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VISITA PASTORAL A PARÍS Y LISIEUX

ALOCUCIÓN DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
AL CLERO EN LA CATEDRAL DE NOTRE DAME


Viernes 30 de mayo de 1980

 

Queridos hermanos sacerdotes:

1. Es para mí una inmensa alegría el dirigirme a vosotros ya esta tarde —y en primer lugar—, a vosotros sacerdotes y diáconos de París y de la región parisiense y, por medio de vosotros, a todos los sacerdotes y los diáconos de Francia. Para vosotros soy Obispo, con vosotros soy sacerdote. Sois mis hermanos en virtud del sacramento del orden. En la Carta que os dirigí el año pasado con motivo del Jueves Santo, os expresaba ya mi estima, mi afecto y mi confianza particulares. Pasado mañana tendré un largo encuentro con vuestros obispos, que son mis hermanos de un modo especial; os hablo en unión con ellos. Sin embargo, a mis ojos, a los ojos del Concilio, vosotros sois inseparables de los obispos y pensaré en vosotros en mi encuentro con ellos. Una profunda comunión, fundada sobre el sacramento y el ministerio, une a los sacerdotes y a los obispos. Queridos amigos, ¡que comprendáis el amor que os tengo en Cristo Jesús! Si Cristo me pide, como al Apóstol Pedro, "confirmar a mis hermanos", vosotros sois quienes primero os debéis beneficiar de ello.

2. Para caminar con alegría y esperanza en nuestra vida sacerdotal, es necesario que nos remontemos a las fuentes. No es él mundo quien fija nuestra función, nuestro estatuto y nuestra identidad. Es Cristo Jesús, es la Iglesia. Cristo Jesús es quien nos ha elegido como sus amigos, para que demos fruto; El ha hecho de nosotros sus ministros: nosotros participamos en la misión del único Mediador que es Cristo. La Iglesia, el Cuerpo de Cristo, es quien desde hace dos mil años, manifiesta el lugar indispensable que ocupan en su seno los obispos, los sacerdotes y los diáconos.

Vosotros, sacerdotes de Francia, tenéis la suerte de ser los herederos de una pléyade de sacerdotes que siguen siendo ejemplo para la Iglesia entera, y que son para mí mismo una fuente constante de meditación. Por hablar tan sólo del período más próximo, pienso en San Francisco de Sales, en San Vicente de Paúl, en San Juan Eudes, en los maestros de la Escuela francesa, en San Luis-María Grignion de Montfort, en San Juan-María Vianney, en los misioneros de los siglos XIX y XX, cuyo trabajo en África he admirado. La espiritualidad de todos estos Pastores lleva el sello de su tiempo, pero el dinamismo interior es el mismo y la peculiaridad de cada uno enriquece el testimonio global del sacerdocio que nosotros tenemos que vivir. ¡Cuánto me habría gustado dirigirme como peregrino a Ars, si hubiera sido posible! El Cura de Ars es, en efecto, un modelo sin par para todos los países, a la vez que la plenitud del ministerio y de la santidad del ministro, entregado a la oración y a la penitencia por la conversión de las almas.

También muchos estudios y exhortaciones han jalonado el camino y la vida de los sacerdotes de vuestro país: pienso, por ejemplo, en la admirable carta del cardenal Suhard: "El sacerdote en la ciudad". El Concilio Vaticano II ha recogido toda la doctrina sobre el sacerdocio en la Constitución Lumen gentium (núm. 28) y en el Decreto Presbyterorum ordinis, que tienen el mérito de enfocar la consagración de los sacerdotes desde la perspectiva de su misión apostólica, en el seno del Pueblo de Dios, y como una participación en el sacerdocio y en la misión del obispo. Estos textos se prolongan en otros muchos, en particular en los de Pablo VI, los del Sínodo y mi propia Carta.

Estos son los testimonios y los documentos que nos señalan el camino del sacerdocio. Esta tarde, en este lugar sagrado, que es como un Cenáculo, os doy tan sólo, queridos amigos, algunas recomendaciones esenciales.

