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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

CEREMONIA DE BIENVENIDA

DISCURSO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II

Aeropuerto de Colonia-Bonn
Sábado 15 de noviembre de 1980

 

1. Con profundo sentimiento de gratitud hacia la Divina Providencia que en su insondable designio me llamó a la Sede de Pedro, piso hoy el suelo de Alemania, cuyas gentes y tierras había conocido y estimado ya personalmente en anteriores visitas.

Sinceramente, le doy gracias a usted, muy estimado Señor Presidente Federal, por las nobles palabras de saludo y correspondo cordialmente a las expresiones de tan alta estima con que me ha dado la bienvenida en nombre de su pueblo, por mi visita a la República Federal Alemana. Asimismo saludo con usted a las personalidades presentes de la vida política y social, al Cuerpo Diplomático aquí representado, así como a los ciudadanos de este país. Mi fraternal saludo va especialmente dirigido a los representantes de la Iglesia, ante todo al Emmo. Señor Cardenal Joseph Höffner, a quien manifiesto para todos los Pastores y fieles de la Iglesia católica en Alemania mis sentimientos de íntima unidad, mi afecto y mi amor.

2. Con alegría he correspondido a la amistosa invitación de la Conferencia Episcopal Alemana y del Señor Presidente Federal para esta visita a la República Federal Alemana. Como ya puse de relieve en el anuncio de la misma, el 10 de agosto de este año, quiero con el viaje de peregrinación a su país honrar a toda la gran nación alemana, cuya historia está tan estrechamente vinculada a la historia del cristianismo y de la Iglesia, y tan profundamente marcada por la tradición cristiana. En el correr de los siglos, muchos hombres y mujeres alemanes han dado una valiosísima aportación a la herencia espiritual y cultural de la Iglesia y de la humanidad entera, con el ejemplo de santidad, la genialidad en el campo del arte y de la ciencia, y especialmente con la profunda reflexión filosófica y con la investigación teológica.

Justamente en este día recordamos con la Iglesia en todo el mundo a un preclaro hijo de este país, que ha merecido incluso el calificativo de "El Grande", San Alberto, cuyo VII centenario de la muerte celebramos gozosamente. Testimoniar mi especial homenaje a su honrosa tumba y al lugar de su último e incansable quehacer, es notoriamente el motivo externo de esta peregrinación. En él honro asimismo al genio del pueblo alemán, honro ante todo a la Iglesia católica de este país, que como en el pasado ha continuado también en nuestros días siendo un miembro altamente considerado y vivo de la Iglesia universal. Su influjo espiritual continúa operando también hoy, más allá de los límites de este país, en toda la vida de la Iglesia; y no ha sido lo último la decisiva aportación de obispos y teólogos alemanes en las sesiones y deliberaciones del Concilio Vaticano II.

La conciencia de responsabilidad de los católicos alemanes sobre su puesto en la Iglesia encuentra una concreta expresión, entre otras, en las grandes y conocidas obras episcopales de ayuda, en su sacrificada entrega a las misiones y en las obras caritativas hacia los hermanos necesitados en todo el mundo. Por eso, con referencia a mis tres grandes viajes apostólicos anteriores a países del Tercer Mundo (México, África, Brasil), esta visita mía pretende ser una expresión de reconocimiento y agradecimiento para que la Iglesia y, colectivamente, los ciudadanos de su país se sientan de este modo vinculados en el espíritu de solidaridad universal con la población, que vive en la miseria, de aquellas regiones marcadas por el hambre y la enfermedad, por las catástrofes naturales y por las desgracias humanas, y les presten ayuda y colaboración con corazón generoso.

3. Pero como ya subraya el citado motivo exterior de mi visita, este viaje apostólico a la República Federal Alemana —como todos los viajes anteriores— tiene un decisivo carácter pastoral y religioso. Se proyecta sin excepción hacia todos los hombres de este país, a los que en nombre de Jesucristo debo acercarme como su amigo y hermano; de modo especial, sin embargo, se dirige a mis hermanos y hermanas en la fe: a los obispos, sacerdotes, religiosos o religiosas y laicos, en los múltiples campos de su vida y de su quehacer; con todos ellos espero encontrarme particularmente durante los cinco días de mi visita a diversos lugares. Me apremia saludar asimismo cordialmente a todos los hermanos de fe separados. Me alegro por el previsto encuentro personal con distinguidos representantes de sus Iglesias y de sus Comunidades eclesiales. Dios quiera que esta peregrinación mía, superando las fronteras confesionales, pueda contribuir a una gran comprensión y acercamiento mutuos entre todos los cristianos y a promover la convivencia pacífica de todos los hombres de este país.

He llegado a la República Federal Alemana justamente el año en que nuestros hermanos y hermanas evangélicos han celebrado el recuerdo de la Confessio Augustana, publicada hace cuatrocientos cincuenta años. Debo decir que tenía un deseo especial de estar con ellos justamente ahora. Ojalá que aquí, donde comenzó la Reforma, se redoble el esfuerzo, haciendo todo lo humanamente posible en fidelidad al único Señor de la Iglesia y a su mensaje, para que se cumpla su deseo y su oración: "Que todos sean uno" (Jn 17, 21).

4. Por el encargo que me ha confiado el Señor, me siento especialmente enviado a los hermanos y hermanas en la Iglesia católica de este país para confirmarles en su fe y en su testimonio, ante el mundo de hoy, de Cristo crucificado y resucitado, para que correspondan resuelta y valientemente al creciente desafío que este mundo circundante, indiferente desde el punto de vista religioso, plantea a su vocación cristiana y a su responsabilidad en orden a una configuración cada vez más humana de la familia, del trabajo y de la sociedad.

Con esta peregrinación, correspondo asimismo a la visita que los católicos alemanes me han hecho ya en gran número durante los dos primeros años de mi pontificado, en el curso de las semanales audiencias generales en el Vaticano. Si, por razones de tiempo, sólo puedo ir a ver algunos lugares notables, invito, sin embargo, de corazón a todos los creyentes y comunidades, especialmente a aquellos hermanos y hermanas que por la enfermedad o cualquier otra circunstancia están impedidos para participar personalmente en los encuentros, a que se unan espiritualmente con su oración y ofrecimiento a la gran comunidad orante durante las celebraciones de estos días. Que a través de nuestra común alabanza a Dios, en la que nos sentimos profundamente Iglesia y hacemos de ella una comunidad viva, este memorable encuentro del Sucesor de Pedro con el Pueblo de Dios en la República Federal Alemana, sea para todos tiempo de gracia y de renovación religiosa. San Alberto Magno solicite para nosotros la asistencia y bendición de Dios.

A usted, muy estimado Señor Presidente Federal, y a todos los que junto con usted me honran con su presencia, les agradezco sinceramente una vez más su amable recibimiento y la cordial hospitalidad que desde este momento se me ofrece en este país para mi visita pastoral que ahora comienzo.

¡Dios bendiga a todos los alemanes del mundo!

¡Dios proteja a la República Federal Alemana!

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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