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DISCURSO DEL SANTO
PADRE JUAN PABLO II A LOS PARTICIPANTES EN EL V CONGRESO INTERNACIONAL
DE LA FAMILIA
Sábado 8 de noviembre de 1980
Señoras, señores:
1. Es para mi una alegría recibir a tantas familias de diversos países, poco
después del Sínodo consagrado a la misión de la familia. Sed bienvenidos a esta
casa que os ha acogido ya muchas veces.
Sois cristianos y cristianas convencidos, decididos a promover y
sostener la familia como el lugar primero y natural de la educación. Alimentáis
esta convicción con una fe sólida y a la luz de las enseñanzas de la Iglesia;
mientras tanto, los textos del Concilio Vaticano II contribuyen a guiar
acertadamente vuestra reflexión y vuestra acción. Desarrolláis un determinado
número de iniciativas de gran envergadura para ayudar a los padres de familia en
su labor educativa; así les invitáis a profundizar su formación a este respecto,
apelando a lo mejor de ellos mismos y a los consejos de expertos competentes.
Para asegurar un testimonio y una colaboración más eficaz y más universal,
habéis constituido la Fundación Internacional de la Familia hace ya dos años.
Por entonces tuve ocasión de evocar ante vosotros todo cuanto puede contribuir a
la educación humana y cristiana en la familia. El reciente Sínodo de los Obispos
ha tratado ampliamente este tema y el mensaje final de los padres se hizo eco de
ello, hasta el punto de que no tengo necesidad de volver esta mañana sobre la
cuestión.
2. Para este V Congreso habéis estudiado el tema: “La familia y la condición de
la mujer”. Una parte notable estaba reservada a las conferencias tenidas por
mujeres expertas, sobre temas de los que ellas pueden hablar con experiencia.
Me alegro mucho de que hayáis abordado ese tema capital y
delicado porque merece ser tratado en profundidad, con acierto, realismo y sin
miedo. No sólo nuestra civilización es muy sensible a él, y a veces incluso
hipersensible, sino que dicho tema responde a una necesidad real, porque los
cambios bruscos de la vida social y el movimiento de ideas suscitan en este
campo muchas discusiones y gran pasión. De hecho, gracias a Dios muchas mujeres
han demostrado plenamente sus cualidades en la vida concreta y han contribuido
al desarrollo en su radio de acción; en el Sínodo hemos tenido maravillosos
ejemplos de ello. Pero un considerable número de mujeres siente, con toda razón,
la necesidad de que sean más reconocidos su dignidad de persona, sus derechos,
el valor de sus tareas habituales, su aspiración a realizar plenamente su
vocación femenina en el seno de la familia y también en la sociedad. Algunas se
sienten cansadas e incluso agobiadas con tantas preocupaciones y cargas, sin
encontrar suficiente comprensión y ayuda. Otras, sufren y se lamentan por estar
relegadas a tareas que se consideran secundarias. Otras se ven tentadas a buscar
una solución en los Movimientos que pretenden “liberarlas”, aunque convendría
preguntarse de qué liberación se trata y no llamar con esta palabra el
alejamiento de lo que constituye su vocación específica de madre y de esposa,
ni la imitación uniforme del modo en que se comporta su compañero masculino. Sin
embargo, toda esta evolución y estas inquietudes manifiestan claramente que hay
que intentar una auténtica promoción femenina en muchos aspectos. Ciertamente la
familia, pero también toda la sociedad y las comunidades eclesiales, necesitan
las aportaciones específicas de la mujer.
3. Es, por tanto, capital el comenzar por confortar a la mujer, profundizando en
cierto número de consideraciones: su igualdad sustancial de dignidad con el
hombre en el plan de Dios, como lo ha hecho el Sínodo y como yo he insistido
cada miércoles; lo que la califica como persona humana lo mismo que al hombre
para vivir en comunión personal con él, su vocación de hija do Dios, de esposa,
de madre; su llamada a participar, de modo libre y responsable, en las grandes
tareas de hoy, aportando en ellas lo mejor de sí misma; y para esto, su
capacidad y su deber de alcanzar la plena maduración de su personalidad:
aprendizaje de competencias, formación en el espíritu de servicio,
profundización de su fe y de su oración, con lo que logrará beneficiar a las
demás.