3. En primer lugar, tened fe en vuestro sacerdocio. No ignoro todo aquello que puede desanimar y quizás desmoronar a ciertos sacerdotes hoy. Numerosos análisis y testimonios insisten en estas dificultades reales que, aunque esta tarde no las enumere, tengo muy presentes en mi espíritu —en particular la escasez de ordenaciones—. Y sin embargo os digo: estad contentos y orgullosos de ser sacerdotes. Todos los bautizados forman un pueblo sacerdotal, lo cual equivale a decir que tienen que ofrecer a Dios el sacrificio espiritual de toda su vida, animada por una fe amorosa, en unión al Sacrificio único de Cristo. ¡Dichoso el Concilio que nos lo ha recordado! Pero precisamente por esto, nosotros hemos recibido un sacerdocio ministerial para hacer conscientes a los laicos de su sacerdocio y permitirles que lo ejerzan. Nosotros hemos sido configurados con Cristo Sacerdote para poder actuar en nombre de Cristo Cabeza en persona (cf. Presbyterorum ordinis, 2). Hemos sido tomados de entre los hombres, y nos hacemos pobres servidores, pero nuestra misión de sacerdotes del Nuevo Testamento es sublime e indispensable: es la misión de Cristo, el único Mediador y Santificador, por eso pide una consagración total de nuestra vida y de nuestro ser. La Iglesia no podrá nunca carecer de sacerdotes, de santos sacerdotes. Cuanto más madurez alcanza el Pueblo de Dios, cuanto más asumen su papel en sus múltiples compromisos de apostolado las familias cristianas y los laicos cristianos, tanto más tienen necesidad de sacerdotes que sean plenamente sacerdotes, precisamente para la vitalidad de su vida cristiana. Y en otro aspecto, cuanto más descristianizado se halla el mundo o más falto de madurez en su fe, tanto más tiene necesidad también de sacerdotes que estén totalmente dedicados a dar testimonio de la plenitud del misterio de Cristo. Esta es la seguridad que ha de sostener nuestro propio celo sacerdotal, la perspectiva que ha de incitarnos a fomentar con todas nuestras fuerzas, con la oración, el testimonio, la llamada y la formación, las vocaciones de sacerdotes y de diáconos.

4. Añado: apóstoles de Cristo Jesús por voluntad de Dios (cf. exordio de todas las Cartas de San Pablo), mantened la preocupación apostólica y misionera que está tan viva en la mayor parte de los sacerdotes franceses. Muchos —de modo particularmente llamativo durante estos treinta y cinco últimos años— estuvieron dominados por la obsesión de anunciar el Evangelio al corazón del mundo, al corazón de la vida de nuestros contemporáneos, en todos los ambientes intelectuales, obreros, e incluso del "cuarto mundo", también a aquellos que están a menudo lejos de la Iglesia, a quienes un muro parecía incluso separar de ésta, y ello a través de toda clase de nuevos modos de acercamiento, de iniciativas ingeniosas y valientes, llegando incluso hasta compartir el trabajo y las condiciones de vida de los trabajadores en la perspectiva de la misión, en todo caso, casi siempre con medios pobres. Muchos —los capellanes por ejemplo— están constantemente en la brecha para hacer frente a las necesidades espirituales de un mundo descristianizado, secularizado, agitado a menudo por nuevos emplazamientos culturales. Esta preocupación pastoral, pensada y llevada a cabo en unión con vuestros obispos, os honra: que prosiga y se purifique sin cesar. Tal es el deseo del Papa. ¿Cómo ser sacerdote sin compartir el celo del buen pastor? El buen pastor se preocupa de aquellos que están alejados del redil por falta de fe o de práctica religiosa (cf. Presbyterorum ordinis, 6); con más razón cuida del conjunto del rebaño de los fieles que ha de reunir y alimentar, como testimonia el ministerio pastoral cotidiano de tantos párrocos y coadjutores.

5. En esta perspectiva pastoral y misionera, que vuestro ministerio sea siempre el del apóstol de Jesucristo, el del sacerdote de Jesucristo. No perdáis nunca de vista para qué habéis sido ordenados: para hacer progresar a los hombres en la vida divina (cf. ib., 2). El Concilio Vaticano II os pide, a la vez, que no seáis extraños a la vida de los hombres, que seáis "testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena" (cf. ib., 3).

