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DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS PARTICIPANTES EN UNA SESIÓN DE ESTUDIO
SOBRE «ENERGÍA Y HUMANIDAD»
ORGANIZADA POR LA ACADEMIA PONTIFICIA DE LAS CIENCIAS


Viernes 14 de noviembre de 1980

 

Excelencias,
señoras y señores:

Todos sabéis la importancia que doy a la investigación realizada por los miembros de nuestra Pontificia Academia de las Ciencias. Quiero manifestaros la alegría que me procura el poder encontrarme aquí con vosotros antes de que acaben estos trabajos vuestros que tanto honran a la Santa Sede, para expresaros personalmente mi estima y daros ánimo.

La semana de estudios que os ha reunido trata uno de los asuntos más graves que debe afrontar hoy la humanidad. Y precisamente vuestro análisis de los datos científicos sobre la energía va orientado hacia la preocupación por el porvenir de la humanidad: "Energía y humanidad". Os felicito yo que, en la tribuna de la UNESCO, el 2 de junio último, insistí en la necesidad de evitar que el progreso del conocimiento científico desinteresado ignore las responsabilidades de las conciencias (núm. 20-22).

Permitidme ahora evocar ante vosotros, de una manera muy sencilla y desprovista de tecnicismos, algunos datos que os resultan evidentemente muy familiares: lo hago sólo con el fin de manifestaros mi interés por vuestros intercambios y de compartir con vosotros algunas preocupaciones de orden ético.

En el curso de su historia, el hombre ha desarrollado aquellas formas de energía de las que tenía necesidad, pasando del descubrimiento del fuego a formas de energía cada vez más ricas, hasta llegar finalmente a la energía nuclear, desconcertante desde muchos puntos de vista

Al mismo tiempo, el progreso de la industrialización ha dado lugar, sobre todo en estos últimos tiempos, a un consumo cada vez mayor, a pesar de que ciertos recursos naturales están en vías de extinción. Nuestra civilización —ante todo sus científicos y sus técnicos— debe buscar nuevos métodos de utilizar las fuentes de energía que la divina Providencia ha puesto a disposición de los hombres. Es necesario además que los Gobiernos mismos lleven a cabo una política energética unificada, de tal manera que la energía producida en una región pueda ser utilizada en otras regiones.

Parece que el sol, primera fuente de energía y 1a más rica de cara a nuestro planeta, debería ser más atentamente estudiado por los investigadores; esta debe convertirse en una de sus principales preocupaciones. Si es verdad que está todavía lejano el momento de la utilización directa de la energía solar, esta perspectiva no debe atenuar los esfuerzos de los investigadores ni el apoyo de los Gobiernos. Por lo demás, ya se han obtenido resultados y se hace uso ya de ellos en diversas partes del mundo. Por otro lado, otras formas de energía, como la energía eólica, la marina o la geotérmica, han sido ya utilizadas, si bien es verdad que de manera todavía limitada y siempre en función de las condiciones geográficas.

Se me ha informado que la utilización de la biomasa ha atraído vuestra atención y que habéis tratado con detenimiento la necesidad del desarrollo de los estudios concernientes a la fotosíntesis.

La madera ha tenido un papel destacado entre las fuentes de energía más antiguas. En países en vías de desarrollo, seguirá siendo probablemente durante mucho tiempo la principal fuente de energía. Pero es necesario que esta forma de energía tradicional e importante no dé lugar a despoblaciones forestales y a destrucciones de bosques que creen graves desequilibrios ecológicos. Sería necesario, pues, prever una repoblación forestal activa, conducida a buen término por botánicos, ecologistas y pedólogos; y su realización debería ser objeto de atentos cuidados por parte de los planificadores y de los hombres políticos.

Por lo que concierne a otras formas de energía, tales como saltos de agua, carbón, petróleo y energía nuclear, su elección se funda evidentemente en factores diversos que, a su vez dependen de los recursos naturales y humanos, del crecimiento demográfico, de los modos de desarrollo, de la economía. Estoy seguro que habréis tomado en consideración, en vuestras discusiones, las reglas que se imponen para eliminar los peligros que acechan, de cerca o de lejos, a quienes se hallan expuestos a sufrir los daños eventuales provenientes de la utilización de ciertas fuentes de energía, y también para promover continuamente la salvaguardia ecológica, la protección de la fauna y de la flora, para evitar la destrucción de las bellezas naturales que llenan el corazón de admiración y de poesía.

