOSTOLORUM"


Lunes 26 de mayo de 1980

 

Venerables y queridos hermanos en el Episcopado:

1. En nombre de Jesucristo Buen Pastor vosotros y yo compartimos, aunque de modo diferente, una misma responsabilidad pastoral respecto del Pueblo de Dios de Indonesia. Esta responsabilidad pastoral conjunta es voluntad de Cristo y recae sobre nosotros desde el momento en que somos obispos de la Iglesia católica, sucesores de los Apóstoles y miembros del Colegio Episcopal.

Es precisamente esta responsabilidad pastoral conjunta la que nos reúne hoy en el servicio de la Iglesia, pues estamos ansiosos de ver brillar la luz de Cristo en el rostro de la Iglesia. Estamos ansiosos de ver que la Iglesia sacramento de salvación penetra cada vez más hondamente en la urdimbre de la sociedad de Indonesia, y toma parte en los diferentes sectores de la vida de vuestro pueblo. Estoy enterado del laudable patriotismo con que habéis defendido los Pancasila o cinco principios básicos de la filosofía del Estado de Indonesia, y cómo os habéis esforzado por mostrar el amor de Cristo a todos vuestros hermanos sin distinción ninguna. Como mi predecesor Pablo VI que fue personalmente a Indonesia a confirmar la fe de los Pastores y del pueblo, y estimularos a todos a la esperanza y perseverancia, yo también declaro mi solidaridad eclesial con vosotros en vuestro ministerio cuando construís la comunidad de fe y fortalecéis a vuestro pueblo en su vocación cristiana.

2. Al reunimos aquí hoy recibimos fuerzas de nuestra unidad católica, de la que nuestra tarea pastoral es un aspecto dentro del misterio de la Iglesia de Cristo. Precisamente esta unidad católica da luz a nuestra tarea pastoral en sus dimensiones varias; nos hace tener una visión más honda de las verdades más profundas de nuestra acción apostólica.

Vuestras Iglesias locales son expresiones individuales del Pueblo de Dios uno y redimido, liberado del dominio de la oscuridad y trasladado al Reino de su querido Hijo, en quien tenemos redención, perdón de los pecados (cf. Col 1, 13-14). El pueblo del que sois Pastores está llamado a vivir la vida nueva de Cristo y a expresarla en sus costumbres y cultura, manifestando fielmente al mismo tiempo su carácter peculiar en la existencia diaria. De este modo llegan a enriquecer a todo el Cuerpo de Cristo con su aportación que es única.

En efecto, es la Iglesia una, santa, católica y apostólica, la que vive en vuestras Iglesias locales. Es esta fe una, santa, católica y apostólica la gran herencia de vuestro pueblo, y es ésta la que todos nosotros en cuanto obispos estamos encargados de proclamar "a tiempo y a destiempo" (2 Tim 4, 2). En cuanto Sucesor de Pedro seré llamado a dar cuenta especial "delante de Dios y de Cristo Jesús que ha de juzgar a vivos y muertos" (2 Tim 4, 1) del modo en que respondo al mandato a mí encomendado por Cristo, de ser garante de la pureza de la fe de toda la Iglesia y de desempeñar dignamente la función de Romano Pontífice, "principio y fundamento perpetuo y visible de unidad así de los obispos como de la multitud de los fieles" (Lumen gentium, 23).

3. La comunión eclesial que compartimos y mantenemos nos proporciona consuelo y gozo inmenso en nuestro ministerio de obispos de la Iglesia católica. Tenemos conciencia de ser todos nosotros junto con nuestros fieles, la Iglesia una de Jesucristo unidos en El y viviendo por su Espíritu Santo.

Nuestra comunión es ante todo comunión de fe. Nos une la fe apostólica. Nos une la fe apostólica de que el Espíritu de verdad asiste al Magisterio al transmitirla intacta y pura de una generación a otra. A este respecto, en cuanto obispos debemos comprometernos a renovar constantemente la profesión plena de la fe católica, que trasciende en mucho la visual de nuestra sabiduría humana y de nuestro razonamiento teológico. Sólo el Espíritu de verdad, el Espíritu de Jesús, puede garantizar suficientemente nuestra fe, y lo hace a través del Magisterio que estamos llamados a aceptar y también a proclamar a los demás.