Sois, además, ministros de la Palabra de Dios, para evangelizar y formar evangelizadores, para despertar, enseñar y alimentar la fe —la fe de la Iglesia—, para invitar a los hombres a la conversión y a la santidad (cf. ib., 4). Estáis asociados a la obra de santificación de Cristo, para enseñar a los cristianos a realizar la ofrenda de su vida, en todo momento, y especialmente en la Eucaristía, que es "la fuente y el culmen de la evangelización" (ib., 5). Y aquí, queridos hermanos sacerdotes, es necesario que procuremos siempre, con un cuidado extremo, una celebración de la Eucaristía que sea verdaderamente digna de este misterio sagrado, como lo he recordado recientemente en mi Carta a este propósito. Nuestra actitud en esta celebración debe hacer entrar verdaderamente a los fieles en esta acción santa que los pone en relación con Cristo, el Santo de Dios. La Iglesia nos ha confiado este misterio, y ella nos dice cómo lo tenemos que celebrar. De este modo enseñáis a los cristianos a impregnar toda su vida del espíritu de oración, los preparáis para los sacramentos; pienso de un modo especial en el sacramento de la penitencia o de la reconciliación, que posee una importancia capital para el camino de la conversión del pueblo cristiano. Sois educadores de la fe, formadores de las conciencias, guías de las almas, para permitir a cada cristiano desarrollar su vocación personal según el Evangelio, en una caridad sincera y activa, leer en los acontecimientos lo que Dios espera de él, ocupar su lugar plenamente en la comunidad de los cristianos, de la que vosotros sois los convocadores y los Pastores, y que debe ser misionera (cf. ib., 6): para permitirle también asumir sus responsabilidades temporales en la comunidad de los hombres de un modo conforme a la fe cristiana. Los catecúmenos, los bautizados, los confirmados, los esposos, los religiosos y las religiosas, individualmente o en grupo, cuentan con vuestra ayuda específica para llegar a ser aquello que deben ser.

En una palabra, todas vuestras fuerzas están consagradas al crecimiento espiritual del Cuerpo de Cristo, cualesquiera que sean el ministerio preciso o la presencia misionera que os estén confiados. Este es vuestro cometido, que es a la vez fuente de una gran alegría y de enormes sacrificios. Estáis cercanos a todos los hombres y a todos sus problemas "como sacerdotes". En esta situación conservad vuestra identidad sacerdotal que os permite asegurar el servicio de Cristo para el que habéis sido ordenados. Vuestra personalidad sacerdotal ha de ser para los demás un signo y una indicación; en este sentido vuestra vida sacerdotal de ninguna manera puede ser laicizada.

6. Adecuadamente situado en relación a los laicos, vuestro sacerdocio se articula sobre el de vuestro obispo. A vuestro nivel participáis en el ministerio episcopal por el sacramento del orden y la misión canónica. Este es el fundamento de vuestra obediencia responsable y voluntaria hacia vuestro obispo, vuestra cooperación meditada y confiada con él. El es el padre del presbiterio. Vosotros no podéis construir la Iglesia de Dios al margen de él. Es él quien realiza la unidad de la responsabilidad pastoral, como el Papa realiza la unidad en la Iglesia universal. Recíprocamente el obispo ejerce, con vosotros y gracias a vosotros, su triple función que el Concilio ha explicado ampliamente (cf. Lumen gentium, 25-28). Existe en este hecho una fecunda comunión, que no pertenece sólo al orden de la coordinación práctica, sino que forma parte del misterio de la Iglesia y que adquiere un relieve particular en el consejo presbiteral.

7. Esta unidad con vuestros obispos, queridos amigos, es inseparable de la que tenéis que vivir entre sacerdotes. Todos los discípulos de Cristo han recibido el mandamiento del amor mutuo; para vosotros, el Concilio llega incluso a hablar de fraternidad sacramental: todos participáis en el mismo sacerdocio de Cristo (cf. Presbyterorum ordinis, 8). La unidad debe darse en la verdad: vosotros ponéis los cimientos seguros de la unidad siendo los testigos animosos de la verdad enseñada por la Iglesia, a fin de que los cristianos no sean arrastrados por cualquier viento de doctrina, y cumpliendo todos los actos de vuestro ministerio en conformidad con las normas que la Iglesia ha precisado, sin lo cual se daría el escándalo y la división. Debe darse la unidad en el trabajo apostólico, en el que se os llama a aceptar tareas diversas y complementarías en la mutua estima y colaboración. No es menos necesaria la unidad a nivel de amor fraterno: ninguno debe juzgar a su hermano suponiendo a priori que es infiel, no sabiendo sino criticarle, e incluso calumniándole, como Jesús reprochaba a los fariseos. A partir de nuestra caridad sacerdotal damos testimonio y edificamos la Iglesia. Tanto más cuanto que tenemos el encargo, como dice el Concilio, de conducir a todos los laicos a la unidad en el amor y a hacer que nadie se sienta extraño en la comunidad de los cristianos (cf. Presbyterorum ordinis, 9). En un mundo a menudo dividido, en que las opciones son unilaterales y abruptas, y los métodos demasiado exclusivistas, los sacerdotes tienen la hermosa misión de ser los artífices del acercamiento y de la unidad.

