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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A UN GRUPO DE OBISPOS CHINOS
EN VISITA «AD LIMINA APOSTOLORUM»


Martes 11 de noviembre de 1980

 

Venerables y amados hermanos en Cristo:

1. Estoy muy contento de tener este encuentro con vosotros, obispos de Taiwán, para hablar con vosotros de los progresos que se están verificando en vuestras diócesis, de los problemas que habéis de afrontar diariamente como Pastores en la evangelización de la grey que estáis llamados a guiar, y sobre vuestras preocupaciones actuales y esperanzas para el futuro. Como sabéis, esto forma parte de la misión específica confiada por Jesús a Pedro y a sus Sucesores: el cuidado de todas las Iglesias, "Apacienta mis corderos... apacienta mis ovejas" (Jn 21, 15-17), y la tarea de confirmar a sus hermanos (cf. Lc 22, 32).

2. La visita ad Limina Apostolorum es una expresión del vínculo que une a los obispos individualmente y como cuerpo al Obispo de Roma, que por voluntad de Cristo es también Pastor de la Iglesia universal.

En efecto, el Concilio Vaticano II reafirma claramente la doctrina constante e inmutable de la Iglesia católica: "El Romano Pontífice es, como Sucesor de Pedro, el principio y fundamento perpetuo visible de unidad, así de los obispos como de la multitud de los fieles. Por su parte, los obispos son, individualmente, el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias particulares, formadas a imagen de la Iglesia universal, en las cuales, y a base de las cuales, se constituye la Iglesia católica, una y única. Por eso, cada obispo representa a su Iglesia, y todos juntos con el Papa representan a toda la Iglesia en el vínculo de la paz, del amor y de la unidad" (Lumen gentium, 23).

3. El pueblo chino esparcido por el continente en Taiwán, Hong Kong y Macao, así como también en la diáspora, es un gran pueblo formado por una cultura milenaria, constituida por los pensamientos de filósofos eminentes y sabios de tiempos antiguos, y por tradiciones familiares tales como la referente al culto de los antepasados. Y es harto conocida la característica de bondad y finura que lo distingue.

De acuerdo con los diferentes modos de pensar de cada tiempo, la Iglesia se ha propuesto respetar estas tradiciones y valores culturales según el espíritu del Evangelio y según la línea de- pensamiento expresada por San Pablo cuando exhorta a los Filipenses a valorar "cuanto hay de verdadero, de honorable, de justo, de puro, de amable, de laudable, de virtuoso y de digno de alabanza" (Flp 4, 8).

Por tanto, el mensaje cristiano ilumina y enriquece los valores positivos espirituales y humanos contenidos en cada cultura y tradición; la Iglesia trata de conseguir que haya acuerdo armónico entre la cultura y tradiciones de un pueblo, por una parte, y la fe en Cristo, por otra (cf. Gaudium et spes, 57-62). Es éste un reto constante para la Iglesia, que debe encontrar en la cultura y tradiciones del pueblo a evangelizar un punto importante y sin duda esencial en el que encuadrar el método de proclamación del mensaje evangélico, de acuerdo con las necesidades del momento. El ejemplo de los grandes misioneros y apóstoles de China, como por ejemplo el jesuita Mateo Ricci, debieran servir a todos de guía e inspiración.

El cristiano no es meramente una persona de fe, sino alguien llamado a ser levadura y sal de la sociedad civil y política en que él o ella viven. Por ello, la Iglesia inculca en sus fíeles profunda conciencia de amor y de obligaciones hacia sus compatriotas y tierra natal. Les exhorta a vivir como ciudadanos íntegros y ejemplares, y a trabajar lealmente por el progreso pleno de la nación a la que se enorgullecen de pertenecer.

4. Sé que vosotros, obispos de Taiwán, estáis fuertemente empeñados no sólo en la tarea de evangelización, sino también en obras de educación y prosperidad social. Ello es prueba, por una parte, del celo que os anima a vosotros y a vuestros colaboradores, clero diocesano, religiosos o religiosas, y laicado. Por otro lado, honra la libertad religiosa de que goza la Iglesia en vuestro territorio.

La Santa Sede tiene en gran aprecio esta actitud y alienta a todos los miembros de la Iglesia de Taiwán, a hacer buen uso de la situación de libertad y respeto de que disfruta para entregarse con fervor creciente a la evangelización del pueblo chino y a todas las demás obras buenas que dependen de las Iglesias locales.

Yo, por mi parte, espero un aumento creciente de eclesiásticos y apóstoles laicos en la viña del Señor, aumento que será fruto, sobre todo, de la sana formación cristiana recibida en la familia y en las instituciones educadoras católicas. Al mismo tiempo expreso mi fuerte deseo de que a estos apóstoles se les dé formación sólida y bien cimentada en las ramas del conocimiento necesarias o útiles para su futuro trabajo pastoral, y también en la disciplina de las virtudes cristianas, a fin de que sean colaboradores eficientes del Espíritu Santo en la edificación de China, porción elegida del Reino de Dios.

5. Entre las preocupaciones que me habéis manifestado ocupa lugar especial la situación religiosa actual de la Iglesia católica en el continente. Os aseguro que estas preocupaciones son muy mías también. Recibo información de distintas partes de ese territorio inmenso, que dan constancia de la perseverancia en la fe, la oración y la práctica religiosa de muchísimos católicos, y hacen patente su adhesión firme a la Sede de Pedro. Estas noticias me han impresionado hondamente y me mueven a ofrecer oraciones junto con vosotros, obispos hermanos míos, por esta Iglesia heroica, para que el Señor derrame sobre estos hermanos estupendos y sobre el pueblo fiel, dones de fortaleza y perseverancia, alimentando en ellos la llama ardiente de la esperanza que no defrauda (cf. Rom 5, 5).

Y en fin, queridos hermanos, confío la evangelización de China a la maternal protección de María, Reina de China. Pido prosperidad y progreso para todo el pueblo chino, a quien recuerdo con cariño cada día en mis oraciones y solicitud pastoral. Con inmensa confianza en el poder de la muerte y resurrección del Señor Jesús, os repito con el Apóstol Pedro: "Paz a todos vosotros los que estáis en Cristo" (1 Pe 5, 14).

Es también gran gozo para mí recibir, junto con los obispos, a los sacerdotes y religiosos chinos residentes en Roma. En vosotros rindo homenaje a la fidelidad de los sacerdotes y religiosos chinos que siguen al Señor Jesús con generosidad y alegría, participando diariamente en su misterio pascual de muerte y resurrección.

Nuestra unión en Cristo y en su Iglesia católica es, sin duda alguna, un don maravilloso del Padre, don que encuentra su expresión temporal suprema en la Eucaristía, y nos dispone a esperar con esperanza entusiasta la venida de Nuestro Salvador Jesucristo.

Queridos hermanos y hermanas: Que vuestros pensamientos y propósitos se centren hoy en la gran fidelidad a que sois llamados: fidelidad a la unidad, fidelidad a la Eucaristía, fidelidad a la esperanza. Esta fidelidad es esencial en nuestro llamamiento bautismal, en nuestra vocación, en nuestra consagración. Esta fidelidad abarca todas las actitudes, todos los programas de vida; además, es base indispensable de todo apostolado al servicio del Evangelio. Y María, Virgo fidelis, os sostenga en vuestra fidelidad manteniéndoos siempre fíeles a Jesús.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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