He podido constatar personalmente loe daños causados a la belleza de la naturaleza por instalaciones industriales que habrían podido ser colocadas en otros lugares o concebidas de otro modo. He conocido, sobre todo, por experiencia personal los sufrimientos de los obreros en las minas de carbón, cuyos pulmones están impregnados del polvo que envenena las galerías de las minas. Espero que se adopten ya desde ahora, en nombre de los derechos del hombre y para una mejora de la calidad de la vida, nuevos y eficaces métodos para la utilización de las fuentes convencionales de energía, para que así no se ponga en peligro, además del medio ambiente, a los trabajadores y a las poblaciones.

Conviene reflexionar también sobre los peligros de orden económico y moral debidos a lo que se llama civilización de consumo actual y a sus estructuras. Como escribí en mi Encíclica Redemptor hominis; "Bien conocido es el cuadro de la civilización de consumo, que consiste en un cierto exceso de bienes necesarios al hombre, a las sociedades enteras —y aquí se trata precisamente de las sociedades ricas y muy desarrolladas—, mientras que las demás, al menos amplios estratos de las mismas, sufren el hambre, y muchas personas mueren a diario por inedia y desnutrición...

"La amplitud del fenómeno pone en tela de juicio las estructuras y los mecanismos financieros, monetarios, productivos y comerciales que, apoyados en diversas presiones políticas, rigen la economía mundial: ellos se revelan casi incapaces de absorber las injustas situaciones sociales heredadas del pasado, y de hacer frente a los urgentes desafíos y a las exigencias éticas. Al someter al hombre a las tensiones que él mismo crea, al dilapidar a un ritmo acelerado los recursos materiales y energéticos, al comprometer el medio geofísico, estas estructuras hacen que se amplíen sin cesar las zonas de miseria y, con ellas, la angustia, la frustración y la amargura" (núm. 16).

Las frustraciones a las que se ve sometido el hombre de hoy a causa de! excesivo consumo por una parte y de la crisis energética por otra, solamente pueden ser resueltas si se reconoce que la energía, cualquiera que sea su forma o su origen, debe cooperar al bien del hombre. La energía y los problemas que plantea no deben servir a los intereses egoístas de grupos particulares, que buscan un aumento de su esfera de influencia económica y política; con mayor razón, no deben dividir a loe pueblos, situar a las naciones en estado de dependencia don relación a otras, aumentar los riesgos de guerra o de hecatombe nuclear.

La energía es un bien universal que la divina Providencia ha puesto al servicio del hombre, de todos los hombres, cualquiera que sea la parte del mundo a la que pertenecen; un bien que nos hace pensar también en los hombres del mañana, pues el Creador ha confiado la tierra y la multiplicación de sus habitantes a la responsabilidad del hombre.

Estimo que puede considerarse un deber de justicia y de caridad el esfuerzo resuelto y perseverante llevado a cabo para controlar las fuentes de energía y respetar la naturaleza, no sólo para que el conjunto de la humanidad actual pueda aprovecharse de ellas, sino también las generaciones que están por venir. Nosotros somos solidarios de estas generaciones que están por venir. Y espero que los cristianos, movidos de manera especial por el agradecimiento a Dios, por la convicción del sentido de la vida y del mundo, por la esperanza y por una caridad sin límites, sean los primeros en apreciar este deber y sacar las consecuencias que de él se derivan.

Os doy las gracias, señoras y señores, por haber respondido en tan gran número, se da por supuesta vuestra gran competencia, a la llamada que os había dirigido la Pontificia Academia de las Ciencias, y pronuncio los mejores votos para que vuestros trabajos contribuyan al bien de toda la humanidad. Ruego a Dios que os asista en esta noble tarea, en el momento en que parto para Alemania con ánimo de conmemorar a San Alberto Magno, cuya obra científica fue considerable para su tiempo, junto con su reflexión filosófica y teológica. Ruego igualmente al Señor que bendiga a vuestras personas y vuestras familias.

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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