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VIAJE APOSTÓLICO A LA REPÚBLICA FEDERAL DE ALEMANIA

SALUDO DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
A LOS FIELES ANTE LA CATEDRAL DEL BONN


Sábado 15 de noviembre de 1980

 

¡Alabado sea Jesucristo!

Os agradezco cordialmente, queridos hermanos y hermanas, que a estas altas horas me hayáis preparado a mi, peregrino apostólico por vuestra nación, un recibimiento tan cordial en esta ciudad de Bonn. Saludo a los presentes y a todos los habitantes de la capital estatal con las palabras de bendición del Salmista: «¡Reina la seguridad dentro de tus muros...! Por amor de mis hermanos y compañeros diré: "¡La paz contigo"» (Sal 121). Mi saludo vale especialmente para los altos representantes de las comunidades civiles y eclesiásticas. para el señor alcalde y el señor decano de la ciudad. Igualmente saludo a los representantes de las Iglesias cristianas, así como a los de la Comunidad judía.

Vuestra venerable basílica-catedral, en la que ahora nos encontramos, guarda como tesoro precioso en su cripta las tumbas de los patronos de vuestra ciudad, los Santos mártires romanos Casio y Florencio. Este antiguo lugar memorial del cristianismo os recuerda precisamente la raíz cristiana de vuestra ciudad y de vuestra cultura. La heroica confesión de Cristo hecha por estos dos testigos de la fe, cuyo aniversario celebráis tan festivamente cada año con el magistrado de la ciudad, os compromete. ¡Sed también vosotros, hoy, cristianos convencidos y que convencen! ¡Que la actual renovación de vuestro señorial templo sea una llamada para vosotros! También nosotros, las piedras vivas del templo espiritual de la Iglesia, debemos renovarnos continuamente en Jesucristo, hasta que lleguemos a estar completamente conformados a El.

"Por amor de la casa de Yavé, nuestro Dios, te deseo todo bien" (Sal 121). Con estas palabras del mismo Salmo postulo la permanente protección y bendición de Dios para vuestra ciudad y sus habitantes. ¡Dios bendiga a las familias y a sus hijos! ¡Bendiga a los ancianos! ¡A todos los que, enfermos, están en cama! El bendiga a todo el que se siente solo, al que está lleno de preocupaciones y desanimado.

Finalmente, nuestro deseo de bendición vale especialmente, en esta ciudad, para todos aquellos que tienen especial responsabilidad en los asuntos políticos, para el bien de vuestro pueblo y de la comunidad internacional de los pueblos. ¡Quiera Dios iluminar con su luz sus deliberaciones y decisiones!

Permitidnos, ahora, rezar por vuestra ciudad, por vuestro pueblo y por toda la Iglesia, tal como el Señor nos ha enseñado a rezar: "Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino. Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; perdona nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén".

 

© Copyright 1980 - Libreria Editrice Vaticana

 

 

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