8. Todo esto, queridos hermanos, está relacionado con la experiencia que nosotros tenemos de Jesucristo, es decir, con la santidad. Nuestra santidad es un factor esencial para hacer fructífero el ministerio que llevamos a cabo (cf. Presbyterorum ordinis, 12). Somos los instrumentos vivos de Cristo eterno Sacerdote. Por ello estamos dotados de una gracia particular para tender, en beneficio del Pueblo de Dios, a la perfección de Aquel a quien representamos. Ante todo, los diferentes actos de nuestro ministerio nos ordenan a esta santidad: transmitir lo que hemos contemplado, imitar lo que realizamos, ofrecernos por entero en la Misa, prestar nuestra voz a la Iglesia en el rezo de las Horas, unirnos a la caridad pastoral de Cristo... (cf. ib., 12-14). Nuestro celibato, por su parte, pone de manifiesto que estamos totalmente consagrados a la obra a la que el Señor nos ha llamado: el sacerdote, elegido por Cristo, se convierte en "el hombre para los demás", completamente disponible para el Reino, sin un corazón dividido, capaz de acoger la paternidad en Cristo. Así, pues, nuestra unión con la persona de Jesucristo ha de fortalecerse de todos los modos posibles con la meditación de la Palabra, con la oración relacionada con nuestro ministerio, y ante todo con el Santo Sacrificio que celebramos cada día (cf. mi Carta del Jueves Santo, núm. 10), y debe utilizar los medios que la Iglesia ha aconsejado siempre a sus sacerdotes. Es necesario que volvamos sin cesar y con alegría a la intuición de la primera llamada que nos vino de Dios: "Ven, sígueme".

9. Queridos amigos, os invito a la esperanza. Sé que soportáis "el peso del día y del calor" con muchos méritos. Podría hacerse la lista de las dificultades interiores y exteriores, de los motivos de inquietud, sobre todo en estos tiempos de incredulidad: nadie mejor que el Apóstol Pablo ha hablado de las tribulaciones del ministerio apostólico (cf. 2 Cor 4-5), pero también de sus esperanzas. Se trata, por tanto, en primer lugar, de una cuestión de fe. ¿Acaso no creemos que Cristo nos ha santificado y enviado? ¿No creemos que El permanece con nosotros aunque llevemos este tesoro en vasijas frágiles y tengamos nosotros mismos necesidad de su misericordia, de la cual somos ministros para los demás? ¿No creemos que El actúa por nosotros, al menos si realizamos su obra, y que El dará crecimiento a lo que nosotros hemos sembrado laboriosamente según su Espíritu? ¿Y no creemos que El concederá también el don de la vocación sacerdotal a todos aquellos que habrán de trabajar con nosotros y tomar el relevo, sobre todo si nosotros mismos sabemos reavivar el don que hemos recibido por la imposición de las manos? ¡Que Dios aumente nuestra fe! Ampliemos también nuestra esperanza en el conjunto de la Iglesia: ciertos miembros sufren, otros pasan estrechez de múltiples maneras, otros viven una verdadera primavera. Cristo debe repetirnos a menudo: "¿Por qué teméis, hombres de poca fe?" (Mt 8. 26). Cristo no abandonará a aquellos que se han confiado a El, a aquellos que se confían a El cada día.

10. Esta catedral está dedicada a Notre Dame. El año que viene iré a la gruta de Massabielle en Lourdes, y me alegro de ello. Vuestro país posee numerosos santuarios en los que vuestros fieles gustan orar a la Virgen bendita su Madre. Nosotros sacerdotes debemos ser los primeros en invocarla como nuestra Madre. Ella es la madre del sacerdocio que hemos recibido de Cristo Os lo ruego, confiadle vuestro ministerio, confiadle vuestra vida. Que Ella os acompañe como a los primeros discípulos, desde el primer encuentro gozoso de Caná, que os recuerda el albor de vuestro ministerio, hasta el sacrificio de la cruz, que marca necesariamente nuestras vidas, hasta Pentecostés, en la espera cada vez más penetrante del Espíritu Santo, de quien Ella es Esposa desde la Encarnación. Terminaremos nuestro encuentro con un Avemaría.

Siento tener que dejaros por hoy. Pero los sacerdotes están siempre cerca di mi corazón y de mi plegaria. Os voy a bendecir en nombre del Señor: a cada uno de vosotros, a los sacerdotes a quienes representáis, y especialmente a aquellos que experimentan la prueba física o moral, la solicitud o la tentación para que Dios dé a todos su paz. ¡Que Cristo sea vuestra alegría! ¡En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo ¡Amén!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

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