La nuestra es asimismo comunión de amor, un amor que tiene su origen y modelo en la Santísima Trinidad. Hemos sido objeto del amor de Dios y este amor nos reúne a todos en la comunidad de la Iglesia. Entre los deberes del obispo, ¡qué importante es para él reflexionar a nivel personal sobre el amor de Jesús Buen Pastor! Pero en cada uno de los momentos de nuestra vida de Pastores, hay alguien que necesita nuestro amor, alguien que merece nuestro amor. Nuestros sacerdotes, en particular, tienen título especial para este amor. Son nuestros amigos, hermanos e hijos en Jesucristo. Para toda la grey, nuestro amor se manifestará en la comprensión y el servicio generoso y perseverante en sus necesidades, especialmente en su necesidad de la Palabra de Dios con toda su pureza y poder.

La nuestra es comunión de oración en la que todos alcanzamos fuerzas por la oración de todo el Cuerpo de Cristo. La actividad de la oración es parte muy importante de la vida de la Iglesia, pues nos une a los vivos y a los muertos en la Comunión de los Santos. Los Santos de Dios son nuestros intercesores. En particular la Madre de Jesús, que es Madre de todo el Cuerpo, intercede por cuantos han recibido vida de su Hijo. Legiones de fieles cristianos cumplen una tarea de valor inestimable orando por la Iglesia y su misión. Confiamos en estas oraciones y las agradecemos especialmente por la ayuda a los enfermos y los que sufren.

Nuestra comunión implica la solidaridad con la Iglesia universal. Las Iglesias locales tienen que ver unas con otras, pues en cada una de ellas vive la Iglesia una. Nuestra comunión jerárquica es una expresión de los vínculos que unen a todos los Episcopados en la proclamación del Evangelio de Cristo. Por la colegialidad, los Pastores de la Iglesia que está en Indonesia se solidarizan con toda la Iglesia, y los demás Pastores de la Iglesia universal se solidarizan con las Iglesias locales de Indonesia. En todo ello la Santa Sede se propone ejercer la función y el servicio de coordinar las actividades que benefician a todos. La Santa Sede se compromete sobre todo a estar al servicio de la unidad y la verdad en caridad. De acuerdo con la voluntad del Señor, el Sucesor de Pedro se esfuerza por ser el siervo de todos.

Viviendo esta comunión de fe y amor, de oración y solidaridad, hagamos todo lo posible, queridos hermanos, para concientizar más a las Iglesias locales respecto del misterio de la unidad católica. De esta unidad católica vuestro pueblo ha recibido mucho; y a ella aporta a su vez una contribución peculiar que es la encarnación del Evangelio en su vida y cultura.

4. Venerables hermanos: Proclamemos a nuestro pueblo un mensaje sobrenatural de esperanza, basado en la salvación en Jesucristo Hijo de Dios, y comunicado a través de su Iglesia. Jesucristo mismo nos indica que vayamos a El dentro de su Iglesia, y por El al Padre en el Espíritu Santo. Jesucristo mismo nos apremia a que llevemos a nuestro pueblo por los senderos de la fe. Cristo mismo nos invita a abrirnos a su inmensa misericordia con todas nuestras limitaciones y pecados. Con esperanza de misericordia nos presentamos ante "Jesucristo, esperanza nuestra" (1 Tim 1, 1). Con esperanza consagramos a El todo nuestro ser y todo nuestro ministerio. A El debemos encaminar nuestras Iglesias locales; debemos hablar de El a nuestros sacerdotes, religiosos y laicos; debemos proclamar su persona y sus promesas, su Reino y su venida. Esta esperanza da gran fuerza a nuestro ministerio y a nuestra vida; nos sostiene y nos apremia. Con palabras de San Pablo: "Por esto penamos y combatimos, porque esperamos en Dios vivo, que es el Salvador de todos los hombres, sobre todo de los fieles" (1 Tim 4, 10).

Queridos hermanos: En el amor de Cristo, en la comunión de su Iglesia y en el compartir la responsabilidad de nuestra misión pastoral, abrazo a todos los fieles de vuestras Iglesias locales. Envío también un saludo a las autoridades civiles y a todos vuestros compatriotas. a cuantos forman la familia de vuestro vasto país. Dios bendiga a Indonesia y vuestro ministerio al servicio del Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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