Hacéis muy bien en examinar las múltiples posibilidades de la
aportación calificada de la mujer en los diversos sectores de la vida social y
profesional, donde su presencia resultará muy benéfica para un mundo más humano
y donde ella misma encontrará una ocasión de desarrollar sus cualidades,
especialmente en determinadas épocas de su vida. El problema continúa abierto y
ofrece, en cada país, ocasión a muchos debates sobre las modalidades prácticas
cuando se trata del trabajo de la mujer fuera de su hogar. Aquí entran en juego
muchos aspectos. Es preciso examinarlos serenamente. Sin detenernos más hoy en
este tema complejo, debemos al menos tener en cuenta otras dos consideraciones.
4. Conviene vigilar para que la mujer no se vea, por razones económicas, forzada
obligatoriamente a un trabajo demasiado pesado y a un horario excesivamente
cargado que se añadan a todas sus responsabilidades de dueña del hogar y de
educadora de sus hijos. La sociedad, dijimos al final del Sínodo, debería hacer
un esfuerzo para organizarse de otro modo.
Pero sobre todo, según acaba de subrayar vuestro congreso,
conviene tener muy en cuenta que las obligaciones de la mujer en todos los
niveles de la vida familiar constituyen también una aportación singular al
futuro de la sociedad y de la Iglesia, y que no podrá ser descuidada esa
aportación sin grave daño para ambas, así como para la mujer misma, bien se
trate de las condiciones en torno a la maternidad, o de la intimidad necesaria
con los pequeños, o de la educación de los niños y de los jóvenes, o del diálogo
atento y prolongado con ellos, o de la atención que hay que prestar a las
múltiples necesidades del hogar para que siga siendo acogedor, agradable,
confortante en el plan afectivo, formador en el aspecto cultural y religioso.
¿Quién podrá negar que en muchos casos, la estabilidad y el éxito de la familia,
su florecimiento humano y espiritual, deben mucho a esa presencia materna en el
hogar? Es, pues, un auténtico trabajo profesional que merece ser reconocido como
tal por la sociedad; por otra parte, es una llamada al valor, a la
responsabilidad, al ingenio, a la santidad.
Se trata, por tanto, de ayudar a las mujeres a que tomen
conciencia de esa responsabilidad y de todos los dones de feminidad que Dios ha
puesto en ellas, para el mayor bien de la familia y de la sociedad. Hay que
pensar también en las mujeres que padecen frustraciones o condiciones precarias,
para ayudarlas a afrontar su difícil situación, con la gracia de Dios y la ayuda
de quienes las rodean.
5. En fin, queridos amigos, lo que vosotros tratáis de hacer dentro de la
Fundación que habéis constituido, otras muchas Asociaciones o Movimientos
familiares intentan realizarlo también, de modo complementario. Por otra parte,
la familia, célula de la sociedad e “iglesia doméstica”, no es un objetivo en sí
misma, sino que debe permitir la inserción poco a poco, de los jóvenes en
comunidades educativas más amplias. Es decir, que no deben ignorarse las
iniciativas ya existentes en este campo y mucho menos cerrarse a ellas, sino que
hay que trabajar en el mismo sentido, en unión y confianza con los Pastores de
la Iglesia, a fin de que las familias desarrollen plenamente su papel e integren
el dinamismo de sus riquezas en la vida pastoral y en el apostolado de las
comunidades cristianas, así como el testimonio profético que hay que dar ante el
mundo.
¡Que vuestras familias, en la alegría igual que en las pruebas,
sean un reflejo del amor de Dios! ¡Que la Virgen Madre, a través de la
contemplación y la oración dentro de cada familia cristiana, os conduzca en el
camino hacia su Hijo y os consiga la luz y la fuerza del Espíritu Santo, en la
paz! Yo bendigo de todo corazón a todos los miembros de vuestras familias,
esposos o esposas, niños o jóvenes, y también a los abuelos. Y bendigo asimismo
a las parejas que os son queridas y que cuenta con vuestro testimonio.
© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana
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